La tenue luz de las velas apenas iluminaba el interior de la iglesia.
El lugar permanecía vacío y silencioso, salvo por el débil sonido de la lluvia golpeando los vitrales. El aroma a incienso todavía flotaba en el aire mientras Nicolás permanecía arrodillado frente al altar.
Sus manos temblaban.
Había repetido la misma oración tantas veces que comenzaba a olvidar las palabras.
—Por favor... —murmuró con la voz quebrada—. Por favor, no permitas que mi hijo esté involucrado en algo así.
Bajó la cabeza lentamente. El cansancio se reflejaba en su rostro; profundas ojeras oscurecían sus ojos y sus hombros cargaban un peso enorme. Frente a él, las velas continuaban consumiéndose lentamente.
—Caleb no es una mala persona... —susurró apenas—. Él no podría hacer algo así.
Sus dedos se aferraron con más fuerza a un collar de esmeraldas.
—Tú sabes cómo lo crié... —murmuró con dificultad—. Sabes que no le enseñé odio... no le enseñé violencia... Lo crié para buscar lo mejor para sí mismo.
Horas más tarde, Antonio pasó la noche revisando cada una de las pistas que habían reunido. Sin embargo, mientras más observaba los informes y testimonios, más notaba que algo no cuadraba. Ahora había más sospechosos, más personas involucradas cuyos relatos divergían entre sí; muchas declaraciones tenían versiones contradictorias, como un iceberg del que apenas podían vislumbrar la superficie.
Nicolás había permanecido al margen desde el día en que entregó aquel diario de estudio, pero aun así su nombre seguía apareciendo entre las líneas de la investigación.
Ahora tenían más información, pero también cada vez más preguntas. Noah, Ren, Caleb, Nicolás... e incluso la familia Braidon comenzaba a inquietarle. La investigación nunca había sido sencilla, eso lo sabía, pero lo que más le preocupaba era arrastrar a más personas inocentes cuando alguien, claramente, estaba manipulando la información desde dentro.
Antonio se frotó el rostro con cansancio antes de murmurar:
—Realmente no sé qué hacer...
—¡Antonio!
La puerta se abrió con brusquedad y uno de los guardias entró apresurado.
—Llegó nueva información.
Antonio levantó la vista de inmediato.
—¿Qué ocurre?
El hombre dejó un sobre sobre el escritorio.
—Alguien lo dejó en el correo general de nuestras oficinas. Creo que deberías leerlo.
—¿Quién fue?
—No lo sabemos. Nadie alcanzó a verlo, pero indica que solo tú debes leerlo.
Antonio observó el sobre durante unos segundos antes de responder en voz baja:
—Gracias. Puedes retirarte.
El guardia asintió y abandonó la oficina, dejando la puerta cerrada tras de sí.
Durante unos instantes, Antonio permaneció inmóvil observando el sobre. El sello no tenía remitente y el papel parecía demasiado limpio para haber pasado por varias manos.
Finalmente, lo abrió.
Sus ojos recorrerieron la primera página y el ceño se le frunció de inmediato.
Información confidencial. Casos de asesinatos y plan de trabajo.
—¿Qué...? —murmuró confundido.
Mientras más avanzaba entre los documentos, más desconcertado quedaba. Había fotografías de víctimas, reportes alterados, archivos médicos incompletos y registros de personas desaparecidas cuyos nombres jamás figuraron oficialmente en los informes del pueblo ni fueron reportadas ante la ley.
Las páginas estaban repletas de anotaciones apresuradas y símbolos marcados con tinta roja. Entonces encontró un encabezado que hizo que el aire se le quedara atrapado en el pecho:
Organización Vespera de Investigación y Experimentación Biológica.
Antonio pasó la página rápidamente. Debajo aparecían nombres de sustancias desconocidas, códigos de pruebas y observaciones escritas a mano:
Sustancia E-14.
Compuesto Nyx.
Reacción involuntaria del cuerpo inerte.
Fase de reanimación incompleta.
Pérdida progresiva de conciencia.
Alteraciones agresivas del comportamiento.
Antonio siguió leyendo aquel informe con las manos completamente tensas. Más abajo figuraba una lista de criminales prófugos, aunque varios nombres tenían una marca oscura atravesándolos: varios de los nombres que coincidían con los delincuentes desaparecidos en la zona.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
—¿Qué es esto...?
No podía creer la cantidad de atrocidades que existían y que jamás habían llegado a conocimiento público. Cada página parecía revelarme algo peor que la anterior.
La ciudad, de la que durante años me había sentido tan orgulloso por ostentar la tasa de asesinatos más baja en comparación con la capital, comenzó a derrumbarse frente a mis ojos. Siempre creí que este lugar era distinto: unido, tranquilo, un modelo para los pueblos cercanos. Pero todo era una ilusión.
Antonio levantó lentamente la mirada hacia la ventana de la oficina mientras la lluvia seguía cayendo sin tregua afuera.
¿Cuántas personas sabían realmente lo que ocurría?
¿Y cuántas habían desaparecido solo por descubrir la verdad?