No regresó a casa en todo el día. Cuando por fin entró por la puerta aquella noche, se topó con Concha. —Me miras —dijo nada más cruzar la puerta— como si fuese un condenado. —No te miro por eso —replicó ella, serena—. Carol se fue. Elías se quedó paralizado, como si el mundo se le hubiera descuajaringado. —¿Se fue… en un taxi? —balbuceó. —Sí —dijo Sebastián detrás de él—. Lloraba, Elías. No tuve más remedio que llamar a Bernardo a la Sierra. No me gusta esto. —¿Esto… qué? —Pareces tonto —intervino la madre, apareciendo tras él—. Sólo repites lo que te dice tu padre. Elías respiró hondo. ¿Qué pasaría si les confesara que se había burlado de ella, que se había ensañado, que había jugado con su paciencia y sus sentimientos? Nada. Su padre y su madre se reirían; Concha lo llamaría incauto. —Está bien —dijo finalmente, intentando imponerse a sí mismo—. Que se vaya. Mejor. Más tranquilos nos quedamos todos. Y se retiró a su cuarto. Intentó dormir pero sus ojos permanecieron abiertos, fijos en el techo. Su mente no descansaba; daba saltos, giraba sobre sí misma, revolviendo recuerdos, besos, palabras y silencios, hasta hacerlo temblar con la cama y todo lo que la rodeaba. A primeros de octubre regresó a Madrid. Llevaba el encargo de visitar a Bernardo y Lucía, portando una caja de langostas. Nunca había entregado un regalo con mayor satisfacción. Al llegar, se encontró con el matrimonio, animado, deseoso de noticias de sus viejos amigos. Pero no con ella. Lucía suspiró y dijo: —Lástima que no puedes ver a Carol. Está más apática esta temporada. Desde que volvió de Candás este verano, anda distraída. Por eso la enviamos al extranjero. Quiere ser azafata y la mandamos a Irlanda a perfeccionar inglés. El mundo de Elías se desplomó en un instante. Nunca supo cómo pudo soportar el otoño, ni cómo decirse a sí mismo que había dejado que todo eso sucediera. —Dejó los estudios… —susurró. —Sí —confirmó Lucía—. Dijo que se cansó de estudiar y que prefiere colocarse. De todos modos, no volverá hasta el verano. ¡Qué invierno! ¡Qué invierno tan largo! ¡Qué invierno tan vacío y cruel! Pero cuando llegó el verano, no tuvo pretexto para ir a ver a los Silvela y no fue. Regresó a Candás con un nuevo fracaso. Tanto, que le dijo a su padre: —Yo no sigo. Me voy a colocar de asesor jurídico en una empresa. —Tú sigues para notario, quieras o no —le cortó Sebastián. Fue un verano odioso. Candás parecía empeñado en torturarlo: encerrado en la notaría de don Tomás, o estudiando en su casa. Su única escapatoria era imaginar que un día se iría al extranjero, o al fin del mundo, o que simplemente se moriría. Al finalizar el verano, regresó a Madrid. No llevaba ningún encargo para los Silvela. Cuando su padre le habló de ello, se negó en redondo. Prefería antes morirse que verla a ella, tal vez comprometida, tal vez casada, tal vez… lo que fuese. Otro invierno más pasó. Y al finalizarlo e iniciarse el verano siguiente, finalmente sacó plaza de notario. Sería destinado a un pueblo diminuto, cercano a Madrid. Entonces decidió celebrarlo dando un voleo lejos de España. —Abróchense los cinturones. Elías giró la cabeza. ¿Carol? Ahí estaba. Ella, al tropezar con aquellas gafas ahumadas, se acercó impulsiva. —Elías… tú… —Hola —balbució él, atónito. —Tanto tiempo sin verte… —Sí —parecía alelado—. He sacado… la notaría. Me quedo cerca de Madrid. Ahora voy a Londres. —Te veré allí. El viaje fue corto, pero a él le pareció interminable. La vio de inmediato al aterrizar. Vestía aún el uniforme de azafata. Linda, más madura. Más… esbelta. Más mujer. Más todo. La agarró del brazo con un ademán posesivo. —No esperaba toparme contigo, Elías —dijo Carol, con la voz baja. La apretó más contra sí. —¿Cuándo viajas de regreso? —Esta tarde. Elías respondió impulsivo: —Yo también. —¿Qué dices? —Que vuelvo a Madrid. —Pero… —Contigo, Carol —y la besó largamente, con una mezcla de desesperación y necesidad contenida. —¿Tienes novio? Carol se colgó zalamera de su brazo, como aquella vez. Se empinó sobre la punta de sus pies. —Sí, Elías. Tengo aquel novio Nerd de Candás. La cerró contra sí, buscó su boca con urgencia y la besó como un hombre que necesitara recuperar meses de espera, de deseos contenidos. Carol elevó los brazos, enredó sus dedos en el cabello de Elías, abrió los labios y respondió con la misma intensidad. El mundo desapareció a su alrededor. Sólo existían ellos, y un fuego imposible de apagar.