La distancia no es eterna,
lo sé,
pero hoy duele como si lo fuera.
Duele en las horas lentas,
en los lugares donde debería estar tu risa
y solo queda el eco.
No estar a tu lado es un cansancio invisible,
un deseo que no descansa.
Anhelo el momento de mirarte de frente,
de encontrarme en tus ojos
y ver ese brillo que nace cuando eres feliz,
ese que no se aprende a fingir
y que ilumina incluso mis silencios.
Quisiera ser la razón de esa luz,
no por orgullo,
sino por cuidado.
Quisiera ser el motivo que te haga sonreír
cuando el día pesa,
el refugio donde no haga falta ser fuerte.
Desde lejos, te pienso como quien vela un fuego:
con temor de que el viento lo alcance,
con la promesa muda de protegerlo.
Porque amarte también es eso,
desear cubrirte del mundo,
interponerme entre tus miedos y tu calma,
aunque hoy solo pueda hacerlo con pensamientos.
La distancia no será eterna,
pero mientras exista
te amaré así:
esperando,
cuidando desde lejos,
soñando con el día
en que mis manos confirmen
todo lo que ahora solo sabe el corazón.