Un nido de víboras (un cuento oscuro, #0.2)

14

Las semanas siguientes pasaron rápidas, los días comenzaban y terminaban de una manera casi vertiginosa para Lea. No durmió en el palacio ninguna noche previa a su boda, y apenas pasó tiempo en la villa más que para lo imprescindible. Se sentía más cómoda en el apartamento de sus padres en la capital; allí sentía que no molestaba a los sirvientes que se afanaban por tener todo a su gusto y al de Kendrick para el día de la ceremonia, aunque sus requerimientos eran más bien sencillos. Lea nunca se había parado a pesar en el día que se casase, pero sabía que no quería nada fastuoso y extravagante. Para disgusto de los demás nobles.

No se quedó a dormir allí ni siquiera la noche de su compromiso, aunque Kendrick se lo había pedido.

─Si sientes reparo por tus padres, creo que ellos pueden imaginarse lo que ha ocurrido entre nosotros en los últimos dos años ─le dijo cuando Lea se negó.

─No es por eso. Es solo que aquí no tengo nada que hacer. Tú estás ocupado con asuntos de Estado y yo no quiero vagar sola por este sitio ─dijo haciendo un gesto significativo a los jardines traseros del palacio, donde esa noche se celebraría su fiesta de compromiso.

Sirvientes, en su mayoría fae, se movían de un lado a otro de manera rápida y eficiente, llevando mesas, floreros rebosantes de flores frescas, manteles y guirnaldas con los colores de la Casa, apresurándose para que todo estuviera a punto.

─Y, ¿qué piensas hacer cuando estemos casados? ¿Vas vivir en la ciudad y aparecer solo por aquí por las noches? ─replicó Kendrick rodeándola de la cintura y atrayéndola hacia sí.

A Lea todavía le resultaba extraño que se tocasen en público. Al aire libre, con el sol tocándolos. No entre cuatro paredes y al amparo de la noche. No le resultaba molesto, ni mucho menos. Estaba feliz por no tener que esconderse más, porque su relación no se limitase a momentos robados a escondidas, como si lo que estuvieran haciendo fuera algo vergonzoso. A pesar de lo que las miradas furtivas que les lanzaban los que se encontraban a su alrededor insinuasen.

─No lo sé ─confesó Lea pasando los dedos por la mandíbula de su prometido. El cobalto rodeado de pequeños diamantes negros que lucía en uno de sus dedos le lanzó un guiño descarado─. Tendré mis deberes como consorte, supongo ─Kendrick asintió, pero antes de que pudiera hablar, Lea continuó─. Ya se me ocurrirá algo, tengo tiempo de sobra para pensarlo.

Pero después de esa noche, el tiempo pasó volando y Lea seguía sin tener ni idea de en qué consumiría sus días en el palacio ni en la villa que lo rodeaba. El sencillo vestido de satén de color azul oscuro que llevó la velada en la que su compromiso con Kendrick quedó formalizado ante los ojos de nobles aristócratas, fieros guerreros y dioses curiosos, fue sustituido por uno blanco más suntuoso y cargado de detalles. Lea estaba enamorada de las largas mangas y la espalda de encaje con un diseño difícil de identificar; dependiendo de cómo se mirase, podría haberse confundido con llamas furiosas o serpientes escurridizas. Su madre le ayudó a recogerse el pelo en un elegante moño y a decorarlo con flores de cardo azul, acompañadas de una tiara con una luna creciente en el centro. 

A Lea solo comenzaron a temblarle las piernas cuando tuvo delante a Kendrick. No vestía de una manera muy diferente a como lo hacía habitualmente; enteramente de negro, con el escudo de la Casa bordado en los hombros, los bordes de las mangas y el pecho. Una corona de gemas negras y azul oscuro destellaba de una manera oscura en lo alto de su cabeza rubia, pero no proyectaba ninguna sombra sobre sus atractivas facciones. La sonrisa que le dedicó antes de girarse hacia la sacerdotisa que ratificaría su unión fue clara y luminosa.

La mujer con la diadema que representaba las distintas fases de la luna cortó los lazos de lana rojos que ambos habían llevado en sus muñecas desde su compromiso luego de pronunciar unas palabras a las que Lea apenas prestó atención. Deseó que nadie notase el estremecimiento que recorrió su cuerpo cuando escuchó la tela rasgarse. Una barrera que se rompía para unir a dos almas, creía recordar que había dicho la sacerdotisa.

Lea bailó con mucha gente después de la ceremonia, dannan prácticamente todos. La única persona que no pertenecía a su pueblo y que se movió con ella por la pista de baile al ritmo electrizante de la música fue Kendrick. Nunca antes lo había hecho; no si lo que hacían en la cama no contaba como danza, aunque Lea estaba dispuesta a debatirlo.

Bailaron una y otra y otra vez, siguiendo las diferentes melodías que los músicos tocaban en un extremo de los enormes jardines palaciegos, pero cuyas notas llegaban a cada uno de sus rincones, y también del cuerpo de Lea. Rio y chilló de felicidad, sintiendo el cuerpo de Kendrick vibrar contra el suyo, por el poder que emanaba y por las risas apenas contenidas que escapaban de su garganta y que nacían en lo más profundo de su pecho. Y a pesar de que Lea sentía que el ambiente que los rodeaba estaba cargado de una esencia ácida y pesada que hacía que la garganta le escociese si respiraba demasiado hondo, fue feliz. Inmensamente feliz.

Las celebraciones que seguían a bodas feéricas solían durar más allá del amanecer, pero los novios de esta decidieron terminarlas poco antes de que el cielo comenzase a clarear. Maeve ayudó a Lea con los botones de la espalda antes de darle un beso en la frente y retirarse. Le recordó que aunque ahora fuera una mujer casada siempre tendría una familia al norte de la Casa que la recibiría con los brazos abiertos y que no dudaría en ayudarla en todo lo que pudiera. Lea estaba segura de la verdad que había en aquellas palabras, pero todavía tardaría un tiempo en hacerlas realidad.




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