Un monstruo perfecto

Vacío

Durante la blanca nieve que Noah observaba desde su ventana, intentaba comprenderse a sí mismo.
Todo lo que había pasado, todo lo que lo carcomía por dentro, volvía una y otra vez como un eco frío que no lo dejaba en paz.

De pronto, una voz dulce se oyó desde afuera del cuarto:

—Joven Noah, el desayuno está listo.

—Sí… gracias, Martha.

Martha era la dueña de la posada. Una anciana que vivía sola, siempre envuelta en una serenidad que contrastaba con el caos silencioso que Noah llevaba dentro. A Noah le encantaba visitarla, pues sentía que ambos congeniaban muy bien; era como si fueran familia, ella era su refugio.

Noah se levantó despacio. Sentía el peso de la noche aún aferrado a sus hombros, como si los pensamientos que lo habían desvelado se negaran a abandonarlo. El frío del piso de madera lo hizo estremecer al ponerse de pie.

Bajó las escaleras lentamente, escuchando el crujido suave de cada peldaño. El aroma del pan recién horneado llenaba el pequeño comedor de la posada. Martha, con su delantal desgastado y una sonrisa amable, colocaba una taza de té caliente sobre la mesa.

—Dormiste poco otra vez —comentó ella sin mirarlo directamente, como si no quisiera incomodarlo.

—Estoy… bien —respondió Noah, aunque sabía que no lo estaba.

Tomó asiento. Observó cómo el vapor del té se elevaba en espirales suaves y, por un instante, deseó que su mente pudiera disiparse de la misma forma.

—Sabes —dijo Martha mientras cortaba un trozo de pan—algunas personas viajan para olvidar. Otras viajan para encontrarse, así siempre pasa y aunque tratemos de alejarnos ,nuestro corazón siempre guarda lo que mas queremos y anhelamos.

Noah apretó los labios.

—¿Y usted cree que yo…?

—Creo —interrumpió ella con suavidad— que huyes de algo que sigue caminando a tu lado o de algo que apareció en tu vida sin previo aviso.

Las palabras lo atravesaron; sintió un breve cosquilleo recorrer por su cuerpo.

Miró la ventana del comedor.
La nieve seguía cayendo, lenta, silenciosa… implacable.

—¿Alguna vez ha querido olvidar algo, Martha? —preguntó Noah casi en un susurro.

La anciana lo observó por fin, con una mirada que parecía ver mucho más de lo que él decía.

—Todos hemos querido olvidar, joven Noah.
Pero los recuerdos… —sonrió con una dulzura triste— siempre encuentran la forma de volver cuando más frío hace.

Noah bajó la mirada.
El té ya no le sabía a nada.

—Creo… que lo que dejé atrás no va a desaparecer solo porque yo me haya ido —susurró—.
Y me aterra enfrentar la verdad.

La anciana lo tomó de la mano con la misma delicadeza con la que se sostiene algo frágil.

—Noah… huir nunca calma al corazón, solo lo cansa más.

Él desvió la mirada, sintiendo cómo el nudo en su pecho se apretaba.

—Lo sé… pero volver significa enfrentar a Ren, enfrentar a su curiosidad y saber que era aquello que no lo soltaba.

Se puso de pie, tomó su abrigo y respiró profundamente, como si aquel aire helado pudiera darle el valor que aún le faltaba.

—Te irás… ¿verdad? —preguntó Martha, sin intentar detenerlo.

Noah evitó mirarla a los ojos.

—Sí.
No puedo quedarme aquí fingiendo que nada me espera afuera.
Si algo o alguien… me está buscando, lo hará tarde o temprano.

Martha asintió lentamente. No lo juzgó, no lo retuvo. Solo se acercó y acomodó el cuello del abrigo de Noah como una madre que prepara a su hijo antes de salir al frío.

—Entonces ve con cuidado, hijo —dijo en voz queda—. Y recuerda que siempre tendrás un lugar si decides volver.

Noah tragó saliva. El nudo en el pecho se hizo más pesado.

—Gracias… por todo —murmuró.

Por algún motivo, sentía como si su instinto le advirtiera que algo muy malo iba a ocurrir. Era una sensación tan intensa que le helaba la piel, como si el peligro ya estuviera respirando a su espalda. Al finalizar su estancia, se despidió de la anciana para emprender su viaje de vuelta a la ciudad. Se notaba la tristeza en aquella mujer, un vacío profundo, pero al mismo tiempo mostraba una resignación silenciosa ante lo perdido.

Noah viajó durante horas, aguantó días sin poder dormir bien, pero aun así tenía fuerzas para continuar; quería llegar lo más rápido posible a esa ciudad.

En el camino se encontró con un hombre que viajaba en dirección contraria; al momento se dio cuenta de que aquel hombre había salido de la ciudad al ver un cartel pegado en un costado de la carreta. El papel estaba manchado y rasgado, pero aún se distinguía el símbolo del lugar, como una advertencia silenciosa para cualquiera que pensara regresar. Noah comprendió entonces que no todos huían por las mismas razones: algunos escapaban para salvar la vida de sus hijos, otros para no cargar con lo que habían visto. Él terror que se vivía.

Noah se detuvo y, reuniendo valor, se dirigió al hombre.

—Disculpe… —dijo con cautela—, qué es lo que ocurre en la ciudad?

El hombre lo miró por un instante, como si dudara si responder o seguir su camino. Tenía el rostro cansado y los ojos marcados por el miedo.

—Nada bueno —contestó al fin—. La muerte camina libre por esas calles, y ya nadie distingue entre justicia y venganza. Si eres sabio, no sigas adelante.

En este momento se esta realizando una ejecución la de un asesino que el día de ayer asesino a una joven de noble familia, quien regresaba a su hogar de un compromiso.

Noah tragó saliva. El miedo le tensó la garganta y, cuando volvió a hablar, las palabras le salieron rotas.

—Y… y el a-a-asesino… —tartamudeó— ¿c-cómo es?

—No lo se no lo llegue a ver, pero dicen que es muy apuesto.

El señor no dijo nada más. Bajó la mirada, chasqueó las riendas y siguió su camino sin volver la vista atrás. La carreta se fue perdiendo poco a poco entre la nieve y la neblina del camino, hasta que solo quedó el sonido lejano de las ruedas.



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En el texto hay: boyslove, triller, un asesino

Editado: 06.01.2026

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