Un Nerd en Mi Casa.

Capítulo 8

La noche de invierno en Madrid se cerró sobre ellos con la complicidad de la oscuridad. Elías, avergonzado por su retraso, apenas podía articular disculpa alguna, pero Carol no parecía dispuesta a perder un segundo. Se colgó de su brazo con una naturalidad que a él le resultó devastadora.

Elías sintió que el mundo se detenía. Había conocido mujeres, sí; conocía el lenguaje de los amores rápidos y las aventuras sin mañana, pero esto... esto era una veneración que lo dejaba sin aliento. Carol Silvela no era una "conquista", era su destino.

—Vas tan callado... —murmuró ella, rompiendo el silencio del trayecto.

Elías no respondió. ¿Cómo explicarle que el roce de su abrigo, el calor de sus manos sobre su brazo y el aroma de su perfume eran un bombardeo sensorial que casi le impedía caminar? Cuando Carol, sintiendo quizás la intensidad eléctrica de Elías, preguntó si no quería estar allí, él reaccionó por instinto.

Su mano cubrió las de ella. Fue un gesto cargado de tal posesión y ternura que Carol se asustó. En el modo en que él pronunció su nombre, hubo una entrega tan absoluta que ella empezó a dudar de si su pequeño juego de coquetería no se le estaba yendo de las manos.

Ella soltó el brazo, asustada por la profundidad de lo que acababa de despertar, pero entonces ocurrió lo inesperado: Elías, el tímido estudiante, la agarró. No con violencia, sino con una determinación nueva. Sin soltarla, la condujo a la taquilla y la introdujo en la penumbra del cine, apretándola contra su costado como si temiera que el aire de Madrid se la arrebatara.

Carol se sintió pequeña. Había citado a sus amigas allí para reírse un poco, para mostrarles su trofeo asturiano, pero ahora deseaba con todas sus fuerzas que no estuvieran. Quería estar a solas con esa fuerza silenciosa que era Elías. Sin embargo, las amigas estaban allí, listas para sentarse detrás y observar la función.

La sala estaba casi vacía. La pantalla proyectaba imágenes que ninguno de los dos vería realmente. Elías buscó un rincón apartado, mientras su corazón golpeaba sus costillas con la fuerza de un martillo. Ya no era un "gallito" de aldea, ni un estudiante apocado; era un hombre protegiendo su primer y último amor.

La oscuridad del cine, que Elías creía un refugio, resultó ser una emboscada. Los siseos de Inés y las risitas de las otras amigas de Carol se clavaron en su nuca como alfileres. Carol, por su parte, sentía que la tierra se abría bajo sus pies; la "broma" de la mañana, aquella idea de divertirse a costa del serio estudiante asturiano, se le antojaba ahora una estupidez monstruosa.

—¿Por qué están aquí? —preguntó Elías con una ronquera que presagiaba tormenta.

—Es un paleto muy divertido —soltó Inés desde atrás, rompiendo la última barrera del decoro.

Elías se levantó. Ya no era el joven tímido que tropezaba con el llavín; era un hombre herido. El escándalo estalló en la sala, entre siseos y las reprimendas del acomodador, hasta que Elías, comprendiendo que Carol era cómplice de aquel escarnio, la sacó del local casi a la fuerza.

Ya en la calle, bajo el frío madrileño, la crueldad de Inés no tuvo límites.

—¿Te diste cuenta de que te tomábamos la cabellera, idiota? —gritó la muchacha—. ¿Qué te habías creído? ¿Qué le gustabas a Carol con esa facha?

Elías miró a Carol, buscando una negativa que no llegó. La decepción fue un hachazo. Todo era una broma. Su amor, su veneración de corderito, el respeto que le tenía a aquella casa... todo había sido el hazmerreír de unas niñas bien.

—De modo que todo era una broma. Una maldita broma —susurró él.

Pero Elías no se marchó derrotado. El orgullo asturiano, herido y maligno, despertó con una fuerza salvaje.

—No me voy sin cobrar —farfulló entre dientes.

Lo que ocurrió después dejó a las cinco jóvenes paralizadas. Elías agarró a Carol por la cintura y la pegó a su cuerpo con una violencia que cortaba el aire. La besó, pero no fue un beso de amor; fue un beso sucio, cargado de rabia y sexualidad, un castigo que buscaba manchar la imagen de la chica que se creía superior. Fue un beso vergonzoso que prolongó hasta que la resistencia de Carol se desvaneció en un estupor de miedo y vergüenza.

Cuando terminó, la soltó con tal desprecio que ella cayó al suelo de golpe. Elías, sin mirar atrás, con los lentes en la mano y el rostro desencajado por una furia que lo quemaba por dentro, se alejó calle abajo.

Carol quedó en el suelo, pálida, con el sabor amargo de aquel beso castigador todavía en los labios. Sus amigas la rodearon, pero ella no podía oír los insultos de Inés ni la moralina de María. Solo sentía el peso de su propia culpa y la sombra de un hombre al que había intentado humillar y que, en respuesta, le había arrancado el alma de un zarpazo.




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