Un monstruo perfecto

Acuerdo

Los rumores no tardaron en propagarse; viajaban tan rápido que era prácticamente imposible que no alcanzaran cada rincón de la ciudad, incluso para quienes preferían cegarse voluntariamente para no ver la magnitud del problema.

Mientras gran parte de la población especulaba, Nicolás observaba las calles desde un rincón en penumbra. Escuchaba el eco de lo que el pueblo decía: palabras que pasaban a través de él como una resonancia distorsionada y que su corazón se negaba a aceptar. Pretendía ignorar aquello que, en el fondo, ya sospechaba.

—Lo vieron salir...

—Dicen que no estaba solo...

Nicolás mantuvo la mirada baja, rehusando la idea de que su único hijo y primogénito estuviera involucrado.

—Dicen que alguien lo llamó... aquel joven de la familia Kuens, de ojos claros y cabello castaño.

Nadie sabía cuál versión era la real, pues los hechos se deformaban en una cadena incesante de murmullos; sin embargo, todas las versiones coincidían en un punto: el hijo de Nicolás ya no estaba en el pueblo.

En la plaza, los cuchicheos crecían alrededor de un pequeño grupo. Un hombre hablaba en voz baja, mirando a ambos lados antes de continuar:

—Mi hermano lo vio... cerca del camino al puerto.

—¿El puerto? —preguntó alguien—. ¿A qué hora?

—Cerca de las once. Además, iba custodiado por siete hombres; no parecía que lo estuvieran cuidando, sino que lo obligaban a abordar aquel barco.

El comentario provocó un breve silencio en la multitud, hasta que alguien añadió en un susurro:

—Entonces no salió por su cuenta... lo hicieron salir.

—¿Cómo llegaste a esa conclusión?

—Bueno, todos saben que a esa hora hay tráfico ilegal en los muelles. ¿Cómo podría un joven ir hasta allá por su propia voluntad? Además, si Nicolás lo hubiera enviado, no lo estaría buscando por todo el pueblo.

Nicolás permaneció inmóvil.

No lo envié, pensó con rapidez, intentando defenderse a sí mismo, aunque en el fondo sabía que ese argumento no bastaba. Tampoco sabía por qué su hijo había desaparecido de su lado, dejándole la angustia de no saber si estaba vivo o muerto.

Su pecho se apretó ante los murmullos que continuaban a su alrededor:

—¿Y si no lo obligaron? ¿Y si se fue por voluntad propia? ¿Y el asesino...?

La última pregunta dejó caer un espeso silencio. Nicolás, perplejo y sobrecogido por la duda, se cubrió el rostro con las manos.

No quiero pensar en eso. ¿Y si tiene algo que ver?

—¡Ey! Dejen de hablar y vuelvan al trabajo —ordenó un guardia, dispersando al grupo. La multitud se alejó, pero las interrogantes permanecieron instaladas en el pecho de Nicolás.

Esa misma tarde, el comité de líderes se reunió para abordar la crisis. La sala de sesiones estaba impregnada de una densa presión e incertidumbre.

—Sean bienvenidos —dijo Antonio, intentando proyectar serenidad—. Nicolás, presenta los informes.

Nicolás no respondió de inmediato; estaba presente en cuerpo, pero su mente vagaba lejos de allí.

—Nicolás —repitió Antonio con mayor firmeza.

Nicolás parpadeó, miró a su alrededor y reaccionó:

—Sí.

Se levantó despacio, dudando un instante; lo suficiente para que los demás lo notaran. Tras un breve suspiro, Antonio tomó la palabra para retomar el control.

—Los rumores están fuera de control. Y cuando los rumores crecen, el orden se rompe. No debemos permitir que el caos siga extendiéndose.

Desde el fondo de la mesa, alguien soltó una risa seca.

—Hace mucho que el orden se rompió.

Antonio sostuvo la compostura y volvió a revisar los documentos sobre la mesa.

—Cuatro cuerpos en una sola noche —continuó otro integrante—. Ahora no solo hablan de muertes, sino también de desapariciones.

—Así es. Contando a quienes no han aparecido, sumamos un total de ocho cuerpos y doce desaparecidos.

El silencio volvió a adueñarse del lugar. Antonio fijó la mirada en Nicolás.

—Has escuchado lo mismo que nosotros.

Nicolás tardó en responder.

—La gente dice muchas cosas...

—No evadas la pregunta. ¿Qué dicen exactamente?

Nicolás tomó aire.

—Dicen que hay algún tipo de plan.

La afirmación quedó suspendida en el aire hasta que uno de los nobles se puso de pie bruscamente.

—Eso es absurdo.

Nicolás alzó la vista.

—¿Seguro? También dicen que algunas de las víctimas no parecían asustadas.

—Los rumores no son pruebas —intervino Blackwood.

—No —admitió Nicolás—, pero la gente les otorga poder a las palabras.

Nadie rebatió su afirmación, limitándose a escuchar.

—La población está conectando varios factores que encajan según su lógica —continuó Nicolás.

—Y quieren respuestas —añadió Antonio.

—No —corrigió Nicolás—. Quieren culpables cuanto antes. Si no actuamos rápido, el pueblo se alzará por su cuenta. Y si eso ocurre, la intervención del monarca empeorará todo.

Guardó silencio unos segundos. En su mente aparecieron la libreta, los dibujos, los trazos geométricos y, sobre todo, el rostro de su hijo.

—Hay que dejar de reaccionar ante lo que ya pasó. Lo hecho, hecho está; debemos extraer las pistas por la fuerza.

—Eso no tiene sentido.

—Tiene demasiado sentido. Estos no son crímenes aislados. Todos y cada uno de ellos siguen un patrón y, por lo tanto, también deben tener un margen de error. Es algo que se está construyendo lentamente; algo cuyos rastros no han terminado de limpiar.

El silencio en la sala fue absoluto.

—¿Construyendo qué? —preguntó Antonio.

—No lo sé.

—Lo suponía —replicó Antonio con ironía.

Un hombre desde el fondo intervino:

—¿Y si registramos cada hogar? Así nos aseguraremos de que ninguna evidencia haya escapado a nuestra vista.

Antonio apoyó ambas manos sobre la mesa.

—No es una medida menor.

—Precisamente por eso debemos considerarla —respondió otro—. Si existe algo oculto entre las familias, lo encontraremos antes de que los rumores se conviertan en una revuelta.



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En el texto hay: boyslove, triller, un asesino

Editado: 14.10.2026

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