La rabia en su mirada era imposible de ocultar. Le molestaba, le dolía… haberlo perdido todo en un solo segundo. Sentía un vacío pesado en el pecho, como si algo se hubiera roto dentro de él y ya no pudiera arreglarse.
—¿Qué se supone que haga ahora, Noah…? —murmuró con la voz baja, dejando escapar un suspiro cansado.
Ren dejó el cuerpo de Noah sobre la fría mesa. Sus manos permanecieron ahí unos segundos más, como si no quisiera separarse del todo. Luego se obligó a soltarse y salió de la habitación sin mirar atrás. Si se quedaba un segundo más, sentía que iba a derrumbarse.
Noah era lo único en lo que podía pensar.
Tomó una botella de vino casi sin darse cuenta y empezó a beber directamente del cuello. El líquido ardía al bajar, pero no le importó. Necesitaba dejar de sentir, aunque fuera por un momento. Su pecho se oprimía cada vez más al recordar la escena, el sonido, la sensación de haber llegado demasiado tarde.
Una botella se convirtió en dos. Luego en cinco. Después dejó de contarlas.
Con el paso de las horas, Ren había vaciado diez botellas. El mundo giraba lentamente a su alrededor y sus pensamientos ya no tenían orden.
Intentó caminar, pero sus pasos eran torpes. Tropezó con una pequeña mesa y cayó al suelo con un golpe seco.
Se quedó ahí unos segundos, respirando con dificultad. Cuando levantó la mirada, vio una figura brillante frente a él.
—¿Abuela…? —preguntó con la voz quebrada.
La mujer lo observaba con tristeza, pero también con cariño. Extendió los brazos, invitándolo a acercarse. Ren dudó. Una parte de él quería alejarse, como si no mereciera ese consuelo. Pero la soledad fue más fuerte.
Corrió hacia ella buscando el abrazo… y justo antes de tocarla, la imagen desapareció.
El silencio volvió de golpe, más frío que antes.
Ren soltó una risa corta y vacía antes de arrastrarse hasta el sofá. Se dejó caer y miró el techo sin parpadear, sintiendo el cansancio aplastarlo.
Entonces los recuerdos comenzaron a aparecer sin control.
Vio a la misma mujer llamándolo mientras él corría hacia ella siendo apenas un niño. Escuchó risas, vio una casa iluminada y a una pareja feliz mirándose con amor. El pequeño Ren corría entre ellos, riendo sin miedo.
Por un instante todo parecía cálido.
Pero la escena cambió.
El ambiente se volvió oscuro y pesado. Un hombre apareció. Su rostro estaba marcado por el enojo, sus ojos llenos de algo difícil de entender. Gritaba, y el sonido hacía eco en la memoria de Ren.
El hombre levantó la mano y golpeó al niño.
El recuerdo avanzó rápidamente: el niño ya no era tan pequeño. Su mirada estaba apagada, acostumbrada al dolor.
Entonces ocurrió algo distinto.
Ren vio el rostro del hombre de cerca… y ya no estaba gritando.
Estaba llorando.
Las lágrimas caían por sus mejillas mientras respiraba con dificultad, como si odiara lo que estaba haciendo pero no pudiera detenerse. Su expresión no era solo de ira, sino de culpa, de alguien roto por dentro. Sus labios temblaban, y por un segundo pareció querer decir algo… pedir perdón tal vez.
Pero el recuerdo se rompió antes de que pudiera escucharlo.
Ren abrió los ojos de golpe en el sofá, respirando agitado. Sentía el pecho pesado y la cabeza llena de imágenes que no lograba ordenar.
El silencio de la casa volvió a rodearlo.
Y Noah seguía sin estar ahí.
De pronto, Ren se levantó del sofá como si algo hubiera hecho clic en su mente. Su respiración era agitada y sus manos temblaban, pero esta vez no por el alcohol, sino por una idea que no podía ignorar.
Corrió hacia la habitación donde había dejado a Noah.
Abrió la puerta con fuerza y se acercó rápidamente a la mesa fría. Por un momento dudó al verlo inmóvil, pálido, demasiado silencioso. Su pecho se apretó, pero negó con la cabeza, obligándose a no detenerse.
—Aún no… —murmuró—. No puede terminar así.
Se dirigió a una esquina del cuarto donde había un mueble metálico cerrado con varias cerraduras. Sacó un pequeño llavero de su bolsillo; las llaves chocaron entre sí con un leve sonido metálico. Probó una tras otra hasta que la primera cerradura cedió. Luego la segunda. Y finalmente la última se abrió con un clic seco.
Dentro había una caja más pequeña, también asegurada. Ren introdujo otra llave distinta y la giró con cuidado. La tapa se abrió lentamente.
Ren respiró hondo.
Dentro reposaba una jeringa cuidadosamente guardada junto a varios frascos transparentes con un líquido casi brillante. Dudó unos segundos antes de tomarla, como si aún estuviera decidiendo si debía cruzar esa línea.
—Perdóname… —susurró, sin saber si hablaba con Noah o consigo mismo.
Cargó la jeringa con el líquido y regresó junto al cuerpo. Sus manos temblaron al descubrir el brazo de Noah. La piel estaba fría, demasiado fría.
Ren apretó los dientes.
—Te prometí que no te perdería.
Clavó la aguja e inyectó lentamente el contenido, observando cada segundo con desesperación contenida, esperando cualquier señal… cualquier movimiento.
El silencio llenó la habitación.
Ren no apartó la mirada ni un instante, como si el simple hecho de observarlo pudiera traerlo de vuelta.
Ren observaba el cuerpo de Noah sin apartar la mirada. El leve movimiento en sus dedos fue suficiente para encender una esperanza desesperada dentro de él.
—Vamos… reacciona… —murmuró con la voz temblorosa.
Tomó otra jeringa con manos inestables y volvió a llenar el cilindro con el líquido brillante. Apenas pensó en las consecuencias. En ese momento solo existía una idea en su mente: traerlo de vuelta.
Clavó nuevamente la aguja en el brazo de Noah.
El cuerpo reaccionó con un pequeño espasmo. Sus músculos se tensaron apenas, como si lucharan contra algo invisible. Ren contuvo la respiración, acercándose más.
—Eso es… Noah, vuelve… —susurró, casi suplicando.
Sin esperar demasiado, preparó otra dosis. Sus movimientos eran rápidos, desesperados, muy distintos a la precisión fría que solía tener. El miedo a perderlo otra vez lo empujaba a seguir.