Un nombre escrito en cada verso

Ella, sin Saberlo

Hay mujeres que no se van
aunque la noche cierre la puerta.
Ella es una de esas presencias
que se quedan en la ropa,
en el aire que falta,
en el sitio exacto donde debería estar la mano.

No tiene la tristeza de los adioses ruidosos,
sino la de las despedidas que no se dicen.
La suya es una luz serena,
de esas que no encandilan
pero alumbran lo suficiente
para que todo lo demás duela.

Su sonrisa no promete,
y aun así sostiene.
Es breve, honesta,
como si supiera que el mundo cansa
y decidiera no exigirle más de lo necesario.

Ahí está su belleza:
en no pedir,
en no reclamar,
en existir con una calma que desarma.

Cuando la pienso,
no la pienso lejos,
la pienso hondo.
Como una canción que no se canta
pero acompaña todo el día.

Como un recuerdo que no hiere,
pero pesa.

Hay un amor en mí
que no sabe pronunciar su nombre
sin temblar un poco.

Un amor que no grita,
que no corre,
que espera sentado
con la paciencia de quien entiende
que algunas personas no se poseen,
se sienten.

Y si algún día ella supiera
todo lo que provoca sin intentarlo,
quizá no cambiaría nada.

Porque hay mujeres
que no nacieron para quedarse,
sino para enseñarnos
cómo se ve la ausencia
cuando todavía respira.




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