Un Nerd en Mi Casa.

Capitulo 5

Desde que llegó a Madrid y se instaló en casa de los Silvela, Elías tenía una llave del piso. Lucía se la había dado el mismo día en que le enseñaron el cuarto, como quien entrega algo sin importancia, sin sospechar el peso que acabaría teniendo ese pequeño objeto de metal.

Ahora lo sostenía entre los dedos, detenido frente a la puerta, mirándolo a través de las gafas de montura gruesa como si fuera un artefacto peligroso.
O una decisión irreversible.

Lucía y Bernardo estaban en el cine.
Carol estaba sola...Y le había pedido ayuda.

Eso era suficiente para que todo en él estuviera fuera de sitio.

Se sentía reducido, torpe, nervioso… y absurdamente alterado. No era solo timidez. Era algo más incómodo, más físico, y más difícil de ignorar. ¿Qué demonios le pasaba con Carol?

No pensaba analizarlo. Si estaba enamorado, pues lo estaba. Si era solo una atracción mal gestionada, también. No iba a resolverlo ahí, en el rellano, con la llave sudándole en la mano.

La introdujo en la cerradura. Giró. El piso estaba en silencio. Un silencio doméstico, tranquilo. Y entonces la vio.

Carol estaba al fondo del vestíbulo, como si hubiera estado esperándolo.

Llevaba un pantalón corto verde apagado y un jersey blanco de cuello alto que se ceñía sin pudor a su cuerpo. Nada exagerado. Nada provocador. Precisamente por eso resultaba desconcertante. Calzaba unas chinelas y llevaba el pelo recogido en la nuca, dejando su rostro completamente despejado.

Elías tuvo la absurda sensación de que las gafas se le empañaban. De que el suelo se movía un poco. Pensó, sin orden alguno, que aquella chica podía ser una manipuladora consciente… o una criatura peligrosamente ingenua. Y no supo qué opción lo inquietaba más. Porque tenía cara de no saber nada. Los ojos abiertos, atentos, curiosos. La boca dibujando una sonrisa mínima, casi tímida. Sostenía un libro contra el pecho y lo levantó un poco, como si ese fuera el motivo de su presencia allí.

—Buenas… —balbuceó—. Buenas noches.

—Pasa, Elías —dijo ella con naturalidad—. Nunca necesité tanto a una persona.

¿Ironía?
No lo parecía.

Entró. Se quitó el abrigo y lo colgó en el perchero con movimientos mecánicos. Cuando se giró, Carol estaba más cerca. Sonreía. Una sonrisa a medio camino entre la confianza y algo que él no sabía nombrar.

—Pensé que papá podría ayudarme —dijo ella, caminando junto a él—, pero se me olvidó que los jueves van al cine. ¿Tú no vas nunca?

—Pocas veces…

—¿No te gusta?

Estaba demasiado cerca. Su voz no era alta. No lo necesitaba.

—A veces…

Entraron al living.

—Estaba estudiando cuando llamaste —continuó—. ¿Qué querías de mi madre?

No iba a decirlo.
No iba a decir que había dejado plantado a su amigo.
No iba a decir nada que sonara patético.

—Recordé que era jueves —mintió—. Pensé que… bueno, que quizá no estarían.

—Pues mejor —dijo ella, y entonces se colgó de su brazo.

Elías parpadeó, desbordado. El contacto fue breve, natural, como si no significara nada. Precisamente por eso lo significó todo.

—Te necesito, Elías —añadió—. Dirás que soy una aprovechada.

—No. Jamás diría eso.

Era hermosa así. Cercana. Normal. No la chica distante que a veces parecía observarlo como si fuera un experimento. En ese momento era solo Carol. Humana y real.

—Ven —dijo, llevándolo hasta el diván—. Siéntate.

Se sentó junto a ella.

—Es un tema horrible —explicó—. Oye… —se inclinó hacia él, apoyando la barbilla en las manos—. ¿A ti te costó mucho?

—¿El qué?

—La carrera.

—Bastante —respondió, sorprendiéndose a sí mismo al sonar casi seguro—. No hay ninguna fácil. Y las oposiciones… mejor no hablar. Mi padre cree que soy una especie de máquina. Yo creo que espera un milagro.

—Los padres siempre esperan demasiado —dijo ella.

Elías no podía dejar de mirarla. Nunca la había tenido tan cerca. No así. Y entonces pensó algo que lo desarmó por completo:

Carol nunca se había burlado de él. Nunca. Simplemente era así. Miraba así. Sonreía así. Y el mundo, para ella, parecía estar lleno de posibilidades.

En ese instante lo observaba con auténtica curiosidad, como si él fuera una sorpresa agradable que no había previsto. Y Elías sintió, con una claridad peligrosa, que acababa de cruzar una línea de la que no sabía volver.

Carol no tenía la menor intención de estudiar. Al menos, no todavía. Había algo mucho más interesante ocurriendo delante de ella.

—Ya estudiaremos luego —dijo con ligereza—. Nunca hablamos, Elías. Vivimos bajo el mismo techo y apenas sé nada de ti. Tú siempre estás en tu mundo… y yo en el mío. No es muy lógico, ¿no?

Se inclinó un poco más hacia él.

Elías la notó antes de verla. El perfume. Limpio, caro, con un fondo amargo que le resultaba inquietantemente agradable. No sabía por qué lo asociaba con algo picante, casi eléctrico, pero lo cierto era que le provocaba una sensación extraña en el estómago.

Demasiado cerca.

Había entrado en aquella casa con cautela, con la sensación de estar haciendo algo indebido, y de pronto Carol le hablaba como si nada, como si fueran viejos amigos. Como si esa cercanía fuera lo más natural del mundo.

—Sí, Carol… —respondió, sin saber muy bien a qué estaba diciendo que sí.

Ella sonrió. Por dentro, Carol se divertía. Mucho. Si sus amigas la vieran… mañana se lo contaría todo. Cada detalle. La forma en que él la miraba como si acabara de descubrirla. La manera en que se quedaba quieto, atento, como si cualquier movimiento pudiera romper algo.

—Seguro que en Candás lo pasas mejor —comentó—. Allí tienes a los tuyos.

—Bueno… —le costaba arrancar—. Es distinto. Los amigos de siempre, ya sabes…

—¿Y novia?

Elías dudó apenas una fracción de segundo.

—No.

—Qué raro.

Raro.
Qué palabra tan pequeña para lo que le estaba pasando por dentro.




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