Un Nerd en Mi Casa.

Capítulo 9

El trayecto de vuelta fue una procesión de sombras. Carol caminaba como una autómata, aferrada al brazo de María, sintiendo que el suelo bajo sus pies todavía vibraba con el eco del empellón de Elías. Las voces de sus amigas le llegaban como un ruido blanco, lejano y molesto, hasta que los gritos de Inés rompieron su letargo.

—¡Cállate! ¡Por Dios, cállate! —suplicó Carol con una voz que apenas reconocía como suya.

—Vaya —se mofó Inés, envalentonada—. Tal parece que ahora estás arrepentida.

María, que hasta entonces había guardado un silencio tenso, se interpuso. Su indignación estalló contra la falta de sentido común y de caridad de Inés. El juego, que en la mente de Carol debía ser una demostración inocente de vanidad —ver a Elías enamorado y nada más—, se había transformado en algo odioso por la intervención sádica de Inés.

—Me pregunto con qué cara se presenta ahora Carol en su casa —sentenció María, ignorando las protestas de Inés—. Y qué ocurrirá si Elías decide contarle todo a sus padres.

Esa posibilidad cayó sobre Carol como una losa de mármol. Su padre, un hombre de honor que había acogido a Elías como a un hijo; su madre, que confiaba ciegamente en la rectitud del estudiante... ¿Cómo explicarles que su hija era una joven cruel que se burlaba de los sentimientos ajenos?

Inés seguía disparada, tratando de repartir la culpa entre todas, pero María fue implacable:

—La responsable de que esto haya pasado de ser un juego a algo asqueroso eres tú, Inés. Siempre tienes que dar la nota.

—Ahora con ésas.

—Vamos —intervino Elisa tirando del brazo de Inés—. Vamos, Inés. Los ánimos no están hoy para discutir más. Mañana hablaremos de todo esto.

Pero Inés no quería irse.

Se desprendió de la mano de su amiga y se encaró con Carol, que aún iba como desmadejada, colgada del brazo de María.

—¿Tú qué dices, Carol? ¿Qué pasa? ¿Crees que no hice lo que debía?

—Lo has hecho —la atajó María—. Tú siempre armas escándalos. Tú siempre tienes que dar la nota. Un juego que empezó del todo inocente, lo has hecho tú odioso. Y si las demás no te lo dicen, no es que no lo piensen.

—Oye —empezó Inés a gritarle, pero María le puso la mano delante—. ¿Qué te pasa a ti, María?

—No, Inés —cortó María sin que Carol soltara aún su brazo —no voy a permitirte que hagas aquí una escena —miró a las otras—. Lleváosla. Ya hablaremos de eso en otro momento.

Las otras debieron de ver algo en su semblante, porque se apresuraron a asir a Inés por el brazo y tirar de ella. Pero Inés no estaba de acuerdo. Se enfrentó con María.

—Todas estábamos de acuerdo, incluyendo a Carol, en ir al cine y ver a Elías con ella.

—Por supuesto, pero nadie te pidió que intervinieras.

—Vamos, esto es el colmo. ¿Acaso os da pena de Elías? Pues ha reaccionado como un sádico.

—Ya ves lo que son las cosas —dijo María cortante—. Yo, si soy él, reacciono mucho peor. Me pregunto yo, con qué cara se presenta ahora Carol en casa de sus padres y se topa con Elías. Y me pregunto asimismo, qué ocurrirá, si Elías cuenta al padre de Carol lo ocurrido.

—Tú siempre con tus supuestos. Pues yo no creo que pase nada. Al fin y al cabo, el infeliz ese, no es tan infeliz como parece.

—La pena fue que en vez de enfrentarse con Carol, no lo haya hecho contigo, porque yo digo que la responsable de todo, eres tú.

Finalmente, las otras amigas se llevaron a Inés, dejando a Carol y a María solas en la penumbra de la calle que conducía a la casa de los Silvela. Carol no podía hablar. Tenía la mente embotada, pero en su boca persistía, amargo y violento, el sabor del beso de Elías. No era un beso de amor, era una marca de propiedad y de odio, una herida abierta que le recordaba que aquel "paleto Nerd" la había vencido en su propio terreno.

María sabía ya que Carol no sabría qué decir, y ella tampoco, pues no encontraba palabras para disimular aquella sensación de culpabilidad, de ira, de humillación.

Cuando llevaban recorrida media calle, María dijo con suavidad:

—Si quieres entrar en algún sitio…

—No.

—Carol…

—Sentémonos ahí, en el banco del parque. Estoy… estoy… —llevó la mano a la frente—. Estoy…

María la atajó con un siseo.

—Sé cómo estás. O, al menos, me imagino cómo estás.

Nadie se lo podía imaginar.

Ni María, con ser tan pensadora, tan leal y tan fiel a una amistad.

Cayó en el banco como si la aplastaran en él. Se sentía vejada, humillada, casi enloquecida. Y no precisamente por el beso recibido, que si bien fue odioso e inmerecido, carecía de importancia, cuando algo más la agitaba. Y lo peor de todo es que no sabía qué cosa, qué hecho, qué causa se metía dentro de ella, para provocar aquella odiosa reacción silenciosa.

—Estoy… destrozada. Te aseguro que yo no esperaba eso… Me siento tremendamente desesperada.

—Pero todo lo ocurrido lo provocamos todas, incluyéndote a ti —dijo María.

—Eso es lo peor. ¿Qué hice? Cuando os vi allí, no pensé que Inés…

—Carol… estabas expuesta a eso.

Carol llevó los dedos a la frente.

Pasó una y otra vez aquellos dedos por el cabello, como si en la vida nada pudiera hacer mejor para despejar su mente.

Pero no la despejaba.

Todo había sido… de lo más odioso.

—¿Qué es lo que te duele más, Carol?

Eso era lo peor. No lo sabía.

Sabía tan sólo que se sentía encogida, menguada, avergonzada, odiosa.

—¿Qué va a ocurrir ahora… cuando nos veamos? ¿Qué dirán mis padres si se enteran?

—Cálmate.

—Es que no puedo.

—Tal vez Elías no diga nada.

—No creo que lo diga, pero… ¿dejo por ello de saberlo yo?

—No sé aún qué cosa o qué cosas te desesperan más, Carol. Lo ocurrido con Inés, lo que pasó en el cine, el beso que te dio delante de todas nosotras…

¡Quién lo supiera!

Sólo sabía que se sentía menguada como nunca. Que no le quedaban ganas de burlarse de nadie más.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.