Elías sabía que lo estaban mirando.
No necesitaba girarse para confirmarlo. Lo notaba en la nuca, en esa presión invisible que te atraviesa cuando alguien te observa sin disimulo. Lo que no sabía —y eso era peor— era qué estaban diciendo.
Se apretó contra uno de los extremos del vagón del metro, casi encajado en la esquina, y sujetó los libros con fuerza bajo el brazo, como si alguien pudiera arrebatárselos. O como si los libros fueran un escudo. Un mal escudo, pero lo único que tenía.
Mejor que hubiera mucha gente.
A esa hora, el metro iba a reventar. Todos los transportes iban llenos, pero el metro más: era barato, rápido y el refugio natural de los estudiantes. Ninguno tenía dinero para taxis ni ganas de derrochar.
Él, sin embargo, habría pasado una semana entera sin fumar —y fumaba mucho, aunque Carol creyera que no— con tal de evitar ser el centro de atención de aquel grupo de chicas.
Ojalá descarrilara el tren.
Ojalá desaparecieran.
Ojalá él no hubiera ido nunca a Madrid.
Y ya que había ido, como fue, ojalá a su padre no se le hubiera ocurrido la brillante idea de meterlo en casa de un amigo de los tiempos de la mili.
Además, dejando el servicio militar aparte —porque ya apestaba de tanto repetirlo—, ¿a santo de qué meterlo en el núcleo de una familia?
Su padre debía de pensar que aún tomaba biberón.
Ja.
Él sabía de todo.
Igual que recitaba artículos del Código Civil de memoria, sabía muchas otras cosas. Y tenía veintiséis años. Veintiséis.
A los quince ya sabía perfectamente de qué iba la vida.
A los dieciocho tuvo una amante.
A los veinte, dos.
¿Que parecía tímido?
Pues no lo era.
Bueno… quizá en Madrid sí. Y también cuando aparecía alguna chica forastera en Candás durante el verano tardaba un poco en soltarse. Pero luego no. Lo que pasaba era que ninguna se reía de él como Carol.
Ninguna lo miraba como si fuera un gusano raro.
Y Carol lo estaba mirando exactamente así en ese momento.
Y se reía.
Se reían todas.
La muy…
Seguro que ya estaba describiéndoles hasta el color de sus calcetines. Y de sus calzoncillos. Y de todo lo demás. Y si no lo sabía, se lo estaría inventando con una imaginación cruel y divertida. Seguro que les contaba cómo se duchaba a las seis de la mañana, cómo salía puntual a las siete, cómo desayunaba huevos fritos con jamón.
¿Y qué?
¿Por qué no podía desayunar huevos fritos con jamón?
En verano, además, desayunaba pescado. Merluza, bonito a la plancha, sardinas. ¿Qué pasaba?
Lo que más rabia le daba no era lo que sabían, sino lo que Carol estaría contando. Que hacía ruido al lavarse los dientes. Que dejaba los zapatos fuera para que la asistenta los limpiara. Que doblaba el pantalón antes de meterse en la cama.
Malditos tabiques.
Demasiado finos.
No como los muros de su casa en Candás. Gruesos, sólidos. Allí podían matar a alguien en la habitación de al lado y no se oía nada.
Las casas de Madrid… Mucho adorno, mucha moqueta, mucha lámpara y mucha modernidad, pero los grifos goteaban, los vecinos se oían respirar y uno no podía ni estornudar sin sentirse observado.
El metro se detuvo en una estación.
Mejor.
Se bajaría allí. Aunque tuviera que volver andando. Aunque se destrozara los zapatos. Cualquier cosa antes de seguir siendo examinado.
Pero lo pensó demasiado.
La puerta se cerró a pocos centímetros de su cara. Y ese echo ocasionó mas risas al otro lado.
Un señor mayor, con pinta de sufrir gota, las regañó. Inútil. Se rieron más.
Está hablando de mí.
Sintió vergüenza.
Se giró en seco y se pegó al cristal. No se volvería. Aunque ocurriera un crimen detrás.
—Tiene cara de empollón —susurraba Carolina Silvela—. De esos que viven para estudiar. Se levanta a las seis y se acuesta a las dos.
—Te va a oír —advirtió una.
Carol sonrió. Era guapísima. Cabello claro, ojos verdes enormes, piel tostada, dientes blancos, alta, perfecta.
—No tiene valor ni para eso.
—¿Nunca te dijo que le gustabas? —preguntó otra.
Carol soltó una carcajada exagerada.
Un murmullo molesto del hombre mayor:
—Esta juventud…
Y se giró.
—¿Qué hace ese vejete en el metro?
—Que te oye.
—Está sordo.
—Sigue con lo del paleto.
—Se lava los dientes seis veces al día.
—¿Cómo lo sabes?
—Mi madre lo dice. «Elías es tan limpio que se lava los dientes seis veces y se cambia de pijama todos los días».—imitó la vocecilla de su madre.
—En Candás el agua debe de sobrar.
—¿Por?
—Por tanto cambio de ropa.