Al mirar a mi alrededor, pude ver un lugar muy tranquilo. Era increíble. Pese al dolor de cada una de mis heridas, me levanté lentamente y distinguí que me encontraba en un jardín deslumbrante, donde florecían girasoles. Cuando empecé a caminar, mis heridas desaparecieron, como si aquel sitio estuviera borrando todo rastro de mi sufrimiento.
Aun así, continué avanzando hacia una vieja casa que se alzaba a lo lejos.
En mi trayecto podía escuchar voces que me llamaban. Dudé qué dirección tomar. No sabía si tenía derecho a volver.
Entonces la vi. Una mujer de rostro pálido y vestido blanco, que contrastaba con los colores del lugar. Me sonrió con una calidez que me estremeció. Lo extraño era que no recordaba quién era ni qué había significado en mi vida. Y, aun así, algo en ella me resultaba dolorosamente familiar.
Con paso lento, pero firme, avancé hacia ella.
De pronto, todo empezó a agrietarse. El suelo, el aire, el jardín entero. Y justo antes de caer al abismo, vi cómo su expresión cambiaba: su mirada tierna se transformó en odio.
Después de eso... no vi nada más.
Pero no hubo oscuridad.
No hubo frío.
Solo una sensación extraña, como si mi cuerpo ya no pesara... como si el dolor hubiera quedado en otro lugar.
Sentí que algo me llamaba.
Y entonces lo vi.
Noah lo miraba con una ternura tan profunda que a Ren le faltó el aire. No había tristeza en sus ojos, solo una calidez suave, como si por un instante todo el dolor del mundo no existiera.
Ren, sin saber por qué, sonrió. Se llevó una mano al bolsillo y sacó el reloj.
—Lo olvidaste —dijo, extendiéndoselo.
Noah no lo tomó. Solo bajó la mirada hacia el objeto, y en ese preciso instante, el reloj comenzó a sonar.
El tic-tac no venía del metal. Venía de todas partes.
El sonido se hizo más fuerte, más rápido, como si el tiempo se rompiera.
Ren quiso hablar. Quiso tocarlo.
Pero Noah empezó a desaparecer... y justo entonces Ren despertó sobresaltado.
—¡Joven Ren! —gritaba el ama de llaves.
—Traigan más paños. Joven Ren, ¿puede oírme? —preguntó la mujer.
Ren miró a su alrededor y, con voz cansada, pronunció:
—Sí... quítame este trapo y tráeme ropa.
—Sí, joven —respondió ella.
—¿Los guardias siguen aquí?
—Sí.
Ren bajó las escaleras todavía temblando y, con una voz quebrada y débil, dijo:
—Disculpen mi imprudencia al haberlos recibido y dejarlos esperando tanto tiempo. Díganme... ¿Cuál es el motivo de su visita tan inesperada?
—Estamos aquí para preguntar por alguien.
—Díganme el nombre de quien buscan.
—¿Usted conoce a un tal Noah? —pronunció finalmente uno de los guardias.
—Sí. ¿Por qué lo preguntan? —respondió Ren, con tono severo.
—Por favor, tome asiento... es un tema difícil de explicar.
Ren fulminó con la mirada a los guardias.
El hombre, incómodo, empezó a hablar:
—Noah Sorony, de veintidós años, murió el día de ayer a las seis cuarenta y cinco.
La noticia le cayó a Ren como un balde de agua helada.
—¿Qué acaba de decir, oficial?
—Nos informaron que usted podía conocer a Noah Sorony. Por eso venimos a preguntar.
Todo estaba claro. Noah no había faltado a su palabra. Quien jugó en su contra fue la vida... el destino, que simplemente no lo quiso.
—Llévenme hasta él.
—Claro.
Ren llegó a la morgue rezando para que el cuerpo no fuera Noah.
Al entrar, pudo ver un cuarto amplio y helado. Los médicos lo guiaron hasta el fondo, donde yacía un cuerpo cubierto por una sábana blanca. Todo en aquel lugar estaba frío... demasiado frío.
De pronto, los recuerdos lo invadieron. La forma en que lo había visto a lo lejos. Sus gestos. Su voz. Un nudo intenso se cerró en su pecho.
Con delicadeza, levantó la sábana.
Y lo vio.
Noah yacía tendido, con la piel pálida, pero el rostro extrañamente tranquilo.
Ren no pudo más.
Sus piernas cedieron y se derrumbó en el suelo.
Pensó que si hubiera ido a buscarlo...
si lo hubiera retenido...
quizá Noah seguiría con vida.
Después de un largo rato, Ren finalmente pidió llevarse el cuerpo de Noah.
Los médicos se miraron entre sí antes de asentir. Al saber que se trataba de un noble, le dieron autorización.
No todos tenían ese derecho.
La gente del pueblo debía esperar días para recuperar a sus muertos, y aun entonces no tenían libertad: siempre eran vigilados, como si incluso en el dolor se les negara la paz.
Ren, aún impactado, se llevó el cuerpo de Noah.
Lo sostuvo entre sus brazos.
Su cuerpo todavía se mantenía tibio.
No estaba completamente helado... y aquello lo destrozó más que si lo hubiera estado. Era como si la muerte no hubiera terminado de llevárselo del todo.
En ese lugar frío, Noah parecía aún más frío que el ambiente.
Ren lo abrazó.
No quería soltarlo.
No quería volver a perderlo.
Apoyó el rostro en su pecho, buscando un latido que ya no estaba.
Y por primera vez desde que había aprendido a matar, deseó con todo su ser que alguien a quien había querido hace poco no se fuera.
Ren pidió al chofer que se marchara.
—Vete —dijo en voz baja—. Pero envía un caballo. Iré solo.
El hombre dudó, mirando el cuerpo entre sus brazos, pero no se atrevió a discutir. Asintió, se retiró y dejó la carroza en silencio.
No pasó mucho tiempo antes de que un caballo llegara.
Ren acomodó el cuerpo de Noah con un cuidado casi desesperado, como si aún pudiera lastimarlo. Luego montó.
Avanzó entre senderos cada vez más estrechos, donde la nieve se mezclaba con el barro y el silencio se volvía más pesado a cada paso. El viento golpeaba su rostro, pero no lograba enfriarlo más de lo que ya estaba por dentro.
Tomó el camino que casi nadie se atrevía a recorrer.
Hacia la mansión abandonada.
El lugar donde había matado a alguien y en donde su destino se había torcido
Y donde ahora llevaba entre sus brazos al único ser que había logrado atravesar la oscuridad que lo habitaba.