—Noah, ven. Tienes que esconderte.
Noah lo miró confundido.
—¿Por qué?
Ren dudó un segundo ante de responder, mientras afuera los golpes contra la puerta volvían a resonar por toda la casa.
—Sabes lo que opina la gente sobre las relaciones entre personas del mismo género —murmuró al final—. No es buena idea que te vean aquí. Sabes que lo que hice es mejor que solo yo responda por ello.
Noah bajó un poco la mirada.
—Además... no quiero que empiecen a cuestionarte a ti también. Aún debes descansar; todavía no te recuperas completamente —añadió Ren, suavizando el tono mientras extendía su mano con la firme intención de que Noah la tomara, mirándolo con una leve súplica—. Así que ven, por favor.
Noah dudó apenas un instante antes de asentir.
—De acuerdo.
Ren lo guio rápidamente por la biblioteca hasta uno de los estantes del fondo. Empujó varios libros y, tras un pequeño mecanismo, el mueble se desplazó lentamente, dejando al descubierto una puerta oculta.
Noah abrió levemente los ojos, sorprendido.
—¿Desde cuándo existe esto?
—Desde hace mucho —respondió Ren con premura.
El cuarto tras la pared era pequeño y silencioso, oculto detrás de la biblioteca. Apenas entraba un hilo de luz y el aire olía a madera vieja y a papel guardado durante años.
Ren se giró hacia él.
—Por favor, quédate aquí. Regresaré enseguida.
Noah le sostuvo el brazo antes de que se alejara.
—Ren... ten cuidado.
La expresión de Ren se suavizó por un instante. Levantó la mano y acarició con delicadeza la mejilla de Noah.
—Lo haré.
Cerró la puerta oculta tras de sí y avanzó hacia la entrada mientras el retumbo de los golpes volvía a escucharse desde la puerta principal.
Ren respiró hondo al recorrer el pasillo.
¿Por qué están aquí?, pensó, frunciendo el ceño. No se suponía que vendrían.
Descendió las escaleras con calma, aunque por dentro sentía el pecho cada vez más tenso. Los golpes continuaron resonando hasta que finalmente abrió la puerta.
Varios guardias aguardaban afuera junto a Antonio; algunos permanecían alrededor de la residencia, observando cada rincón cubierto de rosas. Ren mantuvo la compostura y realizó una leve inclinación de cabeza.
—¿Ren Braidon?
—Sí, el mismo —respondió con serenidad—. ¿En qué puedo ayudarles, oficiales?
Uno de los guardias dio un paso al frente.
—Tenemos una orden para requisar las casas de toda la ciudad.
Ren guardó silencio un segundo ante de hacerse a un lado.
—De acuerdo. Revisen todo lo que gusten.
Los hombres ingresaron de inmediato. Sus pasos se dispersaron por la casa mientras abrían puertas y registraban cada habitación. Antonio permaneció inmóvil frente a Ren durante unos segundos, observándolo con atención.
—Ren... ¿puedo hacerte unas preguntas?
Ren sostuvo la mirada sin pestañear.
—Claro. Toma asiento.
Antonio avanzó despacio hacia la sala. Sus ojos recorrieron el lugar con cuidado: demasiado ordenado, demasiado tranquilo.
—Un lugar muy desolado, ¿no crees?
—Disfruto mucho de los lugares tranquilos; no me gustan los conflictos.
—¿Mi familia te dio mi dirección?
—Sí, fui yo quien solicitó que me facilitaran ese dato.
—Pero... ¿rosas? ¿Te gustan los jardines?
—Por supuesto. Las rosas son hermosas y en los jardines se puede contemplar un gran número de flores sin la necesidad de salir.
—Claro. Hablando de salir... ¿has salido durante las últimas noches?
Ren no respondió de inmediato.
—A veces.
—¿Solo?
—Depende del día.
Antonio entrecerró ligeramente la mirada.
—La gente ha mencionado tu nombre varias veces.
Ren soltó una pequeña risa seca mientras apoyaba la cabeza sobre su mano.
—La gente menciona muchas cosas últimamente.
Antonio no le devolvió la sonrisa.
—Cuatro cuerpos más aparecieron esta semana.
El ambiente se tensó al instante.
—Ya escuché los rumores —respondió Ren con calma.
Antonio dio unos pasos más por la estancia.
—También escuché que trabajas para el Estado.
—Así es.
—Y que antes eras pianista.
Esta vez Ren pareció desconcertado, aunque solo por un instante.
—¿Eso también forma parte de la investigación?
Antonio lo observó fijamente.
—Todo puede formar parte de la investigación.
Ren dejó escapar un suspiro.
—Bueno, está en lo correcto. Hace mucho fui un pianista de categoría infantil, pero sufrí un accidente cuando tenía tan solo diez años y por ello lo dejé.
De pronto, un guardia interrumpió la conversación al acercarse.
—Señor, no hemos encontrado nada. ¿Cómo quiere que prosigamos?
—Por favor, salgan todos. Necesito hablar a solas con Ren.
—Qué rápidos son —comentó Ren con ironía.
—Son eficientes. Bueno, al no haber encontrado nada, iré al grano. Ren, me informaron que conoces a Noah Sorony, ya que fuiste tú quien retiró su cuerpo de la morgue.
—Sí, así fue —respondió Ren mirando a Antonio con reserva mientras servía un poco de té.
—¿Qué relación tenían? —preguntó Antonio.
—Pues era un muy buen amigo. No sabía mucho de él, pero sí que solía beber y conversar... Lamentablemente, ya no hay motivos para volver a la ciudad.
—¿Y por qué fuiste tú quien retiró su cuerpo?
—Pues mi más grande amigo murió; debía darle un entierro digno. No tiene a nadie que lo recuerde... nadie más que a mí.
—Sabes, Ren... —Antonio hizo una breve pausa—. Me temo que la muerte de Noah no fue un accidente.
Ante tal confesión, la tapa de la tetera se le resbaló de los dedos y cayó, rompiendo abruptamente la tranquilidad que emanaba anteriormente.
—¿A qué te refieres? —exclamó Ren con molestia.
—Tienes que ver esto.
Antonio extrajo aquel cuaderno que contenía datos privados de Ren y de Noah. Conforme Ren pasaba las páginas, podía ver fechas y detalles tan exactos que ni él mismo recordaba.