Un Nerd en Mi Casa.

Capítulo 13

Elías sabía exactamente dónde encontrar a Beatriz Monforte a esas horas. Eran poco más de las siete y media cuando redujo la velocidad al pasar frente a la biblioteca. No era especialmente religioso, nunca lo había sido, pero aquella mañana necesitaba a Beatriz. Y Beatriz, a esa hora, siempre estaba allí. Aparcó sin pensarlo demasiado. Si no hubiera ido a Madrid, si no hubiera conocido a Carol Silvela, probablemente acabaría casándose con ella. Con Beatriz. Era lo lógico. Lo cómodo. Lo esperado. Pero siempre hay una víctima colateral. Y él sabía que Beatriz lo sería. No porque no la apreciara —eso sería demasiado simple—, sino porque jamás llegaría a quererla como se debe querer a una mujer para compartir la vida. Tendría que cambiar el mundo entero para que él cambiara lo que sentía. Y aun así… allí estaba. Entró en la biblioteca La vio enseguida: arrodillada en uno de los primeros bancos, la cabeza ligeramente inclinada, las manos juntas con una devoción que a él siempre le había producido una mezcla incómoda de ternura y distancia. —Beatriz —susurró. Ella giró la cabeza de inmediato. —Elías —respondió en el mismo tono, sorprendida. Se levantó y caminó hacia él con una sonrisa sincera, de esas que no se ensayan. —No sabía que habías vuelto. —Llegué ayer —dijo—. No salí de casa. —Ya… —lo miró con atención—. ¿Cómo estás? Concha me dijo que no sacaste las oposiciones. —No eran fáciles. Otro año será —le apretó la mano un segundo más de lo necesario—. ¿Sales un momento? Mientras tiraba suavemente de ella hacia la puerta, pensaba solo en sí mismo. Soy un cerdo. Un falso. Un cobarde. Pero ahora mismo la necesito. Beatriz lo observó con detenimiento. —Te pasa algo —dijo—. Tienes cara de conspirador. —Llega una chica hoy —explicó—. La hija de un amigo de mis padres. Voy a Avilés a buscarla. Llega en el expreso de la mañana. Me gustaría que vinieras conmigo. Beatriz parpadeó. —¿Contigo? —Sí… Hace tanto que no nos vemos. Ella lo miró con una mezcla de reproche y tristeza. —Dijiste que me escribirías, Elías. Y no lo hiciste. —Lo sé. Perdóname. Ya sabes cómo soy cuando me pongo a estudiar… —bajó la voz—. Pero que no te haya escrito no significa que me haya olvidado de ti. Eso quiero que lo sepas. Ella dudó, `pero finalmente subieron al coche. Era una chica hermosa. Joven, más o menos de su edad. Rubia, de ojos azules claros, con una belleza tranquila que no necesitaba imponerse. Beatriz no deslumbraba al entrar en una habitación, pero bastaba con que se quedara un rato para que todo pareciera más sereno. De esas que no te arrebatan el corazón de golpe, ni te lo incendian, pero te lo cuidan. No despertaría una pasión desbordada, de las que hacen perder el juicio, pero sí algo mucho más duradero: una ternura firme, constante, capaz de sostener una vida entera. Beatriz era el tipo de mujer con la que se construye un hogar sin darse cuenta. Con la que los días transcurren sin sobresaltos, con equilibrio, con una felicidad discreta y profunda. Y eso era, precisamente, lo que hacía que todo resultara tan triste. Porque Elías sabía —lo sabía con una certeza incómoda— que nunca sentiría por ella lo que sentía por Carol. Nunca esa sacudida brutal, esa mezcla de deseo, rabia y necesidad que lo descomponía por dentro. Con Beatriz no habría incendios. Habría paz. Una verdadera lástima. Ojalá no hubiera ido nunca a Madrid. Ojalá lo hubieran destinado a cualquier otro lugar de España. A cualquier sitio… menos a la casa de aquellos amigos de su