Camino los días
sin prisa y sin destino,
como quien aprende a existir
con una ausencia al hombro.
No busco respuestas,
solo señales pequeñas
que me recuerden
que aún hay un lugar
al que volver.
Te pienso en silencio,
sin reclamarle nada al tiempo.
Dejo que la memoria haga su trabajo
y me lleve,
como un alma vagabunda vague esperando el momento de volverte a encontrar,
sin certeza,
sin promesas,
solo con la fe cansada
de quien ama despacio.
Hay noches en las que casi te alcanzo,
en otras apenas te nombro.
Pero sigo.
Porque algo en mí entendió
que esperar también es una forma de quedarse,
aunque duela.
Y así,
entre pasos inciertos
y pensamientos que no descansan,
lo admito sin defensa ni orgullo:
al final me enamoré.