Noah no había podido dormir en toda la noche. Cada vez que cerraba los ojos, el miedo regresaba; el sueño que había tenido se sentía demasiado real, como si no hubiera sido solo una ilusión de su mente.
Soñó que alguien lo abrazaba. Al principio parecía algo cálido, algo que necesitaba desesperadamente, pero al mismo tiempo experimentaba un rechazo extraño, como si su corazón no quisiera aceptar ese abrazo a pesar de desearlo. No entendía por qué.
El lugar era extraño: un cuarto vacío y frío, con una chimenea encendida y una manta tirada cerca. Todo se veía tranquilo, pero Noah no lo estaba; sentía un nudo opresivo en el pecho, una sensación imposible de explicar. De repente, todo empezó a desaparecer. El cuarto, el fuego, la manta... todo se desvanecía lentamente. Incluso la figura que lo abrazaba comenzó a soltarlo, como si ya no pudiera quedarse a su lado.
Antes de que se desvaneciera por completo, Noah pudo ver su rostro.
Era Ren.
Ren lo miraba con tristeza, con un dolor tan profundo que parecía atravesarlo. No dijo nada, pero esa mirada dolía más que cualquier palabra; era como si le estuviera diciendo adiós sin querer hacerlo. Noah intentó tomar la mano de quien lo miraba con tanto sufrimiento, pero al hacerlo despertó de golpe, con el corazón batiendo desbocado y los ojos húmedos. Se llevó una mano al pecho, sintiendo un vacío extraño, como si hubiera perdido algo importante sin haberlo tenido del todo.
Después de aquella pesadilla no pudo volver a conciliar el sueño, pero al menos había tomado una decisión.
Al llegar la mañana, Noah comenzó a arreglarse con más esmero del habitual; estaba emocionado. Tenía la certeza de que Ren necesitaba a alguien que lo amara y sentía que, de alguna forma, sus vidas se complementaban.
El anhelo de dos almas,
buscando un camino,
un amor que lo necesite,
buscando en cada recorrido,
en diferentes mundos,
en cada lugar, en cada rincón,
su sitio en el cual encajar.
Vestía una blusa de un rojo intenso, casi del color de la sangre seca, con volantes superpuestos que caían suavemente sobre su torso. Las mangas largas, terminadas en un encaje delicado, rozaban sus manos dándole un aire antiguo. Un pequeño broche plateado sostenía el cuello alto de la prenda. Debajo, un pantalón negro ceñido contrastaba con el carmesí de la tela, y un cinturón oscuro con hebillas metálicas marcaba su cintura con firmeza.
Salió de la posada; necesitaba encontrar un hogar donde vivir. Caminó hasta el lugar donde se encontraba el propietario de una casa. Había llamado al hombre unas horas antes para confirmar que la casa estuviera deshabitada y en buen estado.
«Me alegra no haber gastado todo el dinero que me dio Ren», pensó Noah para sus adentros.
El dueño de la casa lucía agotado, con profundas ojeras bajo los ojos.
—Buen día —saludó Noah.
—Buenos días. ¿Eres el comprador que llamó esta mañana? —respondió el hombre.
—Sí, soy yo. Vine a ver la casa, si no hay inconveniente.
—No lo hay, aunque debo advertirte que lleva tiempo deshabitada.
—No me importa. Mientras esté en condiciones, es suficiente.
—No muchos dicen eso —comentó el hombre, observándolo con atención—. ¿Vienes solo?
—Sí. Busco un lugar tranquilo.
—Entonces tal vez te agrade. Nadie ha querido quedarse aquí por mucho tiempo.
—¿Por qué?
—Dicen que es fría... incluso cuando no hace frío.
El hombre guardó silencio unos segundos antes de sacar una llave vieja del bolsillo. Al abrir la puerta, un chirrido leve rompió la quietud. El interior estaba vacío, pero limpio; olía a madera antigua y a tiempo detenido.
—La casa es sencilla —dijo finalmente—. No muchos quieren quedarse aquí.
Noah recorrió el lugar con la mirada. No era grande ni lujosa, pero aquella quietud le resultó extrañamente familiar, casi reconfortante.
—Está bien —respondió—. Solo necesito un sitio donde empezar de nuevo.
El dueño asintió y le entregó la llave. Noah la tomó con cuidado, como si aquel pequeño objeto marcara el inicio de un nuevo comienzo.
Al salir de la casa Noah caminaba tranquilamente por aquellas calles rotas, con un sentimiento intranquilo clavado en el pecho, a pesar de haber comprado algo que sería su nuevo inicio y quedarse al fin en un lugar donde pueda volver a vivir en paz. Un mal presentimiento lo acompañaba; cada paso que daba parecía guiarlo hacia un camino sin retorno.
Al mirar hacia un costado de una calle deshabitada, justo antes de cruzar, distinguió una figura que le resultó familiar. Alguien que había dejado atrás.
—¿Helen? —preguntó con insistencia, esperando una respuesta—. Espera... —susurró.
El recuerdo lo invadió de golpe y, sin pensarlo, corrió en busca de esa persona. Sin embargo, cuando la figura se dio la vuelta, Noah comprendió que no era a quien esperaba ver.
No tuvo tiempo de reaccionar.
Sin percatarse de lo que se aproximaba, una carroza de víveres apareció de la nada. El caballo lo embistió con fuerza desmedida y la estructura de madera arremetió contra él. El impacto fue brutal: su cuerpo salió despedido hacia un lado y rodó por el barranco.
Cada golpe aumentaba su tormento. Al principio intentó aferrarse a las ramas para frenar la caída, pero fue en vano; los impactos lo dejaban cada vez más débil. Cuando finalmente tocó fondo, apenas le quedaban fuerzas y, entre la confusión y el dolor, su mente solo pudo aferrarse a un rostro.
«Ren... perdóname. Quería darte la esperanza de ser amado, quería salvarte de la oscuridad en la que estás sumergido. Pero ahora ya no depende de mí... ya no podré salvarte».
Adolorido, Noah observó cómo el cielo comenzaba a oscurecerse. Su vista se nublaba cuando, de pronto, distinguió a alguien acercarse.
—Lo encontré... —dijo una voz lejana.
Un guardia acudió al lugar gracias a los gritos desesperados de un joven a quien Noah había visto apenas unos minutos antes. El muchacho había corrido hasta el puesto más cercano en busca de ayuda; no fue el conductor quien pidió auxilio.