Un Nerd en Mi Casa.

Capítulo 12

No tenía amigos en Madrid. No al menos lo bastante cercanos como para ir a despedirlo a la estación. Estaba frente al coche cama. Había elegido viajar durmiendo, como si así pudiera borrar los últimos meses. Ojalá no tuviera que volver nunca a Madrid. Ojalá pudiera olvidar. Empezar de nuevo. Enamorarse —si es que eso era posible— de una chica de Candás. Casarse. Formar una familia. Sacar la notaría. Irse a donde lo destinaran. Vivir una vida ordenada, limpia y previsible. Eso era lo suyo. Porque, dijera lo que dijera en un arranque de rabia, Elías era un hombre de costumbres, de proyectos a largo plazo. Aborrecía la vida de aventuras encadenadas, la ligereza con la que algunos se movían de cuerpo en cuerpo como si nada importara. Él quería una sola mujer. Un hogar. Permanencia. Por eso la odiaba. Porque durante unos días —muy pocos, pero intensos— había puesto en Carol todo su presente y todo su futuro. —Hola. Se giró de golpe. Ya estaba dentro del compartimento. El empleado del tren se alejaba por el pasillo cuando esa voz lo alcanzó. Se volvió como si lo hubieran empujado. Incluso dejó caer la chaqueta que llevaba al hombro. El calor era sofocante. —Tú. —He venido a despedirme —dijo Carol en voz baja. —¿Debo darte las gracias? —respondió él, frío—. ¿O emocionarme por tu gesto? —He venido a explicarme —dijo ella, con una firmeza que parecía ensayada durante horas—. Te guste o no. Y escucha bien: si decides no oírme, me voy contigo. Dejo que el tren salga y me subo. Porque tienes que saber algo más. No le dio tiempo a interrumpirla. —Tus padres me han invitado a pasar el verano en Candás. Y he aceptado. Elías explotó. Alzó el brazo en un gesto brusco, inútil, como si quisiera arrojar todo lo que llevaba dentro contra las paredes del vagón. Pero no había nada que romper. —Digas lo que digas —continuó Carol, casi sin respirar— voy a Candás. No hoy contigo, porque sé perfectamente que ahora mismo podrías empujarme fuera. Pero mañana tengo billete. Aquí está. Se lo mostró. Elías intentó arrebatárselo, pero perdió el equilibrio y acabó sentado. —Y necesito que sepas algo más —siguió ella, con la voz ya temblando—. Al principio me burlé de ti. Sí. No voy a negarlo. Pero eso cambió. Y aquella noche… mis amigas no tenían nada que ver. Yo no quise que intervinieran. —Basta. —No —alzaba la voz—. Sólo hablé con María. Ella fue quien me dio tu dirección. Y lo hizo porque sabía… —Te he dicho que basta. —No me importa lo que digas —lo miró de frente—. Ahora importa lo que siento yo. Luego puedes pensar de mí lo que quieras. Pero no voy a callarme. —Si no te callas… —¿Qué? —lo desafió—. ¿Te da miedo oírlo? ¿Te da miedo admitir que sigues sintiendo algo? ¿De verdad quieres convencerme de que ya no me quieres? Elías se levantó de golpe. La sujetó por la muñeca con una brusquedad que no le reconocía ni él mismo. —¿A qué has venido? —escupió—. ¿A provocarme? ¿A besarme otra vez? ¿Eso es lo que haces con todos? Se detuvo. Respiraba con dificultad. Por un segundo, Carol creyó que iba a perder el control por completo. Y entonces la atrajo hacia sí y la besó. Fue un beso torpe, furioso, lleno de reproche. Como si quisiera cobrarse algo pendiente. Carol no se apartó. Abrió los labios sin pensar. Y eso lo descolocó aún más. La empujó contra el mamparo y se apartó de golpe. —Así es como actúas —dijo con desprecio—. ¿Te gustan los besos, eh? —Los tuyos —respondió ella. —Eres una… —No lo digas. —¿Qué estás haciendo ahora? —la miraba como si no la reconociera—. ¿Qué pretendes? Carol retrocedió hasta la puerta. El tren pitaba. La salida era inminente. —He entendido algo —dijo con voz baja pero firme—. Sigues enamorado de mí. Y yo… no sé cuándo ni cómo, pero también lo estoy. Llámame lo que quieras. Piensa lo que te dé la gana. Pero voy a Candás. Y si no quieres verme allí, tendrás que huir. Se giró. —Y ve pensando qué le vas a decir a tu padre cuando pregunte por qué, si llego después de ti, no viajé contigo hoy. Salió corriendo por el pasillo. Saltó al andén cuando el tren ya arrancaba. Elías alzó el puño en el aire, furioso. —Enamorada de mí… —murmuró con desprecio—. Ya. Pero luego se llevó los dedos a la boca. Aún sentía el calor de aquel beso. Apretó los dientes. —¿Soy