Tu cuerpo,
mi mayor tentación,
esa forma exacta en la que el mundo
olvida enseñarme prudencia.
Basta pensarte
para que mis sentidos se desordenen
y todo lo demás pierda importancia.
Tu sonrisa es mi perdición,
no porque prometa,
sino porque arrastra.
Tiene ese poder suave
que no empuja,
pero hace caer.
Y yo caigo gustoso
cada vez que aparece.
Todo de ti enloquece mis sentidos:
la manera en que existes,
cómo miras,
cómo te acercas sin tocar
y aun así incendias la distancia.
Eres un lenguaje que mi piel entiende
antes que mi razón.
El contacto contigo
es llegar al cielo sin pedir permiso.
Es olvidar el peso del cuerpo,
el ruido del mundo,
el tiempo mismo.
Tu piel no se toca:
se habita,
se agradece,
se recuerda incluso cuando falta.
Y así, entre deseo y adoración,
me descubro rendido.
Porque hay tentaciones
que no se evitan,
son destino.