Un monstruo perfecto

Vacío

Mientras observaba la blanca nieve caer desde mi ventana, intentaba comprenderme a mí mismo.

Todo lo que había pasado, todo lo que me carcomía por dentro, volvía una y otra vez como un eco frío que no me dejaba en paz. De pronto, una voz dulce se oyó desde el otro lado de la puerta:

—Joven Noah, el desayuno está listo.

—Sí… gracias, Martha.

Martha era la dueña de la posada. Una anciana que vivía sola, siempre envuelta en una serenidad que contrastaba con el caos silencioso que yo llevaba dentro. Me encantaba visitarla; sentía que congeniábamos muy bien, casi como si fuéramos familia. Ella era mi refugio.

Me levanté despacio. Sentía el peso de la noche aún aferrado a mis hombros, mientras cada pensamiento me carcomía en la oscuridad como a una presa siendo devorada. El frío del piso de madera me hizo estremecer al ponerme de pie.

Bajé las escaleras lentamente, escuchando el crujido suave de cada peldaño. El aroma del pan recién horneado llenaba el pequeño comedor. Martha, con su delantal desgastado y una sonrisa amable, colocaba una taza de té caliente sobre la mesa.

—Dormiste poco otra vez —comentó sin mirarme directamente, como si no quisiera incomodarme.

—Estoy… bien —respondí, mirando a la anciana.

Aunque sabía que mi rostro decía lo contrario, no quería preocuparla.

Me senté a la mesa. Observé cómo el vapor del té se elevaba en espirales suaves y, por un instante, deseé que mi mente pudiera disiparse de la misma forma.

—Sabes —dijo Martha mientras cortaba un trozo de pan—, algunas personas viajan para olvidar. Otras viajan para encontrarse. Siempre pasa así y, aunque tratemos de alejarnos, nuestro corazón guarda lo que más quiere y anhela.

Apreté los labios.

—¿Y usted cree que yo…?

—Creo —interrumpió ella con suavidad— que huyes de algo que sigue caminando a tu lado, o de algo que apareció en tu vida sin previo aviso.

Las palabras me atravesaron; sentí un breve cosquilleo recorriéndome el cuerpo.

Me quedé contemplando los copos que chocaban contra el cristal del ventanal del comedor. La nieve caía sin prisa, pero con una constancia destructiva que terminaba por sepultarlo todo.

—¿Alguna vez ha querido olvidar algo, Martha? —pregunté casi en un susurro.

Martha me sostuvo la mirada unos segundos, como si adivinara exactamente lo que me estaba guardando.

—Todos hemos querido olvidar, joven Noah. Pero los recuerdos… —sonrió con una dulzura triste— siempre encuentran la forma de volver cuando más frío hace.

Bajé la mirada. El té ya no me sabía a nada.

—Creo… que lo que dejé atrás no va a desaparecer solo porque me haya ido —susurré—. Y me aterra enfrentar la verdad.

La anciana me tomó las manos con una delicadeza casi frágil, como temiendo romperme. —Noah… huir nunca calma el corazón; solo lo agota. Desvié la mirada, sintiendo cómo se me apretaba el nudo en la garganta.

Me levanté, tomé el abrigo y tragué un sorbo de aire helado para buscar el coraje que me faltaba.

—Te irás… ¿verdad? —preguntó Martha, sin hacer el menor intento por detenerme.

Aparté los ojos.

—Sí. No puedo quedarme aquí fingiendo que nada me espera afuera. Si algo o alguien me está buscando, me encontrará tarde o temprano.

Ella asintió sin reproches. Solo se acercó y me acomodó el cuello del abrigo con la ternura de una madre que prepara a su hijo antes de encarar la tormenta.

—Ve con cuidado, mi niño —susurró—. Si las cosas salen mal, esta casa sigue siendo tuya.

Se me cerró la garganta.

—Gracias por todo, Martha.

Por algún motivo, sentía como si mi propio instinto me advirtiera que algo terrible estaba a punto de ocurrir. Era un escalofrío tan intenso que me helaba la piel, como si el peligro ya estuviera respirando a mi espalda. Al cruzar la puerta de la posada y mirar a Martha por última vez, vi en sus ojos una tristeza infinita, un vacío profundo envuelto en una resignación silenciosa ante lo perdido.

Viajé durante horas que se convirtieron en días. Apenas pude dormir, perseguido por las pesadillas, pero la urgencia me empujaba a continuar: necesitaba llegar a Aethel lo antes posible.

En el camino me crucé con un hombre que viajaba en dirección contraria. Me di cuenta de que acababa de huir de la ciudad al ver el cartel pegado al costado de su carreta. El papel estaba manchado y rasgado, pero aún dejaba ver el sello oficial de Aethel como una advertencia hacia los que fueran los culpables. Comprendí entonces que no todos huíamos por las mismas razones: algunos escapaban para salvar a sus familias; otros, simplemente incapaces de soportar el horror que había devorado la ciudad.

Me detuve y, reuniendo valor, me dirigí al hombre.

—Disculpé… —dije con cautela—, ¿qué es lo que ocurre en la ciudad?

El hombre me miró por un instante, como si dudara si responder o seguir su camino. Tenía el rostro cansado y los ojos marcados por el miedo.

—Nada bueno —contestó al fin—. La muerte camina libre por esas calles, y ya nadie distingue entre justicia y venganza. Si eres sabio, no sigas adelante. En este preciso momento se está llevando a cabo una ejecución: la de un asesino que ayer le quitó la vida a una joven noble cuando regresaba a su hogar.

Tragué saliva. El pánico me tensó la garganta y, cuando volví a hablar, las palabras me salieron rotas.

—Y… y el a-asesino… —tartamudeé—, ¿c-cómo es?

—No lo sé, no lo llegué a ver —admitió el hombre, sacudiendo la cabeza con amargura—, pero dicen que es un muchacho muy apuesto.

Esas últimas palabras me atravesaron como una estocada de hielo.

El mundo a mi alrededor pareció perder todo sonido. No necesitaba más detalles; la imagen de Ren emergió con una claridad aterradora en mi mente, apretándome el pecho hasta dejarme sin aire.

El hombre no dijo nada más. Bajó la mirada, chasqueó las riendas y siguió su camino sin volver la vista atrás. Su carreta se fue perdiendo poco a poco entre la neblina, hasta que solo quedó el crujido distante de las ruedas sobre el hielo.



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En el texto hay: boyslove, triller, un asesino

Editado: 24.09.2026

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