Un mundo entre nosotros.

1

La fría mañana londinense vaticinaba otro día laboral común, el consejero Carlos Jerónimo Mendoza revisaba con detenimiento carpetas sin marcar en su portada, nunca había ahondado en los archivos de la embajada colombiana en Londres, llevaba solo un año ejerciendo su cargo, sin embargo una corazonada le decía que podría haber algo incorrecto, aquellos documentos pertenecían a los últimos años de funciones desempeñadas por el ministro de consejo, pasaba hoja tras hoja saliendo a la luz información inédita, y visiblemente alterado solicito a su secretario informes recientes por el teléfono fijo de su oficina.

—secretario, pido el favor envíeme con urgencia los últimos reportes anuales a mi despacho.

—Si, señor con gusto —dijo una voz seria por la bocina del teléfono.

—Gracias —cuelga y medita lo acontecido.

Era evidente que se había llevado a cabo acciones corruptivas, que podrían dañar su imagen como representantes diplomáticos a lo cual evaluó si ponerlo en conocimiento a el señor embajador del asunto, lo que no sabia el señor Mendoza era que estaba en la mira del propio ministro y este caballero usaría su lado oscuro para sacarlo del camino, consciente que en cualquier momento lo delatarían perdiendo su importante cargo. Ese mismo día advertido por la inesperada ausencia del consejero, el ministro Augusto Berman concibió una solución, lo amenazaría de forma anónima para ello contrato a rufianes de Colombia expertos en extorsiones, no iba a permitir que perdiera todo lo construido con esfuerzo solo por falsificar una minoría de actas sin importancia según su entender.

Carlos Jerónimo había estacionado su auto en el estacionamiento de su lugar de residencia, descendió del mismo justo una llamada entro.

—Hola señor consejero —Una voz de ultratumba a través de su teléfono personal le hablaba.

—¿Quién es usted? ¿Por qué tiene mi número?

—¡Cállate, rata de cuello blanco! —bufo el individuo en ira—, si usted continúa ejerciendo su cargo, morirá su familia.

Oír esto lo puso en alerta, en realidad se trataba de una extorsionista, como era posible, decía una y otra vez.

—¡No metan a mi familia en esto! ¡no joda! Creen que pueden amenazarme e impedirme realizar mi trabajo, se equivocan.

El hombre detrás de la llamada extorsiva soltó un soplo de cansancio, no tenía paciencia.

—Tengo en mi poder toda la información de su esposa y conocidos —dijo finalmente.

Parado en ese aparcamiento de autos sostenía su celular en su mano y con la otra su portafolio.

—¡No pierdan el tiempo, cretino! Ustedes no saben nada de mi —grito harto de la conversación hostigante.

—Su hija, Maite, estudia en Bogotá, ¿quiere saber más consejero?

Unas risas se oyeron, Carlos Jerónimo sudaba en exceso, pensó en su niña era su adoración, sabía que primero estaba el deber con el país, sin embargo, la vida de su primogénita estaba en juego, soltó el maletín y el celular llevándose las manos a la nuca, tenia que tomar una decisión definitiva.

Días después el sol radiante acariciaba la piel de la adolescente de carácter apasionado y personalidad extrovertida, con su cabeza apoyada en los bordes del platón de una camioneta 4x4 cerro sus ojos para disfrutar la brisa sintiendo a la vez como esa luz solar bronceaba sus brazos y piernas, llevaba ropa holgada de verano, feliz de estar en su tierra natal había estado de paseo en la casa quinta de sus abuelos, los visitaba cada que sus estudios se lo permitían, no estaba sola cerca de ella habían dos primas gemelas mayores de edad universitarias, no tenia cuidadora ni nada sus padres nunca lo consideraron, hasta aquel infortunio.

Las chicas hablaban entre sí, risas y carcajadas soltaban mientras recorrían la carretera árida que daba a la ciudad de Cartagena.

—¡Aja y que Maite! ¿todo bien? —pregunto curiosa una de sus primas al verla distante.

Ella abrió sus ojos para darse cuenta que estaban llegando a la ciudad amurallada, ignorando la pregunta de esa prima que pocas veces veía, además le parecía falsa en todo sentido, la camioneta se detuvo aun sin enterarse de nada, las jóvenes dejan de hablar mirándose la una con la otra, era claro que ellas habían escuchado detrás de la puerta del dormitorio de sus abuelos la gran novedad, prefirieron guardar silencio.

Maite se levanta y ve a lo lejos dos autos, uno de ellos la inquieto decía en el costado UNP, seguro tenía relación con cargo de su papa, frenaron a una corta distancia y una señorita bajo del asiento del copiloto, sonriéndole.

—¿Eres Maite Mendoza?

—Si, soy yo —respondió nerviosa bajando de la camioneta—. ¿Quién es usted?

—Tu padre me pidió un enorme favor, así que no te puedo decir nada —contestó tajante dándose la vuelta para que la siguiera.

Pensó por un momento si obedecerle desconfiaba de todo, justo menciono el nombre completo de su madre, subiéndose el asiento trasero en ese entonces no comprendía lo que pasaba a su alrededor, vio directamente a sus primas al pasar el carro y ellas solo se limitaron a permanecer inmutables.

En el apartamento vacacional que poseía una linda vista de la heroica la madre esperaba sentada en el centro de un enorme sofá con las piernas cruzadas, reflejaba su porte fino provenía de un apellido respetable Burgos, era de estatura media, delgada, pero de espíritu hogareño tanto así, que dejo a un lado su profesión al contraer matrimonio. Para esta dama su esposo e hija eran lo más valioso.




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