padre. —¿Qué tal por Madrid, Elías? —preguntó Beatriz con naturalidad, rompiendo el silencio del coche. —Bueno… ya sabes cómo es —respondió él—. Enorme. Uno se pierde con facilidad. La gente va a codazos. Si no espabilas, te aplastan en cualquier esquina y nadie se detiene a ayudarte. Al principio yo iba como un tonto, dejando pasar a todo el mundo, encajando empujones y codos en el estómago. Pero al final aprendes. Ahora soy yo el que clava los codos. —Supongo que allí hay que hacerse fuerte —dijo ella con suavidad. —O te hacen papilla. Beatriz sonrió apenas. —¿Y de amores? —preguntó de pronto. Elías sintió un pinchazo seco en el pecho. —De eso… nada. Ella lo miró fijamente, con una atención tan directa que lo puso nervioso. Elías apartó la vista y se concentró en el volante, ajustándolo innecesariamente, como si necesitara hacer algo con las manos. No quería que Beatriz entrara ahí. No quería que adivinara. Y, sobre todo, no quería que se sintiera utilizada. —¿Quién es la chica que vamos a buscar? —insistió ella. —La hija de unos amigos de mis padres. —Pero la conoces. —Bah… de pasada —dijo con ligereza forzada—. Estuve unos meses en su casa. Luego me fui. Me aburría. Cuando uno va a Madrid necesita libertad, ¿no te parece? Ser uno mismo. Ya que sales de tu propio hogar, no tiene sentido meterse en otro prestado. —Era un hogar, al fin y al cabo —dijo Beatriz sin discutir. —Sí, pero no era el mío —respondió él, y enseguida cambió de tema—. ¿Y tú? ¿Tienes novio? —No —contestó ella con firmeza—. Claro que no. Elías la miró de reojo. —Estás muy guapa, Beatriz. Ella frunció levemente el ceño. —No empieces con tus cosas, Elías. Ya sabes que no me gusta. —¿El qué? —Que te burles de mí. Él no respondió. Lo que hacía —y lo sabía— era mucho peor. Estaba fabricando un pretexto. Un gesto calculado. Una pequeña venganza mezquina destinada únicamente a fastidiar a Carol. A herirla donde más dolía. A hacerle sentir, aunque fuera por unos minutos, lo mismo que él había sentido durante semanas: inseguridad, desorientación, humillación. A Beatriz la estimaba. Era una buena amiga. Le tenía afecto sincero. Pero no la amaba. Y aun así, consciente de que ella sí lo amaba, Elías se permitió lo imperdonable: utilizar ese sentimiento limpio como herramienta. Como un objeto. Como un arma pequeña, pero eficaz, para provocar celos, incomodidad y rabia en la madrileña. Que Dios lo perdonara, pensó con un punto de amargura. Porque él, desde luego, no pensaba perdonarse. Por eso empezó a hablar de banalidades. De nada. De cualquier cosa. Para acortar el trayecto, entretener a Beatriz y, sobre todo, evitar que ella sospechara que estaba siendo usada. Si lograba mantener la conversación en la superficie, tal vez nadie saldría herido. O eso se decía. El expreso con destino a Avilés, procedente de Oviedo, entraba en ese instante en la estación. Elías lo vio de reojo. Vio frenar los vagones. Vio a los viajeros asomarse. Vio el movimiento nervioso de los maleteros. Y aun así, agarró a Beatriz del brazo. —Ven —dijo—. Vamos a mirar revistas. La condujo hasta el quiosco como si el tren no hubiera llegado, como si el tiempo no corriera. —Creo que el tren ya está aquí, Elías —dijo Beatriz, inquieta. —Mira esta revista de modas —respondió él—. ¿Te gusta? ¿Quieres que te la compre? Mientras hablaba, con el rabillo del ojo observaba el andén. Los pasajeros descendían. Las maletas aparecían. Los maleteros se hacían cargo del equipaje. Que Carol se viera sola. Que cargara con sus propias maletas. Que