Al abrir los ojos, Noah pudo ver a su alrededor una luz intensa, casi blanca. No entendía cómo era posible estar allí. No sabía si estaba vivo... o si aquello era simplemente el final.
No había ardor, ni heridas, ni peso en el cuerpo. Solo una ligereza extraña, como si flotara dentro de sí mismo. Su respiración llegó lenta, silenciosa, sin esfuerzo, como si el aire lo reconociera y volviera a él por voluntad propia.
Sus manos se movieron apenas. Los dedos respondieron con torpeza, pero sin sufrimiento. Era una sensación vacía y tranquila, desconcertante... como despertar después de un sueño demasiado largo.
El mundo regresaba poco a poco: sombras, formas, sonidos apagados que comenzaban a definirse.
Y entonces distinguió una figura frente a él.
Ren.
Estaba allí, inclinado ligeramente hacia adelante, observándolo sin parpadear. Su postura era rígida, tensa, como si todo su cuerpo estuviera contenido por una sola emoción.
Ren nunca dudó.
Desde el inicio había actuado con una certeza absoluta, guiado únicamente por una idea fija: traerlo de vuelta. No importaron los riesgos ni las consecuencias. Para él, fallar nunca fue una opción.
Pero ahora...
Ahora que Noah abría los ojos, la realidad parecía imposible incluso para él.
Sus pupilas temblaron levemente.
Por primera vez, Ren perdió el control de su respiración.
—...Noah —pronunció en voz baja.
El nombre salió casi roto, cargado de incredulidad.
Lo había logrado.
No había euforia en su expresión, sino algo más profundo: un alivio silencioso, tan intenso que parecía dolerle más que cualquier herida. Sus manos, normalmente firmes, vacilaron antes de acercarse al rostro de Noah.
Se detuvo a centímetros.
Como si necesitara confirmar que no desaparecería, para el el simple hecho de tocarlo era como si pudiera deshacer el milagro.
Noah lo miró sin comprender del todo qué había ocurrido, sintiendo únicamente esa calma irreal que llenaba su cuerpo.
Y en los ojos de Ren había algo nuevo, la certeza absoluta de que, esta vez, no lo había perdido.
—Ren... ¿qué ocurrió? —preguntó Noah, con la voz temblorosa y una incredulidad que apenas lograba disimular.
Ren lo miró como si temiera que, al apartar la vista, volviera a desaparecer.
—Nada... —respondió en un susurro contenido—. Solo estás de vuelta.
Había alivio en sus palabras, pero también algo más: miedo. Un miedo silencioso, casi invisible, que se escondía detrás de su serenidad forzada.
Ren observó el lugar con atención. Las paredes frías, el aire denso, la penumbra que parecía arrastrarse por el suelo... No. Aquel no era un sitio donde Noah debiera permanecer, mucho menos en su estado.
Tragó saliva.
—Noah, estás muy débil. Será mejor que te lleve al piso de arriba para que descanses.
—Espera, Ren...
No terminó la frase. En un movimiento decidido, pero sorprendentemente cuidadoso, Ren lo sostuvo entre sus brazos. Sus manos fueron firmes al levantarlo, pero delicadas al acomodarlo contra su pecho. Las piernas de Noah quedaron enganchadas al torso de Ren casi por instinto, mientras sus manos, inseguras al principio, terminaron rodeando el cuello de Ren para no caer.
El corazón de Noah comenzó a latir con fuerza.
La cercanía lo descolocaba.
Jamás había permitido que alguien lo tocara sin su permiso. Siempre había mantenido una distancia calculada, una barrera invisible que nadie cruzaba. Pero con Ren... no sentía la necesidad de defenderse.
Era diferente.
El calor del cuerpo de Ren, su firmeza, la seguridad con la que lo sostenía... todo resultaba abrumador. Noah no sabía si estaba más nervioso o más fascinado.
Aun así, una duda punzante se abrió paso en su mente.
¿Y si no era real?
¿Y si todo era solo otro sueño cruel?
Con el ceño ligeramente fruncido, levantó una mano y, con curiosidad casi infantil, se pellizcó el brazo.
Esperó el dolor.
Esperó la reacción.
Pero no hubo nada.
Ni ardor.
Ni molestia.
Ni el más mínimo estremecimiento.
Su piel no respondió.
Su cuerpo... tampoco.
El asombro se transformó en una inquietud helada que le recorrió la espalda.
Si no sentía dolor...
Entonces, ¿qué era lo que estaba ocurriendo realmente?
—¿Ren...?
La voz de Noah salió más baja de lo que esperaba, casi frágil.
—¿Qué ocurre? —preguntó Ren de inmediato, deteniéndose a mitad del pasillo. Sus brazos se tensaron ligeramente alrededor de él, como si temiera que algo pudiera arrebatárselo otra vez.
Noah lo miró. Había algo distinto en sus propios ojos, una sombra de desconcierto que ni él mismo comprendía.
—No siento nada... —susurró, bajando la vista hacia su mano—. Mi cuerpo no reacciona.
Ren frunció el ceño.
—¿Cómo que no sientes nada?
Noah tragó saliva. Con dedos inseguros volvió a pellizcarse el antebrazo, esta vez con más fuerza. Observó su piel enrojecer levemente bajo la presión... pero no hubo dolor. Ni ardor. Ni esa punzada breve que confirmaba que estaba vivo.
El silencio se volvió pesado entre los dos.
Noah alzó la mirada y sostuvo los ojos de Ren. Había miedo en ellos... pero también algo más profundo, algo que llevaba tiempo intentando ignorar.
Por un instante, quiso besarlo.
La idea apareció de golpe, inesperada y cálida, contrastando con la frialdad que sentía en su propio cuerpo. Quiso inclinarse apenas, cerrar la distancia mínima que los separaba y comprobar si, al menos así, podía sentir algo.
Pero se detuvo.
Solo llevaba una bata ligera. La tela apenas cubría su piel, y la cercanía hacía que la vulnerabilidad fuera evidente. Sintió una punzada de inseguridad, no física, sino emocional.
¿Y si Ren se apartaba?
¿Y si lo que veía en sus ojos no era amor... sino solo preocupación?
Noah temía confundir cuidado con cariño, y cariño con algo que tal vez solo él estaba sintiendo.