Un monstruo perfecto

Noah

La ciudad estaba helada y fría. Había pasado una hora desde aquel instante fatídico en el que una llama se apagó, en el que un sentimiento dejó de respirar para siempre.

Los médicos y los agentes recorrían el lugar en busca de algún familiar que pudiera reconocer aquel cuerpo que yacía frío sobre una camilla. Pero no había nadie, nadie que lo reclamara, nadie que dijera su nombre.

El joven que había ido a buscar ayuda no se apartaba del lugar. La culpa le pesaba en el pecho, densa, asfixiante.
Quizá, si hubiera llegado antes... aquel muchacho seguiría con vida.

Se atrevió a mirarlo mejor.

Y entonces lo reconoció.

Lo había visto antes.
Lo había visto junto a un joven noble, uno de la familia Braidon.

—Señor... —dijo al fin, tragando saliva—. A este joven lo conozco. Lo vi con un noble.

El médico alzó la mirada.

—¿Está seguro?

—Sí. Su nombre es Ren Braidon.

El ambiente cambió de inmediato.

Algunos agentes se miraron entre ellos. El nombre no pasó desapercibido.

En ese mismo instante, la puerta se abrió con brusquedad.

Un guardia armado irrumpió en la sala, con el rostro tenso.

—Tenemos un problema —anunció.

—¿Qué ocurre? —preguntó el médico.

—Hemos encontrado uno de los cuerpos desaparecidos.

El rostro del médico palideció.

Sin decir una sola palabra, tomó su abrigo y salió con rapidez, seguido por dos agentes.

Atravesaron largos pasillos de piedra, iluminados por faroles de aceite. El edificio era antiguo, de arquitectura propia del siglo pasado: arcos altos, columnas gastadas, ventanales estrechos por donde apenas se filtraba la luz del amanecer.

Descendieron por una escalera de caracol que crujía bajo sus pies.

Allí abajo, el aire era más frío.
Más denso.
Más viejo.

Llegaron a una sala olvidada, utilizada en otros tiempos como depósito. Mesas de madera gruesa, estantes oxidados, frascos vacíos cubiertos de polvo. Todo hablaba de otra época.

Y en el centro...

Sobre una mesa larga, iluminada por un único farol tembloroso, yacía un cuerpo cubierto con una tela oscura.

El médico se acercó despacio.

El olor lo confirmó antes que sus ojos.

Algo estaba terriblemente mal.

Alzó la mano... y retiró la tela.

Un murmullo ahogado recorrió la sala.

El cuerpo estaba mutilado.

La piel pálida presentaba cortes precisos, simétricos, hechos con una pulcritud antinatural. El pecho había sido abierto con un cuidado cruel, como si quien lo hizo conociera perfectamente la anatomía humana.

Y sin embargo...

Había algo extraño.

A diferencia de los cuerpos anteriores, este no había sido completamente despojado. No faltaban órganos. No había señales del mismo ritual.

Era como si hubiera quedado... inconcluso.

—Yo... yo vi ese broche... —susurró el joven—. Él estaba con el noble. Con Ren Braidon.

El nombre cayó como una piedra en el silencio.

El médico se irguió lentamente.

—Entonces este muchacho no era una víctima más... —dijo en voz baja—.
Era parte de algo que empezó mucho antes de su muerte.

Guardó silencio unos segundos más, observando el cuerpo.

Su expresión cambió.

No era solo horror.

Era comprensión.

—El hombre al que el pueblo linchó... —continuó— no era culpable de todos aquellos crímenes por los que fue juzgado.

Uno de los agentes frunció el ceño.

—¿Qué está diciendo, doctor?

El médico apretó la mandíbula.

—Que alguien más estuvo actuando en las sombras.
Alguien que dejó que un inocente cargara con pecados que no eran suyos.

Un escalofrío recorrió la sala.

Afuera, la campana de la ciudad sonó una sola vez.

Y en algún lugar, lejos de allí...

alguien acababa de sentir que una pieza de su historia se había perdido.

Ren miraba a sus alrededores en busca de Noah, esperando su llegada, esperando entender por fin aquel sentimiento extraño que lo habitaba... esperando que tuviera una explicación.

La hora acordada ya había pasado su clímax.

Y aun así, Ren seguía allí.

Esperó durante toda la noche, pero Noah no apareció.

Cuando el amanecer comenzó a teñir el cielo, Ren sintió que su corazón se volvía lento, pesado, como si cada latido doliera más que el anterior. El momento por el cual no había dormido nunca llegó.

Y aun así, mantenía la esperanza.

Miraba una y otra vez el camino, deseando verlo surgir de entre las sombras. No le importaba si Noah venía a decirle que no lo quería, no le importaba si solo era para despedirse.

Ren solo quería una cosa, permanecer a su lado.

Al mirar a un costado, pudo percatarse de una rosa hermosa de un color carmesí profundo, casi como la sangre, y se quedó observándola extrañado porque no la había visto antes, pues estaba allí, solitaria, naciendo entre la nieve y la tierra oscura como si no perteneciera a ese lugar, y Ren se inclinó levemente sin atreverse a tocarla mientras un nudo inexplicable le oprimía el pecho.

Decidió marcharse. Su cuerpo helado vagaba por el camino, exhausto; esperar durante horas no había sido algo fácil. El frío se le había metido en los huesos y la debilidad le pesaba en cada paso, como si no solo caminara su cuerpo, sino también un corazón cansado de esperar.

Ren, con paso lento, llegó a su mansión. La luz pálida de la mañana caía sobre la fachada de piedra, revelando el cansancio en su rostro y la rigidez de su cuerpo entumecido por el frío y la espera.

Al alzar la vista, se percató de que dos guardias lo aguardaban en la entrada.

Sus uniformes oscuros contrastaban con la claridad del amanecer.

Antes de que pudiera decir palabra, el ama de llaves se acercó con expresión inquieta.

—Joven Ren... estos hombres lo buscan.

—Adelante, pasen —dijo Ren con voz baja.

Los guardias intercambiaron una mirada al verlo tan pálido y visiblemente cansado. Había algo inquietante en su expresión, como si no hubiera dormido en días.



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En el texto hay: boyslove, triller, un asesino

Editado: 26.01.2026

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