sintiera, al menos una vez, lo que era no ser esperada. —Elías… el tren ha llegado —insistió Beatriz, tirando suavemente de su chaqueta. —Sí, sí… ahora vamos. Pidió entonces, con una calma estudiada: —Deme todos los periódicos del día. —¿Los de la provincia, señor? —preguntó el quiosquero, sorprendido. —Todos. Voluntad. El Comercio. La Región. La Nueva España. La Voz de Asturias. Uno a uno, el hombre los fue contando y entregando, cada vez más extrañado. Mientras tanto, Carol permanecía en mitad del andén. Rodeada de maletas. Del maletín. Del bolso colgado del hombro. Miraba a un lado y a otro... ¿Cómo podían haberla dejado sola? ¿Cómo podían haberse olvidado de ella? Hacía frío. En Madrid el calor era sofocante, pero allí el cielo estaba cubierto de una niebla espesa, y la polución teñía el aire de un gris oscuro, casi triste. —Elías —se sofocó Beatriz—. No queda casi nadie en la estación. —¿Ah, no? —dijo él, fingiendo sorpresa—. Vamos entonces. Pagó sin prisas. Colocó los periódicos bajo el brazo. Tomó a Beatriz de la mano y avanzó. Despacio. Ya veía a Carol con claridad. Entre las maletas. Desorientada. Un maletero le hablaba. Seguro que le preguntaba adónde iba, si necesitaba ayuda. Elías se humedeció los labios. Estaba furioso. Pero también —maldita fuera su debilidad— no pudo evitar mirarla como si la desnudara con los ojos. Estaba guapa. Mucho. El conjunto deportivo Rodier le sentaba de maravilla. Pantalón blanco, casaca corta a juego, chaqueta de punto sobre los hombros. El cabello suelto, brillante, no muy largo. —¿Es esa? —preguntó Beatriz, señalando a la única persona rodeada de equipaje. —Déjame cambiar de gafas —sonrió él con una flema irritante—. A ver… Sí. Es ella. ¡Qué despiste el mío! Se detuvo frente a Carol. —Hola, chica. Carol se volvió bruscamente. Miró a Elías. Miró a Beatriz. Se mordió los labios. —Pensé —dijo en voz baja, casi siseando— que me habíais dejado aquí. —Ernesto —ordenó Elías al maletero—. Carga con todo y llévalo a mi auto. Luego, excesivamente amable: —¿Te apetece tomar algo antes de irnos a Candás? Carol miró a Beatriz. —Ah —añadió él, como si acabara de recordarlo—. Perdona. Beatriz Monforte, una amiga de siempre. Beatriz, esta es Carol. Nuestros padres hicieron la mili juntos. —Encantada —dijo Beatriz. Carol tuvo ganas de morderla. —Desayunaré —dijo por fin—. Si me invitas. —Claro. Caminaron detrás del maletero. —Toma —dijo Elías entregándole las llaves—. Ya conoces el coche. —Claro, Elías. —Pon todo dentro y tráeme las llaves a la cafetería. Luego, hacia Carol: —En Madrid hará un calor infernal, ¿no? —Tú lo sabes mejor que nadie. Saliste anteayer. —Cierto —respondió él, inflando el pecho—. Aquí se vive mejor. Julio es perfecto. Entraron en la cafetería. Carol apretaba los dientes. Se arrepentía de haber ido. Mucho. Quizá sus padres tenían razón. ¿Para qué un verano en Candás, teniendo la Sierra, piscina, frescor? —Hay playas preciosas por aquí —seguía hablando Elías—. Avilés, Gijón, Candás… Al menos hay mar. Rió. —Cuando uno nace junto al mar, Madrid se vuelve insoportable. Se sentaron. —¿Qué vais a tomar? —Café —dijo Beatriz. —Té —murmuró Carol. Estaba guapísima. Eso sí lo veía Elías con claridad brutal. Y cuanto más guapa la veía, más odio sentía. Por ella. y por él mismo. Desayunaron casi en silencio. Elías llenaba el vacío con palabras inútiles. El regreso a Candás fue rápido. Y al dejar a Carol con sus padres, dijo, sin mirarla: —Ahora me voy con Beatriz.




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