El abrazo permaneció unos segundos más, firme, necesario. Ren podía sentir cómo Noah se aferraba a él, como si temiera que al separarse todo volviera a desaparecer. El silencio entre ambos ya no era incómodo; estaba cargado de algo más profundo, algo que llevaba demasiado tiempo esperando salir.
Ren dudó, no por falta de deseo, sino por miedo: miedo a romper aquel instante, miedo a que Noah volviera a desvanecerse si se movía demasiado rápido.
Pero Noah no retrocedió.
Sus manos permanecieron sujetas a la camisa de Ren, arrugando la tela con suavidad, acercándolo apenas más. Sus respiraciones comenzaron a mezclarse, irregulares, cálidas, vivas... tan distintas al vacío que Noah aún sentía dentro de su propio cuerpo. Ren bajó la mirada hacia sus labios.
Y entonces ocurrió.
El beso surgió lento, era algo que hace mucho tiempo esperaron y con un hambre contenida que hacía temblar sus cuerpos. No fue impulsivo ni desesperado ,fue casi inseguro al inicio, como si ambos estuvieran aprendiendo algo nuevo. Los labios apenas se rozaron primero con delicadeza .
Cuando ninguno se apartó, Ren profundizó el contacto con cuidado, sosteniendo el rostro de Noah entre sus manos, como si temiera lastimarlo incluso ahora. Cada roce parecía confirmar que era real, que Noah seguía allí.
Las manos de Ren descendieron lentamente, recorriendo sus hombros y su espalda con una delicadeza inesperada. Ren estaba intranquilo como si aquel beso acabaría ,pero al mismo tiempo era algo que siempre ansió.
Noah respondió con torpeza al principio. Su cuerpo no registraba del todo el calor ni el dolor, pero algo dentro de él reaccionaba con intensidad creciente. Su respiración se volvió más profunda, aferrándose más a Ren, buscando sentir aunque su piel permaneciera en silencio. Sus cuerpos se acercaron más, presionándose sin prisa.
Era un momento que ninguno de los dos quería que terminase parecía un sueño completamente bueno como para ser real ,pero cada rose en sus labios era una prueba mas de un llamado a la realidad y a un nuevo comienzo.
Ren separó apenas sus labios y apoyó su frente contra la de Noah. Sus ojos estaban cerrados; su respiración temblaba.
—Pensé que te había perdido... —susurró, casi sin voz.
Noah abrió los ojos lentamente.
—Yo también pensé que no volvería... —respondió en un murmullo.
El aire entre ellos se volvió pesado, lleno de todo lo que aún no comprendían: la vida devuelta, el cuerpo cambiado y un sentimiento que ya no podían negar. Ren volvió a abrazarlo, esta vez con más fuerza, escondiendo el rostro en el cuello de Noah como si finalmente se permitiera descansar.
Al fin lo tenía de vuelta. Y esta vez, no pensaba soltarlo.
Pero mientras Ren se aferraba a aquello que creía perdido, el pueblo entero comenzaba a fracturarse.
Las calles ya no eran silenciosas. Las voces se elevaban, los rumores crecían y la tensión entre nobles y clase baja se volvía cada vez más difícil de contener.
Mientras tanto, en el pueblo, los conflictos entre nobles y la clase baja se intensificaban. Todo había sido causado por el control del liderazgo y el hallazgo de pruebas; ninguna de las partes estaba dispuesta a compartir lo encontrado.
Por tal motivo, los representantes más influyentes convocaron una junta y determinaron que habría dos líderes: uno noble y uno de clase baja. No todos estuvieron de acuerdo, pero aceptaron la decisión. Si debían unir fuerzas para encontrar a los jóvenes desaparecidos, lo harían.
—Muy bien, ahora que hemos podido decidir —anunció uno de los consejeros—, tengo el agrado de presentar a Antonio Winkler, uno de los hombres más importantes en la industria del arte y el comercio, encargado de gran parte del puerto marítimo de Aethel.
—Y a Nicolás Kuens, un hombre respetado por los mayores del pueblo, quien logró superar su estatus sin perder su humildad.
Ambos buscaban a sus primogénitos. Ambos habían desaparecido hacía tres semanas. El corazón de un padre jamás está listo para rendirse.
El contraste entre ellos era evidente: Nicolás era alto y delgado, de piel morena clara y cabello café; Antonio, en cambio, era corpulento, de cabello rubio brillante y ojos azul claro, con una expresión fría y agotada.
—Nicolás —llamó Antonio con tensión en la voz.
—¿Qué ocurre?
—¿Has escrito al rey?
—Por supuesto.
—¿Hubo respuesta?
—Sí... pero se negó a enviar guardias. Dice que necesita a toda la guardia real porque se acerca el concurso.
Antonio se llevó una mano a la cabeza.
—No puede ser... todo sería más fácil con su ayuda.
Con frustración, abandonó el lugar. Nicolás lo observó marcharse en silencio.
Ese año se celebraría una competencia de música a la que asistirían numerosos nobles. El año anterior, ambas ciudades habían sido testigos de crímenes que aún estremecían a la población. La capital, donde el arte y la música fluían con armonía, tenía menor tasa de delitos; sin embargo, al ser el centro del reino, concentraba toda la vigilancia real.
Más tarde, Nicolás se dirigió a la morgue.
—Señor Nicolás, ¿a qué debemos su presencia? —preguntó uno de los doctores mientras se limpiaba las manos.
—¿Ha habido alguna pista?
—Hemos revisado todos los cuerpos encontrados, pero no hay rastro alguno.
Nicolás apretó la mandíbula.
—Avísenme cuando haya al menos una pista, aunque no sea certera.
Se marchó con paso lento pero firme. Al llegar a su casa, encontró un objeto perteneciente a su hijo: una libreta de ensayos, pues su hijo era violinista. A pesar de la rabia y el dolor, la sostuvo con infinita delicadeza, como si al tocarla aún pudiera sentirlo vivo.
La cubierta estaba ligeramente desgastada en las esquinas, marcada por el uso constante. Nicolás pasó el pulgar sobre el borde, recordando cuántas veces lo había visto inclinado sobre esas páginas, concentrado, corrigiendo notas, escribiendo melodías que apenas comenzaban a tomar forma.