Él llegó con el silencio del agua honda,
con los ojos llenos de mareas antiguas,
sabía leer los temblores del alma
como quien escucha secretos bajo la piel.
Ella era palabra en movimiento,
risa que cambia de forma con la luz,
una idea que vuela antes de tocar el suelo,
un misterio que se explica solo a medias.
Él amaba despacio,
cómo se ama cuando se teme perder,
con el corazón siempre abierto
y un océano guardado en el pecho.
Ella amaba libre,
como quien besa y luego pregunta,
como quien promete sin cadenas
y se queda porque quiere, no porque debe.
A veces no se entendían,
el agua quería profundidad,
el viento quería caminos,
y el amor aprendió a traducirlos.
Entonces él la sostuvo sin atraparla,
y ella lo nombró sin romper su silencio.
No eran iguales,
pero juntos inventaron equilibrio.
Porque hay amores
que no nacen para ser iguales,
sino para encontrarse
justo donde el mar aprende a hablar
y el aire decide quedarse.