Al mirar a mi alrededor, pude ver un lugar muy tranquilo. Era increíble. Pese al dolor de cada una de mis heridas, me levanté lentamente y distinguí que me encontraba en un jardín deslumbrante, donde florecían girasoles. Vestía un atuendo blanco; era el mismo diseño que ocupé antes del accidente. Cuando empecé a caminar, las heridas desaparecieron, como si aquel sitio estuviera borrando cualquier evidencia de lo ocurrido.
Aun así, continué avanzando hacia una vieja casa que se alzaba a lo lejos.
En mi trayecto podía escuchar voces que me llamaban. Dudé qué dirección tomar. No sabía si tenía derecho a volver, ni cuál era el lugar correcto.
Entonces la vi. Una mujer de rostro pálido y vestido blanco, que contrastaba con los colores del lugar. Me sonrió con una calidez que me estremeció. Lo extraño era que no recordaba quién era ni qué había significado en mi vida. Y, aun así, algo en ella me resultaba dolorosamente familiar.
Con paso lento pero firme, avancé hacia ella. De pronto, una palabra salió de mis labios:
—Mamá...
En aquel instante en que pronuncié esa palabra, todo empezó a agrietarse. El suelo, el aire, el jardín entero. Y justo antes de caer al abismo, vi cómo su expresión cambiaba: su mirada tierna se transformó en odio. Y una sola palabra salió de sus labios:
—Monstruo...
Después de eso... todo se tornó oscuridad.
***
Sentí una sensación extraña, como si mi cuerpo ya no pesara... como si el dolor hubiera quedado en otro lugar.
Sentí que algo me llamaba.
Y entonces lo vi.
Noah me miraba con una ternura tan profunda que me faltó el aire. No había tristeza en sus ojos, solo una calidez suave, como si por un instante todo el dolor del mundo no existiera.
—¡Estás vivo! —dijo Ren—. Claro que lo estoy, ¿por qué no lo estaría? —respondió Noah.
Sin saber por qué, sonreí. Me llevé una mano al bolsillo; sentí algo en su interior y saqué el reloj.
—Lo olvidaste —dije, extendiéndoselo.
Noah no lo tomó. Solo bajó la mirada hacia el objeto, y en ese preciso instante, el reloj comenzó a sonar. El rostro de Noah se tensó al escuchar el sonido. Qué lindo eres, Noah...
El tic-tac no venía del metal. Venía de todas partes.
El sonido se hizo más fuerte, más rápido, como si el tiempo se rompiera.
Quise hablar. Quise tocarlo, pero antes de que pudiera siquiera abrazarlo...
Noah empezó a desaparecer... y justo entonces desperté sobresaltado.
—¡Joven Ren! —gritaba el ama de llaves—. Traigan más paños. Joven Ren, ¿puede oírme? —preguntó la mujer.
Ren miró a su alrededor y, con voz cansada, pronunció:
—Sí... quítame este trapo y tráeme ropa.
—Sí, joven —respondió ella.
—¿Los guardias siguen aquí?
—Sí.
Ren bajó las escaleras todavía temblando y, con una voz quebrada y débil, dijo:
—Disculpen mi imprudencia al haber los recibido y dejarlos esperando tanto tiempo. Díganme... ¿Cuál es el motivo de su visita tan inesperada?
—Estamos aquí para preguntar por alguien.
—Díganme el nombre de quien buscan.
—¿Usted conoce a un tal Noah? —pronunció finalmente uno de los guardias.
—Sí. ¿Por qué lo preguntan? —respondió Ren, con tono severo.
—Por favor, tome asiento... es un tema difícil de explicar.
Ren fulminó con la mirada a los guardias.
El hombre, incómodo, empezó a hablar:
—Noah Sorony, de veintidós años, murió el día de ayer a las seis y cuarenta y cinco.
La noticia le cayó a Ren como un balde de agua helada. El aire pareció quemarle en los pulmones.
—¿Qué acaba de decir, oficial? —logró articular, con los nudillos blancos de tanto aferrarse al respaldo de una silla.
—Nos informaron que usted podía conocer a Noah Sorony, y que frecuentaba esta zona. Por eso venimos a preguntar.
Todo estaba claro. El dolor en el pecho de Ren se mezcló con un amargo sabor a derrota. Noah no había faltado a su palabra; no lo había abandonado por voluntad propia. Quien había jugado en su contra era la vida... el destino, que simplemente no lo quiso con él.
—Llévenme hasta él —exigió Ren, con una frialdad glacial que ocultaba el temblor de su voz.
El guardia lo miró con recelo, dudando ante la exigencia.
—Señor, el cuerpo ya fue trasladado a la morgue municipal para la autopsia reglamentaria. Los informes preliminares del camino sugieren un asalto o un accidente en la penumbra... no hay indicios de que alguien de su círculo estuviera involucrado, pero...
—No me importa lo que digan sus informes —lo cortó Ren, incorporándose con una autoridad implacable, aunque el sudor frío le recorriera las sienes—. Voy a ir a reconocerlo. Ahora mismo.
Ren llegó a la morgue rezando para que el cuerpo no fuera el de Noah.
Al entrar, pudo ver un cuarto amplio y helado. Los médicos lo guiaron hasta el fondo, donde yacía un cuerpo cubierto por una sábana blanca. Todo en aquel lugar estaba frío... demasiado frío.
De pronto, los recuerdos lo invadieron. La forma en que lo había visto a lo lejos. Sus gestos. Su voz. Y, quemándole en los labios, el recuerdo de aquel beso, un destello de calidez que ahora chocaba brutalmente contra la escarcha del ambiente. Un nudo intenso, áspero y asfixiante se cerró en su pecho, impidiéndole respirar.
Con delicadeza, levantó la sábana.
Y lo vio.
Noah yacía tendido, con la piel pálida, pero el rostro extrañamente tranquilo.
Las piernas de Ren cedieron por completo y se derrumbó de rodillas en el suelo de piedra. El dolor lo atravesó como una cuchilla.
Pensó que si hubiera ido a buscarlo...
si lo hubiera retenido...
si tan solo lo hubiera llevado con él, manteniéndolo a su lado, protegido de todo...
quizá Noah seguiría con vida.
Después de un largo rato, Ren finalmente pidió llevarse el cuerpo de Noah.
Los médicos se miraron entre sí antes de asentir. Al saber que se trataba de un noble, permitieron que lo hiciera y empezaron a realizar el papeleo. Como Noah no era de la ciudad y no había a quién llamar, la única solución fue que él se lo llevara; así le dieron la autorización.