Todo el mundo gritaba y reía por la casa: Bernardo, Sebastián, Concha, Paula, los hermanos, las cuñadas, los niños… pero ellos como si nada.
Se deslizaron hacia el ascensor, dejando atrás el bullicio familiar. En el estrecho espacio de la cabina, se fundieron en un abrazo apretado, tan cercano que parecía que el mundo entero desaparecía a su alrededor.
—Bésame —susurró Carol, siseante—. Bésame, Elías. Ahora eres mi marido y…
La besaba con intensidad, como si cada segundo contara, como si ese beso fuese la razón de existir de ambos.
El ascensor se detuvo, obligándolos a separarse apenas un instante, pero se miraron profundamente, y Carol, traviesa como siempre, le guiñó un ojo.
—Nunca pensé que un paleto besara así —dijo, entre risas ahogadas.
—¿Y tú quién crees que me enseñó? —respondió él, con un brillo en los ojos—. Vamos, di quién te besó antes.
—Vamos, loco —dijo ella, entre risas y caricias—. Te quiero, Elías. Me di cuenta aquel día… Y sufrí mucho durante todos esos años que no quisiste saber nada de mí.
Más tarde, ya en un hotel cualquiera, en un pueblo cercano a Madrid, Elías la tenía en sus brazos y la besaba con un fervor que le quitaba el aliento.
—Siempre quise saber de ti —murmuró él, entre besos—. Y vaya inviernos que pasé en Madrid, y qué veranos odiosos en Candás.
—Y ahora… ahora… —susurraba Carol, con la voz temblorosa de emoción.
Era inefable. Inefable poseerla. Grato, enloquecedor, perfecto.
Ella reía y lloraba, susurrando palabras entrecortadas, mientras él no decía nada, solo la besaba. Largamente. Sin prisa. Con el tiempo suspendido en aquel abrazo, en aquella boca, en aquel instante.
En el piso de los Silvela, Concha reía suavemente:
—Pero si se han ido sin despedirse…
—Qué ingratitud —sonrió Paula, apenas audible, contemplando el vacío de la casa.
Y en aquel hotel, un hombre y una mujer vivían su noche. Su noche maravillosa, única, perfecta.
FIN