Un Nerd en Mi Casa.

Capítulo 14

Concha le mostró la habitación con una sonrisa tranquila, casi orgullosa. —Era la de Marta —explicó—. Pero se casó y vive lejos ahora. Carol dejó la maleta junto a la cama y miró alrededor. Todo estaba demasiado ordenado, demasiado limpio. Una habitación que ya no pertenecía a nadie, prestada. —Así que estáis solos con vuestros padres… tú y Elías —dijo, sin convertirlo en pregunta. Concha asintió. —Sí. Este verano no creo que venga nadie más. Gerardo aparece de vez en cuando. Pepe está fuera ejerciendo, y como se ha casado hace poco… con Rita embarazada, menos todavía. Carol dudó un segundo antes de hablar. Cuando lo hizo, la voz le salió neutra, casi despreocupada. —Esa chica… Beatriz. ¿Es la novia de Elías? Concha lo notó al instante. Algo pasaba ahí. Y no era pequeño. —Son amigos de siempre —respondió con naturalidad—. Aunque ya sabes… muchos noviazgos empiezan así. No sé en qué acabará lo de Beatriz y Elías. Hizo una pausa mínima, lo justo para medir sus propias palabras. —Mi hermano es un poco escurridizo. Sale con unas, invita más a otras… pero comprometerse, lo que se dice comprometerse, no lo hace con nadie. Carol levantó la vista. —Nunca… tuvo novia. —No —confirmó Concha—. Novia, no. Amigas… todas. Sonrió, como quitándole importancia. —Bueno, te dejo. Querrás darte un baño, descansar un poco. Aquí lo tienes todo. Cerró la puerta con suavidad. La casa era bonita. Más que bonita: tenía ese aire de hogar antiguo y sólido, de lugar donde las cosas permanecen. Un pequeño palacete, con un jardín amplio y una huerta llena de árboles frutales que prometían sombra y veranos largos. Carol se quedó quieta unos segundos. Luego se acercó a la ventana. Desde allí se veía el muelle al fondo, los bares, las barcas varadas sobre la arena. La niebla comenzaba a disiparse y el sol, poco a poco, se abría paso con una claridad casi insultante. Todo parecía tranquilo. Sintió unas ganas repentinas de salir corriendo. De huir. No sabía si de aquel lugar, de sí misma, de la situación… o de Elías. ¿Cómo había tenido valor para ir a esperarla a la estación acompañado de otra mujer? Apoyó la frente en el cristal frío. Candás no era Madrid. Y aquí, lo intuía, no iba a poder esconderse de nada. Lo vio desde la ventana. Primero la silueta cruzando la calle, luego el sonido metálico suave de la verja al abrirse y, por último, su figura internándose en la huerta como si aquel lugar le perteneciera desde siempre. Llevaba pantalón azul y una camisa blanca remangada hasta los codos. Nada especial. Y, sin embargo, todo en él parecía distinto. Más seguro. Más suyo. Las gafas oscuras le ocultaban los ojos y el cabello, seco por el sol y el salitre, le caía despreocupadamente sobre la frente. Ese hombre no era el mismo al que ella había ridiculizado. Ni el mismo al que había besado. Ni el mismo que la había besado a ella. Cerró los labios con fuerza. No se miró al espejo. No se cambió. No se duchó. Como si cualquier pausa pudiera enfriar algo que ya ardía demasiado. Salió de la habitación, cruzó el pasillo sin encontrarse con nadie. Oyó voces en el salón de la planta baja, risas apagadas, conversaciones que no le interesaban. No había ido a Candás para conocer a nadie. Salió al jardín. Todo estaba cuidado con una pulcritud casi ofensiva: la hierba recortada, los árboles alineados, la huerta cargada de fruta madura. Y allí, bajo uno de aquellos árboles, estaba él. Elías yacía tumbado sobre la hierba, las manos entrelazadas bajo la nuca, fumando con una tranquilidad casi provocadora. Como si nada. Como si ella no estuviera allí. Se acercó sin hacer ruido. —Te vas a enfriar tumbado sobre la hierba húmeda —dijo. Elías se movió, giró sobre sí mismo y quedó de lado, mirándola. Carol ya se había sentado junto a él. —Mi familia cree que estás durmiendo —dijo con una media sonrisa burlona. —Estás distinto, Elías. —¿Ah, sí? —Tienes cara de sádico. Él soltó una risa breve. —Si no puedes ver mis ojos… Apuesto a que ni siquiera sabes de qué color son. —No lo sé. —Marrones. —Nunca vas a creerme, ¿verdad? —Nunca. Carol tragó saliva. —Ni siquiera si te digo que he venido a Candás por ti. —No te humilles. —Es lo que quiero. Humillarme. Yo me burlé de ti antes. Así que, si ahora me humillas tú, estás en tu derecho. No creyó en aquella humildad repentina. Por eso se incorporó y se sentó frente a ella, demasiado cerca. Se quitó las gafas despacio, las limpió con un pañuelo y entonces Carol vio sus ojos. Marrones, sí. Grandes. Intensos. Con una mirada fija, dura, casi violenta. —Carol, márchate —dijo—. Vuelve a Madrid. —Aún no me conoces. Claro que la conocía. Y estaba preciosa. Y lo había herido. —No eres capaz de creer en mí. —No. Intentó levantarse, pero Carol le sujetó la mano. El contacto los dejó peligrosamente cerca. Elías volvió a ponerse las gafas y murmuró, con la voz ronca: —Ten cuidado. No soy ningún Nerd ingenuo. —Estás enamorado de mí. —¿Otra vez con eso? —¿Acaso dejaste de