No fue compasión.
Fue rabia nacida del amor
cuando te escuché romperte por alguien
que nunca supo sostenerte.
Ese llanto tuyo
no pasó por mis oídos,
me atravesó.
Porque cuando te duele el pecho,
algo en mí exige protegerte
aunque no me lo pidas.
Me enfurece quien te hizo sentir pequeña,
quien confundió tu ternura con permiso,
quien no entendió
que a una mujer como tú
se le habla con cuidado
o no se le habla.
No es celos lo que arde en mí,
es certeza.
La certeza de que mereces un amor
que no te quiebre la voz,
que no te robe la paz,
que no te haga llorar a escondidas.
Y sí,
si algún día me toca estar frente a frente con el mundo,
me pondré delante de ti.
No para pelear,
sino para dejar claro
que quien te hiera
tendrá que aprender
lo que significa respetar
a alguien que amo.
Porque ya no quiero ser
quien escucha desde lejos.
Quiero ser quien se queda,
quien cuida,
quien te devuelva la sonrisa
con la misma fuerza
con la que una vez te vi llorar.