Un Nerd en Mi Casa.

Capítulo 7

Madrid hervía en el ajetreo de la mañana, pero para Elías, el ruido de la ciudad no era más que un murmullo lejano. Estaba con Paco, sí; caminaban por las inmediaciones de la estación, pero su mente estaba a kilómetros de allí, anclada en la mirada de Carol.

—Elías… —insistió Paco, dándole un codazo.

—¿Qué? —Elías casi dio un salto, como si lo hubieran despertado de un sueño profundo.

—Chico, pareces alelado.

—Pues, no.

—Yo diría que sí —rio Paco, ajustándose la chaqueta—. Tal parece que te tocó la lotería.

Elías sintió un impulso casi eléctrico de gritarle: "¡Estoy enamorado!". Pero se contuvo. Paco era un buen tipo, pero también un charlatán de feria. Si le contaba lo de Carol, antes de que el tren de Paco llegara a Asturias, media Candás ya estaría comentando que andaba perdiendo el juicio por una chica madrileña.

—¿Qué cara ponen los que les toca la lotería? —preguntó Elías, tratando de desviar la conversación.

—Anda —saltó Paco—. Pues, no sé. Pero debe de ser de alegría, ¿no?

—O de amargura, si tienen que pagar deudas superiores al premio —replicó Elías con un pragmatismo fingido.

—Nos apartamos de la cuestión. Tú estás contento. ¿Es por alguna mujer?

Elías dudó un segundo. El recuerdo de Carol, la forma en que ella se movía y la manera en que él la había mirado siempre sin saber que lo suyo era ya locura, le quemaba en el pecho.

—No, hombre. Son los estudios. Durante el verano iré con don Tomás a su Notaría. Eso me ayudará mucho.

—Yo prefiero seguir con los negocios de mi padre. No sería capaz de meterme esos libros en la cabeza —Paco consultó su reloj y bufó—. Tengo que irme al hotel a recoger la maleta. ¿Te veré en la estación?

—Imposible. Tengo clase —mintió Elías con rapidez.

La verdad era mucho más apremiante: tenía que comer en casa de los Silvela. Tenía que volver a verla, a respirar el mismo aire que ella, a comprobar si el hechizo seguía allí ahora que él era consciente de su propio corazón.

—Ve a mi casa y dales un abrazo a todos —añadió Elías—. Dile a mi madre que los Silvela son muy buenos conmigo.

—Oye, oye… ¿y la chica? —Paco puso una expresión pícara—. Aquella de los Silvela, que te miraba con esa miradita… ¿Ya no tienes ganas de agarrarla y todo eso?

Elías sintió una punzada. Las ganas de "agarrarla" habían sido sustituidas por algo mucho más profundo, más sagrado y, a la vez, más aterrador.

—¡Qué va! —respondió secamente.

—Pues mira que se te pasan a ti pronto las ganas.

—Hay cosas que uno debe doblegar, Paco.

—Te estás volviendo muy finolis, Elías. Debe de ser este Madrid, ¿no? Porque aquí son finos para todo… hasta para quitarte el dinero por nada.

Paco se despidió con un fuerte apretón de manos y se alejó quejándose de la carestía de la capital. Elías se quedó solo en la acera. Ya no era el estudiante que bajó del tren meses atrás. Ahora era un hombre con un secreto que le pesaba y le daba alas al mismo tiempo.

Carol lo había estado vigilando desde la cafetería de enfrente, midiendo el tiempo de su despedida con Paco. Para él, su aparición en el portal fue como un rayo en mitad de una mañana despejada. Al sentirla cerca, se estremeció de pies a cabeza, odiando esa debilidad que lo hacía parecer, ante sus propios ojos, un "blandengue".

—Llegaba cuando te vi aparecer —mintió ella con una sonrisa perfecta.

—Pasa —atinó a decir Elías, intentando recuperar la compostura—. Estuve con un amigo de Luanco.

—¿Qué es eso?

—Un puerto de mar precioso... Algún día te invitaré a pasar allí una temporada.

Se arrepintió de las palabras apenas salieron de su boca. Invitarla a su tierra era abrirle las puertas de su vida entera. Pero la dulzura en el rostro de Carol, esa forma de mirarlo como si realmente deseara ese viaje, lo dejó desarmado.

En el espacio angosto del ascensor, la tensión se volvió física. Carol se apretó contra una esquina con una coquetería natural, mientras Elías, encogido y temiendo que el roce de sus hombros delatara su pulso acelerado, oprimía el botón del piso.

—Iremos al cine por la tarde, ¿no? —preguntó ella, rompiendo el silencio.

—Si tú quieres...

—Quiero, Elías. ¿No te aburrirás conmigo?

"Ay, Elías del alma", se dijo él para sus adentros, "que vas a caer como un corderito".

Al salir del ascensor, el caos continuó. Elías, nervioso, buscaba el llavín en su bolsillo mientras sentía que sus gafas se empañaban por el calor acumulado en su rostro. La tocó sin querer al abrir la puerta y sintió que el brazo le ardía.

—Perdón... —balbuceó.

—Elías. No te preocupes, hombre —respondió ella, divertida por su timidez.

La comida que siguió fue, para Elías, un suplicio. Sentado a la mesa con los Silvela, sintiéndose el centro de una gratitud que ahora le pesaba, apenas podía articular palabra. Bernardo hablaba de leyes y su madre de las noticias de Madrid, pero Elías solo podía ver cómo Carol manejaba los cubiertos, cómo se reía de algo sin importancia y cómo su presencia llenaba todo el comedor.

Atrás quedaba el malestar que sintió meses atrás cuando su padre le obligó a vivir con ellos. Ahora, ese "castigo" se había convertido en su mayor gloria y su peor tormento. Madrid había dejado de ser una ciudad para convertirse en el nombre de una mujer.

La mesa de los Silvela era el escenario de una calma que a Elías le resultaba artificial. Bernardo, con la experiencia de los años, observaba al joven estudiante con una mezcla de afecto y curiosidad, mientras Lucía trataba de animar la conversación.

—Estás muy callado, Elías… —comentó Bernardo, rompiendo el ritmo de los cubiertos.

—Las… preocupaciones de los estudios, Bernardo —mintió Elías, aferrándose a la única excusa que siempre le servía de escudo.

—Claro. Pero tu padre sabe lo que esto cuesta. No pretenderá que saques las oposiciones este año.




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