Al llegar a la ciudad, Ren vio a los guardias vigilando la entrada. No podía pasar por allí; sabía que lo cuestionarían. Por eso se dirigió a una pequeña casa abandonada que conectaba la ciudad con las afueras.
Entró por la puerta trasera, la cual daba directamente al exterior de la ciudad. Dejó al caballo atado junto a un árbol cerca de la casa. Ren conocía cada rincón de la ciudad.
Al llegar al interior, miró a su alrededor, asegurándose de que no hubiera nadie. Luego empezó a caminar en dirección al mercado. Había una gran cantidad de mercaderes... pero también personas armadas.
—¿Realmente esta es su forma de protegerse? —murmuró para sí mismo.
Ren, encapuchado, compró ropa para Noah,atruendos de colores celeste,azules y blancos. Mientras guardaba las telas, a lo lejos pudo ver a un grupo de guardias pasar por la calle principal.
Las armaduras brillaban bajo la luz del sol mientras caminaban con paso firme, observando a todos con atención.
De pronto escuchó cómo la gente comenzaba a murmurar entre los puestos del mercado, hablando de las nuevas medidas que habían tomado los altos mandos.
—Dicen que ahora habrá guardias toda la noche en las puertas de la ciudad —susurró una mujer mientras acomodaba frutas en su puesto.
—¿Y eso de qué servirá? —respondió un hombre con voz baja—. Ese asesino entra y sale como si nada.
—Escuché que encontraron más cuerpos cerca del puerto...
—Cuatro —interrumpió otro—. Cuatro en una sola noche.
El murmullo creció entre los mercaderes. Algunos miraban nerviosos hacia las calles; otros hablaban de patrullas, de toques de queda y de no dejar salir a nadie después del anochecer.
Ren, con la mirada sombría, ignoró los murmullos del mercado y siguió caminando entre los puestos. De pronto, algo llamó su atención en uno de ellos: una pequeña caja musical de oro. Brillaba suavemente bajo la luz del sol y tenía finos grabados en toda su superficie. La tapa estaba adornada con delicadas rosas azules, entre las que brillaban pequeños zafiros tallados también en forma de rosas.
Ren se detuvo un momento a observarla. Entonces recordó a Noah. El azul de aquellas rosas era muy parecido al color de sus ojos. Por un instante imaginó cómo se vería Noah sosteniéndola, con esa expresión curiosa que siempre tenía cuando descubría algo nuevo.
Sin pensarlo demasiado, la compró. Guardó la pequeña caja con cuidado entre sus cosas y se alejó del mercado, dirigiéndose nuevamente hacia la casa abandonada por la que había entrado antes a la ciudad.
Noah, después de comer, se había quedado dormido por el aburrimiento y el cansancio. Cuando abrió los ojos, habían pasado horas desde que Ren su fue a la ciudad. Se levantó lentamente de la cama y caminó hacia el cuarto de baño.
Al entrar, pudo ver la ropa de la que Ren había hablado antes. Sonrió levemente.
Antes de cambiarse, pasó frente al espejo del dormitorio. Al mirarse, notó la bata que llevaba puesta... y se dio cuenta de que su cuerpo no tenía nada más que esa tela cubriéndolo.
De repente recordó aquel beso... y la forma en que Ren lo había sostenido en sus brazos.
Entonces comprendió que, en ese momento, su cuerpo había estado completamente expuesto frente a él.
El recuerdo hizo que sus mejillas se sonrojaran.
Pero decidió ignorarlo. Después de todo, ya había pasado aquel momento tan bochornoso, y no había nada que pudiera hacer ahora.
Para distraerse, Noah fue al baño y comenzó a llenar la bañera. El sonido del agua cayendo llenó el pequeño cuarto. Luego regresó al dormitorio para tomar el champú y la crema que estaban sobre una pequeña mesa.
Volvió al baño ,cerró la llave y con algo de timidez, se quitó la bata.
Justo cuando estaba a punto de entrar en la bañera, su mirada se detuvo en su propio cuerpo. Había algo extraño.
Noah frunció el ceño y se acercó un poco más, intentando entender qué era lo que veía. Entonces lo notó con claridad: su piel estaba llena de marcas de costuras. No pensaba que estarían en tantos lugares.
Confundido y alarmado, corrió hacia el espejo del dormitorio. Allí pudo verlo todo con claridad: cada marca, cada costura, pequeños fragmentos de piel cosidos en distintas partes de su cuerpo.
De pronto sintió que algo no estaba bien.
Su respiración comenzó a volverse irregular, corta, como si el aire ya no quisiera entrar a sus pulmones. Intentó inhalar con más fuerza, pero solo consiguió que su pecho se tensara aún más.
El corazón empezó a latir con violencia, tan rápido que podía sentir cada golpe resonando en su pecho y en sus oídos.
Sus manos temblaban.
Una sensación de frío le recorrió el cuerpo, mientras un nudo pesado se formaba en su garganta. Todo a su alrededor parecía demasiado grande, demasiado cercano, como si las paredes se cerraran lentamente sobre él.
Intentó calmarse, pero su mente no dejaba de llenarse de pensamientos confusos. El miedo crecía sin una razón clara, apretándole el pecho como si algo invisible lo estuviera sujetando.
De pronto, un grito desgarrador rompió el silencio.
—¡Maldito monstruo... lárgate! ¡Morirás solo!
Las palabras resonaron en su mente como un eco imposible de ignorar.
Entonces, los recuerdos aparecieron. Cada uno más pesado que el anterior, una mujer ,aquella a quien llamaba madre ,aquella quien lo pario; aquella quien compartía su sangre.
Estaba frente a él, pero no era la misma de antes. Su rostro lucía agotado, marcado por grandes ojeras. Sus ojos estaban rojos e hinchados de tanto llorar, y su cabello oscuro caía en ondas desordenadas sobre su cara.
Noah dio un pequeño paso hacia ella.
—Mamá... —dijo, con una voz cargada de preocupación, casi como si pidiera perdón.
Pero ella retrocedió de inmediato, como si él fuera algo peligroso.
—¡No te acerques! —su voz se quebró—. No me toques...
—Yo... solo...
La taza de café salió disparada antes de que pudiera terminar, él líquido caliente golpeó su piel y la taza cayó al suelo, rompiéndose en pedazos. Su madre lo miraba con miedo, cómo si no estuviera viendo a su hijo...