No pudo dormir.
La tenía delante una y otra vez, como una imagen obstinada que regresaba justo cuando cerraba los ojos.
Los muslos. La curva de la boca. La manera en que lo miraba, como si lo viera de verdad… o como si jugara a hacerlo.
No era un hombre impresionable, se dijo. Nunca lo había sido. Pero Carol Silvela no encajaba en ninguna categoría cómoda. La había juzgado mal. Pensó que era irónica, burlona, incluso cruel. Y, sin embargo, ahora la recordaba distinta. Vulnerable. Casi inocente. Una chica preciosa, aparentemente sin experiencia, que hablaba de enamorarse como si fuera un concepto recién descubierto.
Claro que no durmió.
Claro que tampoco estudió.
Se levantó con la cabeza pesada, el pensamiento lento, como si hubiera pasado la noche en vela peleando consigo mismo.
A las ocho en punto apareció en el comedor.
Tenía dos clases por la mañana y, a las once, había quedado con Paco, que se marchaba en el Ter de las dos. No comería con él. No podía. Comer fuera de aquella casa empezaba a parecerle una traición absurda, como si alejarse significara perder algo que aún no sabía nombrar.
—Buenos días —saludó, con su voz siempre un poco áspera, todavía tomada por el sueño.
Miró alrededor.
—Buenos días, Elías —respondió Lucía, sirviéndole el desayuno—. ¿Has dormido bien?
—Sí… —mintió—. ¿Ya se fue… tu hija?
—¿Carol? —sonrió Lucía—. Esa duerme con cualquier ruido. Ya la llamé dos veces. Andará por el baño.
Apareció entonces.
Carol, impecable, con esa naturalidad que parecía estudiada sin serlo. Zapatillas de deporte, falda corta, jersey de cuello alto. El abrigo sobre el brazo, los libros sujetos con una mano. Con la otra rodeó el cuello de su madre en un gesto cariñoso, casi infantil.
Pero sus ojos verdes se clavaron en Elías.
—Buenos días —dijo—. ¿Te vas ya?
—En cuanto termine de desayunar…
—Saldremos juntos —añadió, bajando un poco la voz—. ¿Le has dicho a mamá que hoy me llevas al cine?
—No…
—Díselo, Elías.
—Ya me estoy enterando —intervino Lucía, divertida—. Me parece muy bien. Tú sí puedes llevarla.
—Gracias…
Elías terminó el desayuno con torpeza. Carol apenas tomó café, negro y cargado.
—No puedes irte toda la mañana solo con eso —la reprendió su madre.
—Mamá, no exageres. Luego como algo en la universidad. ¿Vamos, Elías?
—Dame los libros. Te los llevo yo.
El gesto lo emocionó más de lo que habría querido admitir.
No había sido un sueño.
Ella estaba allí. Con él.
—Abrigaos bien —insistía Lucía desde el pasillo—. Hace un frío horrible. Dos grados bajo cero, ha dicho la radio.
—Odio el frío —protestó Carol, poniéndose el abrigo mientras Elías dejaba los libros en la consola y se enfundaba su gabán.
Salieron juntos.En el ascensor, Carol lo miró largo rato, sin hablar.
—Soñé contigo —dijo al fin, como quien confiesa una tontería.
—Oh…
—¿Por qué crees que sería?
—No lo sé…
—¿Tú soñaste?
—Pues…
—Somos iguales —rió—. Tímidos, estudiantes, un poco torpes… igualitos.
Elías sintió el impulso absurdo de rodearla con los brazos. El espacio cerrado del ascensor parecía empujarlo a ello.
Pero no.
Era una locura.
Se repitió que era ingenua. Que no podía asustarla. Que era la hija de los amigos de su padre.
Y se odió por haber pensado alguna vez lo contrario.
El ascensor se detuvo.
—¿No crees que nos parecemos? —insistió ella.
—Sí… creo que sí.
—No sé si podré tratarte mucho —dijo ya en la calle—. Una se encariña, se confía… y luego los chicos se van. Tú a Candás. ¿Es bonito Candás?
No esperó respuesta.
—Seguro que allí te espera una novia.
—No tengo novia —respondió él, demasiado deprisa.
—¿De verdad?
—Te doy mi palabra.
—Yo tampoco tengo novio.
—Eres… guapísima.
Carol no se detuvo.
No quería que todo ocurriera tan rápido.
Además, sus amigas la esperaban en la boca del metro.
—¿De verdad te lo parezco?
—Mucho. Nunca vi una chica como tú.
—Hay montones —dijo ella, restándole importancia—. Mira, allí están.
Elías se topó con varias miradas curiosas, abiertas de más. Sonrisas que no supo interpretar del todo.
—Tus amigas no me gustan mucho —confesó.
—A mí tampoco —respondió ella sin dudar—. Son un poco crueles… se ríen de todo. ¿Dónde quedamos?
Estuvo a punto de cancelar la cita con Paco, pero no lo hizo. No quería dar explicaciones luego. No quería parecer lo que no era.
—Te veré a la hora de comer.
Carol se perdió entre sus amigas.
Él no bajó al mismo vagón. Se quedó esperando el siguiente, inventando una excusa que nadie le pidió.
En la esquina del metro, Carol ya estaba contando todo. Con gestos, con imitaciones, con risas. Las chicas se carcajeaban sin disimulo.
—«Eres guapísima. Nunca vi una chica como tú» —repitió, exagerando la voz de Elías.
—Es adorable —dijo Inés.
—O peligroso —opinó María—. No me gusta lo que haces.
—No seas dramática.
—Te estás burlando de él.
—¿Y por qué se deja? —replicó Carol—. Yo tengo dieciocho años.
—Con experiencia de sobra —murmuró María.
—Cállate —la cortó Inés—. Esto es divertido.
—Esta tarde voy al cine con él —anunció Carol.
Un hombre mayor protestó desde su rincón del vagón. Nadie le hizo caso.
—Apuesto a que te coge la mano —dijo una de ellas.
—Seguro.
—¿Y luego?
—Luego se irá —respondió Carol—. A Candás.
—¿Y si se enamora?
Carol encogió los hombros.
—Entonces será su problema.
Salieron todas riendo a la calle, ocupándola casi.
—Que nadie diga nada —advirtió Carol—. Si alguien se lo cuenta, se acaba el juego. Todo terminará bien. Él se va, yo me quedo… y listo.
—Pero volverá.
—Cuando vuelva —sonrió—, ya será otra historia.