—Que no, Ignacio, que no. Mi meta no es el matrimonio. ¿Quién habla ahora de casarse? Eso era antes, cuando las mujeres nacían y se criaban creyendo que el altar era el destino final de su vida. Pero hoy… —hizo un gesto vago con la mano, como si espantara una mosca— hoy nacemos para algo más sublime que casarnos con un egoísmo exigente, repasar calcetines, hacer la comida y limpiar babas a una media docena de hijos que Dios te mande. Ni pensarlo...
Carolina Silvela hablaba sin alzar la voz, pero con una convicción que no admitía réplica. Tenía los codos apoyados en la barra de la cafetería y el cuerpo ligeramente girado hacia Ignacio, como si discutiera con él y, al mismo tiempo, con el mundo entero.
—Hoy vamos a la universidad, estudiamos una carrera, y la meta es mucho más importante que zurcir calcetines. Yo pienso ser diputada. ¿Qué dices a eso? O abogada criminalista. O directora de banco. O periodista. ¿Sabes lo que te digo, Ignacio? Me gusta la época en que vivo. Me entusiasma ir a la universidad. Y discutir con quien sea, incluidos los profesores, de política, de industria, de temas espaciales… de lo que haga falta.
Respiró hondo al terminar, como si acabara de vaciarse por dentro.
Ignacio Molina la observaba entre divertido y pesaroso. Conocía de memoria aquel discurso y, aun así, siempre lograba desarmarlo un poco. Sostenía los libros contra el pecho, de pie junto a la barra, y no sabía muy bien si sentirse fascinado o definitivamente derrotado.
La cafetería estaba llena. A esa hora de la tarde, la mayoría eran estudiantes: mesas ocupadas, mochilas abiertas, libros subrayados... No muy lejos de ellos, un grupo de chicas sostenía aún los apuntes bajo el brazo; unas discutían, otras guardaban silencio observando con aire pensativo a quienes entraban y salían mientras apuraban un martini.
Ignacio cambió los libros de brazo y los apretó con más fuerza de la necesaria. Miró el rostro burlón de Carolina, esa media sonrisa permanente que parecía decir no te tomes nada demasiado en serio.
—O sea —dijo al fin—, que para ti lo del amor es una idiotez.
—Tanto como eso, no. —Carolina agitó la mano en el aire—. No estoy en contra del amor. Estoy en contra del matrimonio como meta femenina. Si una chica se enamora, lo lógico es que se case. Entiende esto, Ignacio: antes no había amor. Llegaba papá o mamá, según quién mandara en casa, y decía: “Te casas el sábado, porque Fulano ha pedido tu mano para su hijo”. Y la hija veía el cielo abierto. Al fin podía terminar la carrera. El hijo, si era tímido, o torpe, o cojo, o simplemente poco agraciado, también veía el cielo abierto.
—O sea, que tú crees que todo era así.
—Claro que lo era. Bueno… no exactamente, pero muy parecido. Y te repito que hoy todo es diferente. Mira alrededor. ¿Ves a ese, y a ese otro, y a aquel de allí? ¿Los ves bien?
—Los veo.
—Pues hace solo treinta años, en un sitio como este, una mujer no entraba sola. Y si lo hacía, la bestia que era el hombre se creía con derecho a todo. Hoy entra una mujer, pide un martini, o un whisky, o un coñac, o agua mineral, y los hombres de las esquinas ni se fijan. Porque pasa todos los días, a todas horas.
—Nos estamos apartando de la cuestión, Carol…
—Te apartas tú. Yo no tengo ninguna cuestión contigo.
Ignacio apretó la mandíbula.
—Hace meses, casi un año, que vengo diciéndote lo mismo. —gruñó Ignacio— . Estoy enamorado de ti. ¿Me oyes? Y no creo que el amor tenga nada que ver con la época. Ni con que antes las mujeres no entraran solas en los bares.
—Si ya te entendí, chico… —lo interrumpió ella ignorándolo al ver a Santi—. ¡Eh, Santi!—saludó.
Santi se acercó enseguida.
—Hola, Ignacio.—saludó sarcástico conociendo los sentimientos de su amigo por Carolina.
—Hum —gruñó Ignacio.
— Oye, ¿qué temas tienes? —le preguntó Carolina —. Se me olvidó pasar por la universidad y no sé qué tenemos mañana.
—Iré a tu casa esta noche —dijo él, sin más explicaciones. Luego miró a Ignacio de soslayo—. Hasta luego.
—Hum. —volvió a gruñir Ignacio.
Carolina permaneció encaramada en el taburete, mientras Ignacio, de pie, con ganas de golpear algo o a alguien, estallaba:
—O sea, que esos chicos con barba, perilla, poquísimas ganas de estudiar y aires de fanfarrón son vuestros amigos predilectos.
—Chico —replicó ella con calma—, pareces un médico recién salido de la carrera, con miedo a la bronca del jefe en los pasillos del hospital.
—Carol, una vez más. ¿Qué pasa contigo? No te estoy proponiendo nada frívolo. Te hablo de matrimonio. Te amo. Ya sé que tienes dieciocho años y cursas segundo de Derecho, pero ¿y qué? ¿Por qué tienes que ser abogada? ¿Por qué no puedes ser mi mujer y la madre de mis hijos?
Carolina ya no le escuchaba, todos los días lo mismo con Ignacio.
La calle Princesa estaba justo enfrente. La gente subía y bajaba sin descanso ante la amplia puerta de la cafetería. A Carolina le gustaba mirar. No muy lejos, estaban sus amigas. De pronto, Alicia le gritó:
—¿Has visto?
—Ja, ja ja... —rio Carolina. —Le brillaban las solapas.