Un nombre escrito en cada verso

Cuando Me Mira

Sus ojos, serenos y firmes, gobiernan como vitrales antiguos que filtran la luz justa para revelar verdad y misterio. Tras los cristales de sus gafas no se esconde timidez, sino estrategia; la mirada de quien observa el mundo desde un trono de silencio y decide sin alzar la voz. Su piel guarda el tono cálido de los reinos que prosperan, y su presencia impone el mismo respeto que un salón de mármol cuando se abren las puertas reales.

El cabello cae como estandarte de noche pulida, disciplinado y libre a la vez, recordando a las reinas victorianas que sabían que el poder no necesitaba ostentación. Una mano sostiene el tiempo, la otra descansa con la seguridad de quien ha heredado la voluntad de mandar. No hay joya que la defina, porque ella es la joya que ordena inclinar la cabeza.

Ante ella, el mundo baja la mirada no por miedo, sino por reconocimiento. Su belleza no pide permiso; consagra. Su poder no grita; permanece. Y en ese reino donde su paso marca el compás, cada gesto es decreto, cada silencio es ley, y cada respiración recuerda que hay soberanas que reinan sin corona, porque la autoridad vive en la forma en que el aire aprende a rodearlas.




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