—¿Se lo has dicho a tus padres? —Aún no. Se lo diré esta noche, si es que me atrevo. —Ellos te invitan, ¿no? Carol miró al frente. Las dos, ella y María, se encontraban en una cafetería. Tenían los libros sobre la mesa. Y bebían con lentitud un refresco. —Lo hizo el padre reiteradamente. Pero a mis padres nunca se les ocurrió que yo aceptaría. Por eso no se molestaron en hablarme mucho de ello. Me lo dijeron de pasada. La última vez, fue hace escasamente un mes. —¿No salen tus padres este verano? —Claro. Pero ellos se van a nuestra casita de la Sierra. Papá dice que prefiere eso al salitre…—miró al frente—. Yo iré a Candás, a poco que pueda. —¿No… has vuelto a verle? —No. —¿No volvió por vuestra casa? —No —breve y concisa. —¿Saben tus padres que estás… estás…? —¡Cállate! —Bueno, perdona. Pero… ¿lo saben o no? —No, claro. Nunca lo dije. —¿Siguen hablando con el padre? —Sí. . Por él sabemos que Elías se marcha la semana próxima a Candás. No aprobó aún. Creo que le falta un año por lo menos. Es decir, según el padre, atrasó bastante, y no sabe por qué. —Tú y yo sí que lo sabemos. Dime, Carol. ¿No has logrado su dirección? —No. —Pues, toma. Carol casi dio un salto. —¿Qué es eso? —La dirección de Elías. Puedes toparlo en la fonda de siete a nueve todos los días. Las demás horas no se halla en la fonda. —Pero… ¿por qué tú…? —Mi hermano es aficionado a la investigación —sonrió—, No me hagas caso, Carol. Si supiera que deseabas la dirección de Elías para mofarte de él, no te la daba nunca. Pero sé cuánto has sufrido en estos meses. Y nadie como yo para saber lo que te pasa… El hecho, además, de que nos hayamos apartado del grupo de antes… es significativo. Ni Inés, ni Elías, ni nadie, más que tú y yo e Ignacio. Además… para qué voy a engañarte. Ignacio me quiere y gracias a ti. Yo le quiero a él, pero tú estás enamorada de Elías. Y si no fuese así, Ignacio nunca se fijaría en mí. En fin… Carol tenía en la mano el papel con la dirección de Elías: Lo arrugó hasta hacerlo una bola. María susurró: —Mi hermano estudia en la misma clase que Elías. No hay misterio, Carol. Lo supe sin querer. Empezó un día a hablar de su amigo y compañero. Lo puso por las nubes. Yo me di cuenta después de que hablaba de Elías Argibay… y me fue fácil averiguar la dirección… Lo tienes en la calle de Sevilla. En una fonda para estudiantes maduros. —¿Qué hago? —Verle. Si se va la semana próxima, y sé que es cierto que se va a Candás a pasar las vacaciones, será mejor que te apresures. —¿Quieres decir que… debo ir hoy? —Yo creo que sí. —María… —Ve, Carol. Desahoga. Dile lo que te pasa. Después… —se alzó un poco de hombros—. Dios dirá. Dile también que piensas aceptar la invitación de su padre, para ir a pasar el verano allí, a Candás. Yo haría eso, ¿sabes? Quiero decir que iría a ver a Elías. Las cosas, ahora, ya se pueden discutir con más frialdad. Han pasado algunos meses. Él habrá olvidado aquello, o no, pero al menos que sepa que tú estás arrepentida y… —¿Pretendes que le diga que le quiero? —Puedes decírselo o callártelo, eso ya es otra cosa. De todos modos, yo me limito a darte la dirección. Haz lo que gustes. —Me lo dices de un modo… —Has cambiado —dijo María sensatamente—. Y de ello doy fe. De no haber cambiado, de ser la loca que fuiste, jamás te apoyaría. A mí no me gustan las mofas ni los bufones. Ni las irrealidades, Carol. Soy demasiado real y demasiado madura para tomar a broma cosas tan serias. Desde hace unos meses, desde que pasó