A la mañana siguiente, Noah despertó primero y durante unos segundos se quedó mirando a Ren dormir a su lado. Había algo tranquilo en verlo así, lejos de todo lo que representaba afuera. Noah sonrió apenas y se levantó con cuidado para no despertarlo.
Bajó a tomar un vaso de agua para luego caminar hacia la entrada, aún con el sueño encima. La casa estaba en silencio y, al llegar a la mesa, vio un periódico doblado que Ren había dejado allí. Lo tomó sin pensar demasiado, pero al leer el titular se quedó inmóvil.
Cuatro cuerpos más.
Volvió a leerlo, creyendo haber entendido mal, pero la noticia seguía allí.
Cuatro.
Sus manos apretaron el papel y toda la calma de hacía un momento desapareció. Ren le había prometido que no volvería a hacerlo, se lo había prometido, y había roto su palabra.
Noah dejó el vaso sobre la mesa con fuerza. La rabia empezó a crecerle en el pecho, mezclada con una decepción amarga.
—Me mentiste... -murmuró.
Recordó entonces lo que le había dicho: que de volver a hacerlo, se marcharía.
Y Noah no decía cosas que no pensara cumplir. Noah no dijo nada de inmediato. Se quedó junto a la mesa, con el periódico aún en las manos, esperando. La rabia seguía ardiendo, pero ahora era más fría, más peligrosa.
Escuchó pasos en las escaleras.
Ren bajó unos minutos después, todavía ajeno a todo, y al ver a Noah allí sonrió apenas.
—¿Qué haces despierto tan temprano? —preguntó con ingenuidad, sin notar aún la tensión en el ambiente.
Noah levantó despacio el periódico y lo dejó sobre la mesa entre ambos.
—¿Qué es esto, Ren?
Ren miró el papel, luego a Noah.
Su expresión cambió apenas.
Noah dio un paso hacia él.
—Me prometiste que no volverías a hacerlo.
Su voz sonaba débil, como si estuviera a punto de romperse, pero al mismo tiempo llevaba una furia contenida.
—Me miraste a los ojos y me lo prometiste.
Ren no respondió enseguida.
Y ese silencio solo empeoró todo.
—¿Creíste que no lo descubriría? —dijo Noah, encarándolo por fin— ¿Creíste que podías mentirme y yo me quedaría aquí sin decir nada? —Noah... yo...
—No digas más. Me largo de aquí.
Noah dio un paso para irse, pero Ren lo detuvo.
—No, espera... por favor, escúchame.
—No quiero.
La voz de Noah tembló más por dolor que por rabia.
Ren lo miró con una expresión inesperadamente suave, casi suplicante.
—Cariño... por favor.
Aquello lo hizo detenerse.
Noah odiaba que lo mirara así.
Porque siempre lo desarmaba.
Guardó silencio unos segundos, respirando con dificultad, intentando sostenerse en su enojo.
Pero muy a su pesar, cedió.
—Habla —dijo al fin, sin mirarlo del todo.
Aceptó escucharlo, aunque en el fondo sabía que eso no cambiaría su decisión.
—Yo realmente no lo hice... no he vuelto a hacerlo.
Ren dio un paso más cerca, sin apartar la mirada.
—Todo por ti... porque tú me lo pediste.
Noah no respondió, pero seguía escuchando.
—Te lo prometí y no rompí esa promesa.
Su voz bajó, más íntima.
—Por ti haría cualquier cosa.
Vaciló apenas, luego dijo:
—Si me pidieras saltar del mismo puente... lo haría.
Ren sostuvo su mirada.
—Así que créeme. Esta vez te estoy diciendo la verdad.
—Quiero creerte... pero no sé cómo.
La frase quedó suspendida entre ambos.
Ren no respondió enseguida.
Por primera vez parecía no encontrar las palabras.
Bajó la mirada un instante, luego volvió a verlo.
—Porque jamás te mentiría sobre esto.
Ren sostuvo su mirada unos segundos más, como si estuviera decidiendo cuánto decir.
Luego habló, más bajo.
—Noah... escúchame bien.
Sus manos buscaron las de él, aunque dudó antes de tomarlas.
—Yo no he matado gente inocente.
Noah quedó inmóvil.
Ren tragó saliva.
—Las personas que murieron... no eran inocentes.
Su voz tembló apenas.
—Ladrones, prófugos y asesinos.
Noah lo miraba sin decir nada.
—Y yo...
Ren bajó la mirada un instante.
—Yo he sido amenazado para hacerlo.
Noah apenas logró susurrar:
—¿Amenazado... por quién?
—Eso es algo que aún no puedo decir, o mi propia vida correría riesgo.
—Lamento preocuparte tanto, pero es algo que aún no debe salir a la luz, pero sé que cuando llegue el momento te lo contaré.
Ren... —El llamado de Noah quedó suspendido en el aire mientras que un silencio lo aguardó. —Te creeré, eres todo lo que tengo, por ello no sé qué hacer. Jamás me ha gustado depender o esperar el regreso de alguien, simplemente no soy así, siempre he sido un alma libre que disfruta de la soledad. Pero tú lograste lo que nadie ha podido y eso me asusta.
—Te creo; por esta vez lo haré.
—Gracias. —Ren, con alegría, miró a Noah; de pronto dejó sus manos y luego abrazó con amor a Noah.
Su abrazo surgió como un brote de alergia bajo la luz clara que surgía desde la ventana mientras ambos se miraban y disfrutaban de su gran amor.
—¿Qué deseas comer? —mencionó Ren al escuchar el sonido de su estómago hambriento.
—Pues no sé... sorpréndeme.
Ren sonrió para luego acercarse y plantar sus labios en las mejillas de Noah.
—¿Qué haces? —dijo con una cara incrédula mientras sus mejillas y orejas se tornaban de un rojo intenso.
Ren solo rio y se dirigió a la cocina.
Los guardias llegaron a la primera casa; Nicolás Kuens fue el primero, tal como lo había dicho Antonio. Los guardias llamaron a la puerta; al instante abrió la ama de llaves de la familia, mostrando una reverencia ante los hombres.
Al entrar, Antonio movió la mano dándoles una señal para empezar a buscar; cada guardia buscó en cada rincón del piso de abajo y, mientras lo hacía, Nicolás los observaba desde arriba.
Los guardias empezaron a subir rebuscaron cada habitación, pero al llegar a la habitación de Rafael Kuens, Nicolás corrió a supervisar las pertenencias de su hijo.