Un monstruo perfecto

Las primeras piezas

Al amanecer, encontraron cuatro cuerpos a pocos metros del camino que conducía al puerto. Varios inquilinos de la zona se habían quejado del mal olor que provenía de aquel lugar. A pesar del avanzado estado de descomposición, los cadáveres no estaban ocultos ni mutilados de forma evidente; a primera vista, parecía que cada uno tenía una sola herida.

A pesar de que el hedor era terrible y de que de los cuerpos ya surgían insectos a causa de la putrefacción, uno de ellos destacaba: estaba tendido en el suelo, con la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado. A simple vista se apreciaba un corte profundo en el cuello, con la hoja hundida hasta la empuñadura en una ejecución de precisión casi quirúrgica. No había señales de lucha ni sangre esparcida más allá de lo inevitable.

—La lesión está ubicada en el lado del cuello y alcanzó una de las arterias carótidas —explicó, observando la herida de cerca—. Estas arterias transportan sangre directamente al cerebro. Cuando se dañan de esta forma, la sangre sale con mucha presión debido a los latidos del corazón.

Hizo una breve pausa antes de continuar:

—En estos casos, la pérdida de sangre ocurre muy rápido. La víctima probablemente comenzó a sentirse débil en cuestión de segundos. Al disminuir el flujo sanguíneo al cerebro, el cuerpo pierde la fuerza y la conciencia desaparece rápidamente... lo que explica por qué no tuvo tiempo de luchar ni de intentar defenderse.

Pero había algo más.

Al revisar los cuerpos con mayor detenimiento, los médicos descubrieron que faltaban pequeños fragmentos de piel. No eran desgarros irregulares ni mordidas de animales: eran cortes definidos, casi exactos, extraídos en porciones en forma de cuadrados perfectos.

No muchos. Uno o dos en cada cuerpo. Lo suficiente para no notarse a simple vista, pero imposible de ignorar una vez descubierto.

La sala quedó en silencio cuando el informe fue leído por completo. La pregunta no se pronunció en voz alta, pero quedó suspendida en el aire como una sentencia:

¿Cuántas piezas faltaban?

El consejero más anciano se aclaró la garganta, aunque su voz salió más débil de lo habitual:

—¿Coinciden las zonas de extracción?

El médico negó lentamente.

—No exactamente. Pero hay un patrón en la forma. Los cortes son uniformes, la profundidad es idéntica y la herramienta... la misma.

Antonio apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Entonces no es improvisación.

—No —respondió Nicolás con calma contenida.

Algunos lo miraron sin comprender.

—Si antes tomaba órganos y ahora fragmentos específicos de piel... todo esto tiene un orden. Además de ello, el lugar en el que fueron encontrados los cuerpos no coincide con una zona de asesinato. Hay varias cosas que no concuerdan.

Afuera, el murmullo del pueblo comenzaba a elevarse. Ya no eran solo rumores; eran teorías que se transformaban en acusaciones. Algunos señalaban al puerto y a los comerciantes extranjeros. Otros hablaban del bosque, de rituales antiguos, de castigos divinos.

—Debemos imponer un toque de queda —propuso uno de los nobles—. Nicolás, piensa en los jóvenes que aún quedan; a ti el pueblo te escucha.

—Eso solo aumentará la tensión —replicó otro—. La clase baja pensará que intentamos encerrarlos. Además, son más numerosos que nosotros. Perderían gran parte de sus recursos y caerían en la miseria.

Antonio giró el rostro hacia Nicolás.

—¿Y qué propones tú? Como representante de la clase baja, tú decides por ellos.

Nicolás sostuvo su mirada.

Pensó en su hijo. En la libreta. En los compases incompletos. En la precisión de los cortes descritos minutos antes.

—Propongo que dejemos de reaccionar, que dejemos de buscar al asesino —dijo al fin— y empecemos a anticiparnos.

—¿Anticiparnos a qué?

Nicolás respiró hondo.

—A lo que está tratando de crear. No sabemos quién es ni su propósito, pero no sería factible encerrar a todos; la ciudad caería en la miseria.

El silencio volvió a imponerse.

—Estás loco —dijo uno de los hombres—. Eso sería dejar que más personas mueran.

Antonio habló entonces, tomando la palabra con autoridad:

—Los guardias que queden en turnos nocturnos harán vigilancia en la entrada de la ciudad. Y quienes estén dispuestos a patrullar por la noche... que lo hagan, si quieren ver a sus hijos vivos. Nadie vagará por el bosque ni cruzará la entrada de la ciudad; de lo contrario, encarcelaremos a quien lo haga y quedará como sospechoso. Todos deberán informar cualquier actividad sospechosa.

Nadie respondió de inmediato.

Pero, uno por uno, comenzaron a asentir.

Finalmente, todos quedaron de acuerdo con lo que dijo Antonio y ordenaron que el mensaje se transmitiera al pueblo.

Nicolás permanecía inquieto en su estudio, incapaz de conciliar el sueño. No podía ignorar la sensación que lo oprimía desde que escuchó el informe. Sabía que el pueblo era su prioridad, pero, a pesar de ello, sentía pánico. Miedo de saber quién era el asesino. Temía que su propio hijo estuviera involucrado, pues su comportamiento había cambiado drásticamente tiempo atrás... o que ya estuviera muerto.

Con temor en el corazón, tomó la libreta de ensayos de su hijo y la abrió una vez más. Sus dedos recorrieron las páginas hasta detenerse en uno de los márgenes, donde había dibujos hechos con distracción entre las notas musicales. Pequeñas formas geométricas trazadas junto a las notas de aquella nueva composición para el concurso... Pero lo que vio lo dejó perplejo.

Cuadrados alineados.

El corazón de Nicolás dio un vuelco. La coincidencia de aquellas figuras, que desde que supo de los crímenes había llegado a odiar, lo perturbaba profundamente. ¿Cómo podía alguien tener tanta crueldad?

La idea de haberlo perdido, de que no volvería a sonreír como antes, lo asfixiaba. Por un instante, imaginó su cuerpo sin vida, cubierto de cicatrices y marcas... aunque intentó convencerse de que solo era una pesadilla alimentada por el miedo.



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En el texto hay: boyslove, triller, un asesino

Editado: 24.09.2026

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