aquello, yo sé que tú piensas de otra manera y sientes de otra manera. Es por eso que te ayudo. —¿Y si no quiere recibirme? —Da el nombre de tu madre. Esa sí que es una mentira piadosa, sin importancia. Cuando se desea lograr un propósito honrado. —María, me doy miedo… —Una vez le hayas pedido perdón… tal vez las cosas se arreglen. —¿Y si no me perdona? —Es que de momento no te va a perdonar, Carol, eso seguro. Tendrás que ganarte la confianza de Elías. —Nunca confiará en mí. —Prueba —y riendo—. Cuidado con el paleto, Carol. Ya ves lo que sin decirlo, sin notárselo, ha hecho contigo. —Jamás me creerá. Jamás admitirá que le quiero —No va a ser fácil, no. La criada la observó con desconfianza, como si aquella visita no encajara en la casa. —Nunca recibe a nadie —dijo, seca. Carol no mostró reacción alguna. Ni un pestañeo. —Soy amiga de su padre —respondió con calma—. Me llamo Lucía Silvela. Dígale que le traigo un mensaje. La mujer dudó unos segundos. Luego abrió apenas la puerta. —Espere aquí. La condujo a una salita estrecha, casi incómoda. Antes de salir, dejó una mano apoyada en la puerta, como marcando territorio. —Le avisaré. Hace un momento me llamó para recoger la ropa de la lavandería. Está haciendo las maletas. Se marcha mañana en el exprés. —Ah. La criada se fue. No volvió. Quien regresó fue Elías. Al verla, se detuvo en seco. Dio un paso atrás, como si la presencia de Carol le hubiera golpeado físicamente. —Te equivocas —dijo al instante, con una sonrisa torcida—. A ti no te habría recibido aquí. A ti te habría citado en mi cuarto. Carol sintió el impacto, pero no retrocedió. —Elías… no tienes derecho a hablarme así. —¿No? —avanzó un paso—. ¿Y tú sí tenías derecho a jugar conmigo? La cercanía era asfixiante. —Dime —insistió—. ¿Qué creíste que era yo? ¿Un idiota? ¿Un muñeco para entretenerte con tus amigas? —No fue así… —¿Quieres que te bese otra vez? —su voz bajó, peligrosa—. ¿Eso es lo que viniste a buscar? Carol abrió la boca, pero él no la dejó hablar. —Me enseñaste —continuó—. Me enseñaste a no creer, a no dar nada, a usar y largarme. Ahora ya sé cómo funciona. Ahora ya sé divertirme sin sentir. Como tú. —Elías, por favor, escúchame… —No —la cortó—. Esto es muy simple. O te vienes conmigo… o te largas. No gritaba. Eso era lo peor. Lo decía con desprecio limpio, sin temblor. Como una sentencia. Carol sintió que algo se rompía dentro. No miedo. Vergüenza. Una sensación amarga, como si de pronto se viera desde fuera… pequeña, expuesta, reducida a lo que él acababa de decir. Por eso caminó hacia la puerta despacio, como si cada paso pesara. —No me entiendes —murmuró. —Claro que te entiendo —rió—. Te entendí aquel día. A ti y a tu coro de imbéciles. —Ya no son mis amigas. —Ah —ladeó la cabeza—. ¿Se cansaron de ti? Ella se volvió entonces y lo miró. No fue una mirada desafiante. Fue algo peor: limpia, firme, sin lágrimas. Elías se quedó inmóvil, pero no cedió. La odiaba. Porque la había querido como no había querido nunca a nadie. Porque había puesto en ella todo lo que era, todo lo que creía ser. Y porque eso no le había servido para nada, salvo para convertirse en el chiste de una pandilla. Eso no se perdonaría jamás. —Adiós, Elías —dijo Carol—. Ya veo que has cambiado. No esperó respuesta. Salió. Elías se quedó solo. Alzó el brazo con rabia y agitó el puño en el aire, como si aquellas risas —las de antes, las de siempre— siguieran allí, burlándose de él.
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