Un Nerd en Mi Casa.

Capitulo 2

Elías quería ser brillante. No genial, no deslumbrante. Brillante sin más. Como esos amigos de Carolina que parecían tener siempre la respuesta correcta, la réplica rápida, la broma lista. Tipos que se reían de sí mismos antes de que nadie pudiera hacerlo por ellos.

Pero no.

Con Carolina, no.

Con Carolina era torpe. Silencioso. Ridículamente contenido.

Lo curioso era que en Candás no le pasaba. Allí no tenía fama de tímido. Al contrario. Allí era seguro, incluso seductor cuando se lo proponía. Buen estudiante, futuro notario —si todo iba bien—, familia respetable. Un buen partido, como se decía todavía, aunque nadie quisiera admitir que seguía pensándolo así.

En Candás ligaba. Y ligaba bien.

Fiestas, verbenas, bares pequeños donde todo el mundo se conocía. Domingos en Gijón con el coche de su padre, música alta, risas, chicas distintas cada vez. No prometía nada y aun así caía bien. Sabía retirarse a tiempo.

Y luego llegó Madrid.

Y en Madrid, de repente, era un paleto.

Sobre todo cuando se cruzaba con Carolina Silvela.

—Ya voy —murmuró desde su habitación.

No era la cena lo que le incomodaba. Era sentarse a la mesa con ellos. Bernardo preguntando con buena intención. Lucía cuidándolo como si fuera de porcelana. Y Carolina… Carolina observándolo como si fuera un experimento sociológico.

¿Qué pensaría de él? Ya lo sabía. No tenía que imaginarlo.

Una vez la había oído decirlo sin tapujos:

—¿No ha llegado el paleto?

Lucía se había indignado.

—Carolina, por favor.

—Mamá, no lo digo a malas. El pobre es buena persona. Pero vive enterrado en los apuntes.

—Preferirías que suspendiera como tú.

—Yo vivo, mamá.

¿Vivir?

Elías se puso la chaqueta. Ajustó la corbata. Podía haberse puesto una camiseta, como Bernardo. O incluso un jersey fino, como la mayoría de los chicos de su edad. Pero no. Él no sabía sentarse a la mesa sin ir “correcto”. Lo llevaba dentro.

En su casa, comer juntos era casi un ritual.

—Buenas noches —dijo al entrar.

—Buenas, Elías —respondió Bernardo—. ¿No tienes calor? Aquí parece agosto.

Claro que tenía calor.

—Un poco.

Sintió la mirada de Carolina clavada en él. No la levantó. Sabía que si lo hacía se bloquearía.

—Quítate la chaqueta, hombre —insistió Bernardo—. Hoy en día nadie viste así en casa.

Él sonrió. Siempre sonreía cuando no sabía qué decir.

Lucía le sirvió agua amablemente. Contra los padres, él no tenia nada. Nada en absoluto. Al contrario, tenía que decirle a su padre que eran excelentes con él, y su padre tendría que corresponder. Además, ni siquiera le querían cobrar, con lo cual, eso sí que le fastidiaba a el, su padre estaría siempre en deuda con ellos. Él era de otro parecer. Él no pensaba como su padre.

Prefería pagar y no deber eternamente un favor así.

Pero como su padre mandaba…

—Quítate la chaqueta, hombre —decía Bernardo interrumpiendo sus pensamientos—. No sé cómo no vistes más ligero. Y esas camisas que usas son una lata. Mírame a mí. Con eso de la moda, andas como un pachá con estos polos de cuello alto.

Él tenía dos.

Se los compró su hermana Concha en Oviedo. Pero nunca se los puso. En Candás sí, ¿eh? Pero en Madrid… Y toda la culpa la tenía aquella niña tonta. Por la forma de mirarlo, por la risita burlona que bailaba en sus ojos, por todo eso. Igual pensaba que él había ido a Madrid a aprender a ser moderno.

—Este chico estudia como nadie —comentó Lucia—. De verdad, Carolina, deberías aprender un poco de él.

—Claro —dijo Carolina, bostezando—. Es un héroe académico.

Ironía pura.

Elías tragó saliva.

—¿Te irás en Navidad? —preguntó Lucía-

—No lo sé.

Sintió en sí todos los ojos. Los de ella, burlones.

¿Qué estaría pensando de él? Bueno, que pensase lo que quisiese.

—Es que debo estudiar. Prefiero sacrificar un año y sacar la oposición, a disfrutar de vacaciones y tener que estar un año más en Madrid —dijo algo tartamudeante.

Todas las miradas se posaron en él. Especialmente la de Carolina. Se odió por ser así.

¿Por qué no era más desahogado?

En su casa o entre sus amigos de Candás, o de Oviedo, hubiese contestado con soltura.

E incluso si estuvieran Bernardo y Lucía solos. Pero estando ella… Nada, nada, que ella le cortaba, y toda la culpa la tenía su expresión siempre irónica.

—¿En serio no descansas nunca? —preguntó ella, apoyando el mentón en la mano.

—Prefiero terminar cuanto antes.

—Qué vocacional —dijo ella, sonriendo de lado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.