Capítulo 4
Atando cristales
Mientras veía aquel rostro bajo la luz de la noche, tuve una gran sensación de paz.
Aquella fue la noche en que vi a Ren por primera vez, y quedé impresionado por sus ojos oscuros. Era difícil de aceptar, pero no regresé a la posada solo por el dinero. Esa excusa era solo eso: una máscara.
Lo que realmente quería era verlo una vez más. Fue un impulso; cuando lo vi, no pude hacer otra cosa que chantajearlo. Lo negué en ese momento, pero cuando lo encontré en el bar, mi corazón latió más rápido. No esperaba volverlo a ver. Creí que huiría... o quizás que me buscaría y acabaría conmigo. Debí suponer que no lo haría; era evidente con tan solo ver que aceptó cualquier precio sin rehusarse.
Al salir, no pude decir nada. No sabía qué hacer; simplemente me marché sin mirar atrás. Con todo, me sentía culpable por conocer al autor del crimen del que todos hablaban. Me agobiaba saber quién lo había hecho y no decir ni hacer nada. ¿De verdad era capaz de callar solo por un poco de dinero de un noble?
¿Y por qué debería importarme? —me cuestioné, sintiendo un nudo amargo en la garganta—. A nadie le importó cuando me quedé solo. Me miraron y se marcharon sin una pizca de remordimiento, haciendo que mi corazón se llenara de odio. Así fue como perdí mi luz.
Durante un tiempo, cada vez que visitaba la ciudad veía a Ren. Nunca se acercaba. Qué extraño... su mirada era lo único que hacía que no me molestara. Con el tiempo, tomé una decisión: una noche tuve el valor de esperarlo para confirmar si realmente me seguía.
—Vaya, pero qué sorpresa —dije al verlo tensarse. Quise bromear, pero el enojo me ganó—. El lunático que insiste en seguirme.
—Noah... ¿desde cuándo lo sabías? —preguntó él.
—¿Eso importa? —repliqué, encogiéndome de hombros—. Tenías miedo de que revelara tu secreto, ¿no?
Como si pudiera revelarlo... eso me incriminaría también. Ren me miró con calma.
—Eres interesante. No solo me sigues, también descubriste mi nombre. Y lo mejor... —hizo una pausa; ¿cómo es que mis comentarios nunca le afectan? —: por más que intento provocarte, no reaccionas.
Retrocedí para verlo mejor. Antes de soltar todo lo que quería decir, preferí retirarme.
—Ah, casi lo olvido... tuve que enviar a mi acompañante a casa por tu culpa. Se sintió bastante incomodado por tu forma de acecharnos, así que arruinaste mi noche. Creo que deberías compensarme, ¿no te parece justo?
Al momento siguiente sacó una bolsa de cuero repleta de monedas y me la entregó con firmeza. ¿Cómo demonios cargaba tanto peso con tanta elegancia?
Ese fue el último encuentro que tuve con él. No sabía qué había ocurrido después, pero algo me tranquilizaba: Ren no estaba en peligro. Nadie descubría la identidad del asesino, nadie sabía de nuestra extraña complicidad y, mientras no abriera la boca, nadie sabría nada.
Pero, por mientras, me alejaré. Así evitaré que me importe más. Será mejor que viajé alguna aldea lejana; decidí marcharme para intentar olvidarlo, pues era difícil verlo sin sentir el deseo de poseerlo.
Al pasar una semana lejos de la ciudad, no podía olvidarlo. Me sentía ansioso por no verlo, pero había una pregunta que no dejaba de pasar por mi cabeza: ¿Ren realmente había causado todos los asesinatos?
¿Por qué lo hacía?
Era increíble pensar que un chico tan reservado y tranquilo hubiera sido capaz de desaparecer a tanta gente.
La aldea a la que llegué estaba rodeada de montes silenciosos y caminos angostos. Por las noches, el frío se colaba por las rendijas de la madera y, aun así, ninguna helada lograba apagar el ardor inquieto que llevaba clavado en el pecho. Había huido para olvidarlo, pero cada amanecer era una prueba más de que Ren seguía allí, adherido a mi memoria como una sombra persistente.
Durante la noche, en la fría posada donde me alojaba, reinaba un silencio demasiado pesado. Me preguntaba si Ren también me recordaba.
¿Pensará en mí? ¿O simplemente me dejó marchar como si nunca hubiera sido más que un estorbo?
La idea me frustraba y, al mismo tiempo, me atormentaba. Quería verlo nuevamente y siempre me preguntaba qué había pasado con él.
Pero había algo peor que la nostalgia: la duda. Esa pregunta me perseguía como un espectro, algo que no me dejaba dormir por las noches.
¿De verdad Ren era el culpable de todos los asesinatos?
Los rumores de la ciudad aún resonaban en mi mente:
Los cuerpos desaparecidos.
Las pistas inconclusas.
Había visto a Ren matar a una persona frente a mis ojos, pero no sabía por qué lo había hecho ni cuál era su intención. Y preguntar no era sencillo si él había desaparecido por completo de mi vida, en especial después de nuestra última conversación. Pasé días esperándolo, y esa ausencia terminó por frustrarme.
¿Realmente huyó?
Me senté en la cama, jadeando. El cuarto estaba oscuro, pero no lo suficiente como para ocultar una sensación inquietante. Había huido hasta esa aldea para escapar del recuerdo de Ren, pero en realidad, de lo único que había escapado era de enfrentarme a la verdad. A lo que había visto. A lo que sentía.
El recuerdo volvió, nítido y cruel: Ren quitándole la vida a aquel hombre.
La sangre...
Los ojos de Ren, sin arrepentimiento... pero tampoco con un orgullo evidente. Solo esa expresión insondable que nunca había logrado descifrar. Cada detalle en el que pensaba me hacía dudar cada vez más.
«¿Por qué lo hiciste?»
En todo ese tiempo no había salido con nadie. No tenía interés ni ganas; simplemente no podía. Me quedaba encerrado en mi habitación, acompañado únicamente por recuerdos que me perseguían como ecos que se negaban a desvanecerse.