idiota? —se dijo—. ¿Voy a caer otra vez? Se presionó las sienes con los puños. Le dolían. Pensar en Carol en Candás lo desbordaba. —No… —susurró—. No. Pero el tren ya avanzaba, y con él, una certeza que no quería admitir. Sebastián y Paula observaban a su hijo como si hubiera llegado con una cabeza de más. Elías acababa de dejar la maleta en el porche, aún con el polvo del viaje pegado a los zapatos, y ya estaba recibiendo ese silencio espeso que en las familias anuncia tormenta. Concha, estirada al sol en una tumbona del jardín, levantó la barbilla por encima de las gafas de sol. No se incorporó, pero su expresión era la misma que la de sus padres: curiosidad mezclada con sospecha. —No lo entiendo —tronó Sebastián, con su voz de hombre acostumbrado a que le escuchen—. Carol llega mañana… y tú apareces hoy como si nada. Así, tan tranquilo. —¿Y qué esperabas que hiciera? —respondió Elías, encogiéndose de hombros. —Pues, no sé… —Sebastián gesticuló—. Que no te fueras de su casa lo entiendo. Me dolió, pero lo entiendo. Lo que no entiendo es que sabiendo que viene mañana, tú te plantes hoy aquí como si no pasara nada. —¿Quién os mandó invitarla? —saltó Elías—. Es una chica de ciudad. De Madrid. Está acostumbrada a ir de moderna, a llamar la atención, a vestir como si el mundo fuera una pasarela. —¿Y eso qué tiene que ver con la educación? —le cortó el padre—. ¿Te crees que en Candás vivimos en el siglo pasado? Aquí también hay chicas guapas, y muy sueltas, por si no te has dado cuenta. Lo que no hay es mala educación. Paula, que llevaba un rato callada, intervino con suavidad, como quien pone una mano en el pecho antes de que alguien se desboque. —Elías… ¿te pasa algo con ella? Él se irguió, a la defensiva. —¿A mí? ¿Por qué iba a pasarme algo? —Porque te estás poniendo muy nervioso —dijo Concha, divertida—. Y dicen que Carol es guapísima… y tú siempre has tenido fama de gallito. —¿Gallito yo? —Basta —ordenó Sebastián—. Aquí no estamos hablando de ligues ni de tonterías. Yo invité a la hija de mi amigo, y ella aceptó. Y en esta casa se recibe a la gente con educación. Si ha habido algo entre vosotros, te lo guardas. Aquí mando yo. Y mañana te levantas temprano y te vas a Avilés a buscarla. —¿Yo? —Sí, tú. —Ni hablar. —Déjalo, papá —intervino Concha—. Voy yo. —Tú no conduces ni para ir a por el pan —replicó Sebastián—. Va él. —Os digo que no… Elías se marchó refunfuñando hacia la casa, dejando atrás una nube de mal humor. Paula y Sebastián se miraron. —No os rompáis la cabeza —dijo Concha, incorporándose por fin y sacudiéndose la hierba del pantalón corto—. Lleváis todo el invierno preguntándoos por qué Elías se fue de repente de casa de Bernardo y Lucía. Pues ya tenéis la respuesta. —¿Cuál? —preguntó Sebastián. —Papá… —Concha sonrió—. ¿Es que no fuiste joven? Sebastián miró a su mujer. —¿Tú entiendes algo, Paula? —Creo que sí —respondió ella despacio—. Y por si acaso, no envíes a Elías mañana. —¿Cómo que no? En mi casa la educación… —Ya hablaremos, Sebastián —lo cortó ella levantándose—. Tenemos todo el día para hablar. —Convéncelo, mamá —dijo Concha—. Iré yo. —Tú no —repitió Paula. —Pero… —No. Sebastián se quedó pensativo unos segundos… hasta que cayó en la cuenta. —Ah —dijo—. ¿Queréis decir que se pelearon porque Elías se enamoró? —¿Y por qué no ella de él? —replicó Concha. Sebastián soltó una carcajada. —Porras, claro que sí. Aquí tu hermano siempre ha tenido éxito. No veo por qué las madrileñas iban a ser distintas —y de pronto, entusiasmado—. Oye, pues no estaría nada mal… Que uno de mis hijos se casara con la hija de Bernardo… Me gusta. Se irguió, sentenciando: —Digáis lo que digáis, salvo que a Elías le dé una pulmonía fulminante esta noche, mañana irá a Avilés a buscar a Carol Silvela. ¿Entendido? La discusión continuó durante la cena. Elías protestó, golpeó el aire con el puño, masculló improperios… todo inútil. A la mañana siguiente subió al coche de su padre camino de Avilés, rezongando, maldiciendo y jurando que aquello era un error monumental. Aunque, muy en el fondo, una parte de él —pequeña, traidora— estaba peligrosamente complacida. En Madrid mandaba ella. Pero en Candás… en Candás mandaba él. Y sólo él.




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