Un mundo entre nosotros.

1

La fría mañana londinense anunciaba otro día gris y rutinario. Sin embargo, aquella jornada estaba a punto de cambiarlo todo, en su despacho de la embajada colombiana en Londres, el consejero Carlos Jerónimo Mendoza revisaba con detenimiento varias carpetas que habían permanecido durante años archivadas y sin identificar en su portada. Llevaba apenas un año ejerciendo su cargo. Hasta entonces, nunca había sentido la necesidad de profundizar en los antiguos archivos de la embajada. Pero algo en aquellos documentos despertaba una inquietud difícil de ignorar; pasó una página, después otra y otra más.

A medida que avanzaba en la lectura, su expresión se transformaba. Aquellos expedientes correspondían a los últimos años de gestión del ministro consejero y contenían información que jamás había llegado a sus manos. Carlos frunció el ceño, había cifras que no coincidían, documentos que parecían haber sido alterados y actas cuya información resultaba, como mínimo, sospechosa. Se reclinó en su silla y permaneció unos segundos en silencio, Aquello no podía ser una simple equivocación.

Tomó el teléfono fijo de su escritorio y marcó la extensión de su secretario.

—Necesito que me envíe, con carácter urgente, los últimos informes anuales a mi despacho.

—Sí, señor. Con mucho gusto —respondió una voz seria al otro lado de la línea.

—Gracias.

Colgó lentamente.

Carlos volvió la mirada hacia las carpetas abiertas.

Si sus sospechas eran ciertas, alguien había utilizado su cargo para encubrir actos de corrupción que podían comprometer seriamente la reputación de la representación diplomática colombiana en Londres. Debía informar al embajador. Pero antes necesitaba estar completamente seguro, lo que Carlos aún ignoraba era que alguien ya había advertido sus movimientos. En otro despacho de la embajada, el ministro Augusto Berman había comenzado a sospechar que las antiguas irregularidades podían salir a la luz, Había demasiado en juego.

Durante años había construido una posición que no estaba dispuesto a perder por unas cuantas actas falsificadas que, desde su perspectiva, carecían de importancia, pero si Carlos continuaba investigando, todo podía terminar, y Berman no pensaba permitirlo, así que Aquella misma tarde tomó una decisión. No se enfrentaría directamente al consejero. En su lugar, utilizaría a personas que pudieran hacer el trabajo por él, Una llamada bastó para poner en marcha su plan, Carlos acababa de estacionar su automóvil en el lugar de residencia cuando sintió vibrar el teléfono.

Lo sacó del bolsillo mientras cerraba la puerta del vehículo.

—¿Hola? Identifíquese por favor.

Durante unos segundos no recibió respuesta, entonces escuchó una voz grave al otro lado de la línea.

—Buenas tardes, señor consejero.

Carlos se quedó inmóvil.

—¿Quién es usted? ¿Cómo consiguió mi número?

Una carcajada breve precedió a la respuesta.

—Eso no importa.

—¿Qué quiere?

La voz cambió de tono.

—Que deje de investigar.

Carlos apretó la mandíbula.

—No sé de qué está hablando.

—Claro que lo sabe, rata de cuello blanco.

El consejero miró a su alrededor, el estacionamiento estaba prácticamente vacío.

—Escúcheme bien —continuó el desconocido—. Si continúa ejerciendo su cargo, su familia pagará las consecuencias.

Carlos sintió un escalofrío.

—No metan a mi familia en esto.

—Entonces deje de hacer preguntas.

—¿Creen que pueden amenazarme e impedirme hacer mi trabajo? Se equivocan.

Hubo un breve silencio, Después la voz volvió a escucharse.

—Tengo información sobre su esposa, sus familiares y las personas que frecuenta.

Carlos sintió que el estómago se le contraía.

Sostenía el teléfono con una mano y el portafolio con la otra.

—No pierdan el tiempo conmigo.

—¿Está seguro?

La pregunta fue acompañada por una risa seca.

—Su hija, Maite, estudia en Bogotá. ¿Quiere que le cuente algo más, consejero?

Carlos palideció, Maite, Su hija.

Por unos instantes, todo lo demás dejó de importar, el ruido lejano de los automóviles desapareció. El frío dejó de sentirse. Incluso las palabras del desconocido parecieron llegar desde muy lejos, pensó en su niña, En su única hija. En todo lo que había hecho para protegerla. El portafolio resbaló de sus dedos y cayó al suelo, Carlos llevó una mano hasta la nuca. Había dedicado su vida al servicio de su país, pero ahora alguien estaba utilizando aquello que más amaba para obligarlo a guardar silencio, y tendría que tomar una decisión.

Días después, el sol radiante bañaba las calles de Cartagena. Maite viajaba en la parte trasera de una camioneta 4x4 con la cabeza apoyada en uno de los bordes del platón, cerró los ojos y dejó que la brisa cálida acariciara su rostro. Por un momento, se permitió disfrutar de aquella sensación. Estaba feliz de encontrarse nuevamente en su tierra natal.




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