estarlo alguna vez? —Ni en mi propia casa voy a respetarte —dijo con frialdad—. Por eso te digo que será mejor que te marches. No me gustan las mujeres que persiguen a los hombres. ¿Te queda claro? Intentó soltarse, pero Carol, al arrodillarse en la hierba, se inclinó aún más hacia él. —¿Qué tengo que hacer para que me creas? Estuvo a punto. Su voz era un susurro cargado de algo casi doloroso. La había besado dos días antes, en un coche-cama. Iba a besarla otra vez… si no huía. Se levantó de golpe. Carol también. Quedaron frente a frente, apoyados contra el tronco de un manzano. Una manzana se desprendió de la rama y rodó hasta los pies de ella. —Oh… —murmuró Carol. Elías aprovechó ese segundo. —Ahí te quedas —le gritó mientras se alejaba—. Espero que tengas el pudor suficiente para no buscarme más. Aquí tengo mis amigos y no pienso presentarte a nadie. Cuando te aburras, te largas. Y en paz. Desapareció entre los árboles. Carol se quedó inmóvil. Quizá estaba pagando demasiado cara una broma absurda. Quizá debería volver a Madrid. Pero no. Le quería. Estaba segura. Y se quedaría allí, le pesara lo que le pesara a Elías. Regresó a la casa, subió a su habitación sin ser vista y se duchó por fin. Durmió hasta el mediodía, cuando Concha llamó a su puerta. —Bajo en un segundo. —Te esperamos en el comedor. La pregunta salió sola. —¿Elías no está? —No. Se ha ido a la playa con su pandilla. Y Carol supo que aquello solo acababa de empezar. Arturo lanzó un silbido largo, descarado. Elías, que estaba a medias en una conversación irrelevante con Leonor, se giró de golpe. —¿Qué demonios te pasa? —gruñó. Arturo ni siquiera lo miró. Tenía los ojos clavados en una mujer que avanzaba por la arena, enfundada en un maillot negro que parecía hecho a propósito para que nadie mirara a ningún otro sitio. —Mira eso… —dijo—. ¿Será sueca o qué? Elías sintió el golpe seco en el estómago antes de que la sangre le subiera al rostro. Carol. Guapísima. Demasiado. Firme, morena, segura. Caminaba despacio, sin prisa, como si la playa entera le perteneciera y el resto solo fueran figurantes. Cerró los ojos un segundo. —Voy a su encuentro —anunció Arturo, ya medio levantándose. Elías reaccionó sin pensar. Le lanzó la mano y le agarró el tobillo con fuerza. —Ni se te ocurra. —¿Pero qué te pasa? ¿Estás loco? —Es la chica que está en mi casa —dijo Elías, con la voz baja, áspera—. Déjala en paz. El comentario cayó como una bomba. Leonor, Beatriz, Juan… todos hablaron a la vez. —Pues tráela con nosotros. —No puedes tener a una chica así escondida. —Eso no es justo. —Déjala divertirse, hombre. Carol pasó no muy lejos. Se colocó el gorro de baño con un gesto lento, consciente de cada mirada. No miró a Elías. Eso lo enfureció aún más. —No tengo derecho a manejar su vida —masculló—. Ella hace lo que le da la gana. —Entonces no te pongas así —se burló Arturo, poniéndose en pie—. Si tú no la presentas, me presento yo. Eso no. Arturo no. Precisamente Arturo no. —Ni se te ocurra —ordenó Elías—. Para ti es territorio prohibido. —Eso tendrá que decirlo ella. —Arturo… Demasiado tarde. Arturo ya bajaba por la arena, decidido, sonriente. Elías se quedó clavado, viendo cómo se acercaba a Carol, cómo hablaban, cómo ella no se apartaba. —Este la conquista —dijo Juan—. Ya verás. Elías notó el calor subirle por el cuello. No podía soportarlo. Y sí, lo sabía, la culpa no era de Arturo. Ni siquiera de él. Era de ella. De aparecer así. De moverse así. De existir así. No quiso ser justo. No podía serlo, no cuando la deseaba con una intensidad que le daba rabia admitir. —Mira —dijo alguien—. Se tiran al agua. Elías se levantó de golpe. —¿Te vas? —preguntó una de las chicas. Al demonio, pensó. —Voy a darme un baño. Nadó con furia. Como si el agua pudiera apagar algo. Pero no. Vio enseguida que Carol nadaba con soltura, elegante, potente, dejando atrás a Arturo sin esfuerzo. Aquello lo decidió. Aceleró, la alcanzó justo cuando ella se encaramaba a una roca. —Nadas muy bien —dijo, con una sonrisa que no era sonrisa. —Sin gafas pareces más joven —replicó ella, igual de afilada—. ¿De dónde has sacado a tu amigo? Elías se subió a la roca, salpicando agua, sentándose demasiado cerca. —¿Te gusta? —No está mal. —Ten cuidado. —¿Yo? —rió Carol, mostrando los dientes—. Qué exagerado eres. Elías sintió ese maldito vértigo. Esa mezcla de deseo y rabia. No quería mirarla tanto. Pero no podía dejar de hacerlo. Mojada, el traje marcándolo todo, segura de sí misma. —¿Lo consideras peligroso? —preguntó ella de pronto, seria. —Para ti, sí. —¿Por mi inexperiencia? —Por tu juventud —respondió—. Inexperta… no creo. —No sabes nada de mí. —¿Y si quisiera saberlo? La pregunta salió cargada de algo oscuro, impaciente, y casi violento. Carol no contestó. Simplemente se lanzó al agua, dejándolo solo sobre la roca, con el deseo ardiéndole bajo la piel y la certeza de que había perdido el control hacía rato.




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