El aire en el salón de los Silvela se podía cortar. Carol entró esperando el estallido, la recriminación, el juicio final. Se había preparado para que su padre gritara y su madre llorara de indignación al descubrir la farsa del cine. Pero lo que encontró fue algo mucho peor: desconcierto.
—Elías se ha ido —dijo su madre con una voz que parecía venir de muy lejos.
Carol se estremeció. Los interrogantes que vibraban en el aire la golpeaban como látigos. Su padre, Bernardo, caminaba por la estancia como una estatua que ha cobrado vida solo para sufrir.
—Vino pálido, desencajado… Parecía enloquecido —añadió su padre, mirando al vacío.
Carol se mordía los labios hasta sentir el sabor de la sangre. Quiso confesar, quiso gritar que la culpa era suya, que Inés era una víbora y ella una insensata, pero las palabras se le quedaban atascadas en la garganta. Sus padres hablaban entre sí, ignorándola, como si ella fuera un mueble más del salón.
—Nos rogó que no le dijéramos nada a su padre todavía —comentaba Lucía, con el pañuelo en la mano—. ¡Y no decía nada! Solo hacía sus maletas con una prisa febril.
—Tranquilízate, mujer —decía Bernardo intentando poner orden en el caos—. Nosotros nos portamos bien con él. Tal vez Elías ha sido injusto.
—No lo es —saltó Carol, con la voz quebrada.
Fue un grito ahogado, una confesión a medias que sus padres ni siquiera procesaron. Estaban tan absortos en la herida que les había dejado la marcha de aquel muchacho, a quien querían como a un hijo, que no podían ver la marca de la vergüenza en el rostro de su propia hija.
Elías se había marchado protegiéndola. Incluso después de aquel beso de odio, incluso después de haber sido humillado, su último acto en esa casa había sido de una nobleza aplastante: callar. No había dicho "Carol se burló de mí", solo había dicho "me voy". Al perdonarle la cara ante sus padres, la había condenado a vivir en una mentira que la asfixiaba.
Carol miró la puerta de la habitación de Elías, ahora cerrada. El silencio que emanaba de allí era el grito más fuerte que había escuchado jamás. Comprendió entonces que María tenía razón: ya no importaba el escándalo ni la revancha. Importaba que Elías se había llevado consigo la única verdad pura que Carol había tenido cerca, y ella misma la había arrojado a la basura por una broma de niñas ricas. Permanecía inmóvil en la penumbra de la salita, como si la oscuridad pudiera ocultar la marca invisible que el beso de Elías había dejado en sus labios. Se pasó los dedos por la boca, todavía sintiendo el rastro de aquella agresión desesperada. Había sido besada antes, claro, gestos ligeros y juveniles como los de Ignacio, pero aquello... aquello había sido una invasión, una respuesta salvaje a una burla cruel. Y lo más extraño, lo que más le dolía, era que no sentía el odio que debería sentir. Sentía algo mucho más profundo y devastador: respeto por la herida que ella misma había causado.
En el comedor, sus padres continuaban con su diálogo circular, ajenos a la tragedia que palpitaba a pocos metros.
—No fue correcta su actitud, Lucía —insistía Bernardo, herido en su sentido de la hospitalidad.
—No nos faltó al respeto, simplemente se fue —lo defendía su madre—. No es un crío, Bernardo. Si ha querido irse, tendrá sus motivos.
—¡Es que soy muy amigo de su padre! —exclamó él con frustración—. Precisamente esta tarde me llamó para pedirme que Carol pasara el verano con ellos en Candás...
Carol se hundió más en el sillón, sintiendo que un nudo le cerraba la garganta. ¿Ir a Candás? ¿Presentarse en la casa de Elías después de haberlo convertido en el hazmerreír de sus amigas? Sería un acto de cinismo que ni siquiera ella era capaz de cometer. El destino parecía burlarse de ella, ofreciéndole la entrada a ese paraíso asturiano justo cuando ella misma había quemado todas las naves.
—¿Dónde anda Carol? —la voz de su padre la devolvió a la realidad—. ¡Carol! ¡Carol!
Ella apareció en el umbral como una estatua de sal, pálida y rígida.
—Ya lo has oído todo, ¿no? —preguntó Bernardo, buscándola con la mirada—. No lo entendemos, hija. Ni tu madre ni yo entendemos qué le ha podido pasar a ese muchacho.
Carol los miró y, por un segundo, la verdad estuvo a punto de brotar como un torrente. Pero vio la honestidad en los ojos de su padre, la preocupación genuina de su madre, y comprendió que confesarlo ahora no solo la destruiría a ella, sino también la imagen que ellos tenían de la decencia. Prefirió cargar con el peso ella sola.
—Creo... creo que sí lo he oído —respondió con una voz que no parecía suya.
Se sentaron a la mesa, pero para Carol, aquel plato de comida era ceniza. Elías se había ido, protegiéndola con su silencio, y ese perdón no solicitado le dolía más que el más violento de los castigos. Se moriría de pena si lo dijera, pero sentía que se estaba muriendo de silencio por no hacerlo.
—Será mejor que comamos.
No pudo comer.
Sentía como si algo se le metiera en la garganta, impidiendo que pasaran los alimentos. Por eso se retiró en seguida, y por eso, ella, que no era ninguna llorona, al tirarse en la cama, estalló en un ronco sollozo.
El aire en el salón de los Silvela se podía cortar. Carol entró esperando el estallido, la recriminación, el juicio final. Se había preparado para que su padre gritara y su madre llorara de indignación al descubrir la farsa del cine. Pero lo que encontró fue algo mucho peor: desconcierto.
—Elías se ha ido —dijo su madre con una voz que parecía venir de muy lejos.
Carol se estremeció. Los interrogantes que vibraban en el aire la golpeaban como látigos. Su padre, Bernardo, caminaba por la estancia como una estatua que ha cobrado vida solo para sufrir.
—Vino pálido, desencajado… Parecía enloquecido —añadió su padre, mirando al vacío.
Carol se mordía los labios hasta sentir el sabor de la sangre. Quiso confesar, quiso gritar que la culpa era suya, que Inés era una víbora y ella una insensata, pero las palabras se le quedaban atascadas en la garganta. Sus padres hablaban entre sí, ignorándola, como si ella fuera un mueble más del salón.