Un Nerd en Mi Casa.

Capítulo 4

—¡Elías! —le gritó Paco nada más verlo—. ¡Vaya coincidencia!

Elías dejó el Martini a medio beber sobre la barra y se acercó con una sonrisa.

—¿Qué haces tú por aquí? —preguntó, dándole un apretón de manos que transmitía “paisanos de toda la vida”.

—Asuntos del negocio de mi padre. ¿Y tú?

—Oposiciones.

—Uf… —Paco torció el gesto, pero enseguida perdió interés—. Eso debe ser un infierno. Oye… —miró a su alrededor, evaluando el bar como si fuera un supermercado—. ¿Y aquí qué? ¿No hay gente interesante? ¿Conoces a alguien? Uno sale de Luanco como sardina en lata y de repente Madrid… se le aflojan las amarras. Yo no me voy sin echar una canita al aire.

Elías no estaba para líos largos. Algún desliz ocasional, alguna amiga con la que escaparse un fin de semana… poco más. No tenía tiempo. Ni ganas.

—¿Nada de nada? —insistió Paco—. ¿Ni novia, ni historias?

—Poco.

—¿Novia no?

—Mi novia es muy exigente.

—¿Ah, sí?

—Las oposiciones.

Paco le dio un codazo cómplice.

—Ya… esa novia no protesta mucho. Pero oye, yo no oposito. Y ya que te encontré, llévame a algún sitio que conozcas. No vine a Madrid para beber solo y volverme igual que llegué. Además, ya resolví lo de mi padre. Hasta mañana no me muevo.

—Es que…

Un grupo de chicas pasó junto a ellos. Una de ellas miró fijamente a Elías. Luego a Paco.

—¿Las conoces? —preguntó Paco, tocándole el brazo.

—Bah… —Elías intentó esquivar la pregunta.

—Nada de evasivas. ¿Sí o no?

—Son estudiantes.

—Me gustan.

Paco estaba a punto de lanzarse, pero Elías lo sujetó del brazo.

—Ni se te ocurra.

—¿Por qué?

—Una de ellas vive en la casa con la que estoy.

Paco se relamió.

—? ¿La que te miró como si quisiera comerte vivo?

Elías se erguió.

—¿Cómo que “como si”?

—Así. Peligrosamente.

—No seas bestia.

—Mira —Paco bajó la voz—. Si una mujer me mira así, burlona, medio divertida, con los párpados caídos… no está pensando en filosofía.

Elías empezó a sudar.

—No digas tonterías.

—¿Desde cuándo los hombres no pensamos tonterías?

—Paco, vámonos de aquí.

El grupo pasó frente a ellos. Carolina... se detuvo un segundo.

—Hola, Elías.

—Ho… hola…

Él no se giró para seguirlas con la mirada.

—Oye —susurró Paco—. O eres exactamente lo que estoy pensando… o tienes un problema serio.

—¿Qué dices?

—¿Por qué demonios no la miras? ¿Tienes miedo? Tú, que en Luanco eras el gallito…

—¡Paco!

—Cuando lo cuente en la tertulia…

—No vas a contar nada —dijo Elías, sofocado—. Soy un hombre decente.

—Sí, sí, decente. Pero te digo una cosa —le apuntó con el dedo—: ni a mi prima respeto si me mira así. Y esa chica te estaba llamando con luces de neón.

Elías lo había notado. Y eso era lo inquietante.

Carol siempre se había burlado de él. Nunca le dirigió más de dos frases seguidas. Ni en la mesa hablaban. Antipatía silenciosa desde el primer día. Maldita idea de su padre, meterlo en una casa ajena por amistad de guerra, como si él fuera un crío sin criterio.

—Bueno —dijo Paco, impaciente—. Llama a casa y diles que no vas a cenar. Nos vamos tú y yo.

—¿Y mis estudios?

—Déjalos descansar una noche. Se puede ser responsable y divertido.

—No siempre… pero… está bien. Por una vez.

—¿Adónde me llevas?

Elías dudó. Madrid no era su terreno.

—Un tablao flamenco…

—Ni hablar. Como diga en Luanco que fui a ver a una bailaora retorcerse… me crucifican.

—Vale, vale. Primero terminamos la copa y luego llamo.

—¿A quién?

—A Lucía.

—¿Quién es?

—La mujer de Bernardo.

—¿Y Bernardo quién demonios es?

—Los padres de la chica.

—Ah… la que te mira.

—Esa misma.

—Oye —Paco lo detuvo—. Dime algo. ¿Te provoca?

Elías parpadeó, bufó.

—Un día la agarro…

—Así se habla. Te provoca, ¿no?

—Se ríe de mí. Cree que soy tímido. Que nunca besé a una mujer.

—¿Te lo dijo?

—No. Pero lo piensa.

—Pues demuéstrale lo contrario. No dejes que te tome por tonto.

Elías bajó la voz, casi confesional.

—A veces me dan unas ganas… —apretó los labios—. Ganas que me recorren la sangre. Pero me aguanto. Porque soy honrado. Pero un día… —se mordió el labio—. Porque es guapísima. Provoca sin tocarte. ¿Viste cómo miraba? Como si llamara. Hay mujeres así. Muy finas. Muy correctas. Y te sacan de quicio.

—Como ella.

—Sí. Como ella. Vamos. Tengo que quedar bien con sus padres. Les diré que no me esperen. Que me encontré con un amigo y salgo a cenar.

Riiiin.

¿Quién demonios llamaba a un teléfono fijo a esas horas?

Justo hoy.
Justo el día que sus padres se habían ido al cine dejando la casa sola.
Y encima, el teléfono sonando como si la urgencia de la humanidad dependiera de que ella lo atendiera.

Que sonara. A la porra.

Riiiin. Riiiin.

—Pelmazos… —susurró, con media sonrisa.

Se levantó del sofá, cruzando el living con ese paso dramáticamente lento que solo alguien que espera que el mundo le pida disculpas sabe dar. Arrastró los pies, medio riendo para sí misma. Algún día le diría a su padre que inventara extensiones de teléfono por toda la casa. Dos teléfonos eran ridículos. Uno en la clínica, otro en la salita… y si estabas en el living, tocaba levantarse. Siempre.

¿Sería Elías, el tímido paleto que le daba más vueltas que un ventilador en verano?

La idea la hizo sonreír.
Estaba lista para jugar. A ver qué pasaba.

—¿Diga? —dijo, finalmente, con la voz lo bastante neutral para no sonar desesperada… pero lo bastante traviesa para que se notara el juego.

Silencio. Solo una respiración al otro lado, irregular, contenida, como si estuviera conteniendo algo más que aire.

Ah. Admirador secreto. Qué original.




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