Empacar nunca había sido mi actividad favorita, pero aquella mañana me encontraba atrapada entre cajas abiertas y ropa arrugada, con la sensación de que nada de lo que guardaba importaría en la nueva ciudad. Mis padres se movían de un lado a otro, con listas interminables de cosas que debían hacer antes de que cerráramos la puerta de nuestra vieja casa por última vez. Yo, en cambio, me sentía atrapada entre el pasado que intentaba olvidar y el futuro que no sabía cómo enfrentar.
Miraba mis cosas amontonadas sobre la cama: libros que nunca terminé, fotografías de viajes que parecían lejanos y recuerdos que todavía olían a mi antigua vida. Cada objeto me recordaba a alguien o a algo que quería dejar atrás, pero que, de alguna manera, seguía aferrado a mí. Hacía un par de meses que había terminado con Alex, mi ex, y aunque había logrado sacarlo de mi día a día, sabía que él no se rendiría fácilmente. Mi teléfono, silencioso hasta ese momento, vibró con un mensaje suyo y mi corazón dio un salto, recordándome por qué necesitaba este cambio más que nunca.
-Clover, ¿ya terminaste con la ropa de invierno? -preguntó mi madre desde la cocina, con la voz ligeramente preocupada.
-Casi, mamá -respondí sin levantar la mirada, doblando cuidadosamente mi suéter favorito. Apreté los brazos alrededor de la caja como si pudiera contener también mis nervios y mis miedos.
Mudarse a otra ciudad debería sentirse emocionante. Para otros, tal vez, lo era. Pero para mí era aterrador. Todo lo que conocía quedaba atrás: mis amigos, las calles que caminaba sin pensar, incluso la pequeña cafetería donde me sentaba a leer los fines de semana. Ahora iba a enfrentar un lugar nuevo, una universidad nueva, personas desconocidas... y una vida que no tenía idea de cómo encajar.
Tomé un respiro y me obligué a pensar en lo positivo. Esta era mi oportunidad de empezar de cero, de ser alguien que no tuviera cicatrices visibles ni secretos que esconder. Podía reinventarme. Pero mientras cerraba la última caja con libros y fotografías, una parte de mí sabía que algunas cosas no se podían cambiar, no importa cuán lejos corrieras.
El camión de mudanza llegó antes de lo que esperaba. Vi cómo los hombres cargaban nuestras cosas mientras yo me quedaba atrás, con la mochila llena de lo imprescindible y el corazón latiendo demasiado rápido. Cada golpe de madera contra la caja, cada murmullo de los mudanceros, me recordaba que mi vida estaba a punto de cambiar. Y aunque trataba de emocionarme, no pude evitar sentir un nudo en la garganta.
Cuando finalmente nos subimos al auto, miré por la ventana la ciudad que estaba dejando atrás. Todo parecía demasiado pequeño y demasiado grande al mismo tiempo. Mi padre encendió la radio, intentando llenar el silencio con música alegre, pero yo no podía evitar sentir que estaba viajando hacia lo desconocido, hacia un lugar donde nadie me esperaba... y donde, probablemente, nada sería fácil.
Cuando llegamos a Swindon, sentí que el aire mismo olía diferente, más frío y húmedo que en Frome, como si el viento trajera consigo la sensación de que nada volvería a ser igual. La calle era tranquila, casi silenciosa, y las casas se alineaban con jardines perfectamente cuidados. La nuestra no era la más grande ni la más lujosa, pero se sentía... vacía. Inmensa, con ventanas que miraban hacia el cielo gris.
Subí al piso de arriba, mi habitación todavía sin muebles, sin vida. Todo estaba vacío y silencioso, salvo por el eco de mis propios pasos sobre la madera. Me acerqué a la ventana y, como si mi mirada estuviera obligada por alguna fuerza invisible, dirigí mis ojos hacia la casa del frente. Era enorme. Con un portón alto, jardín amplio y ventanales que reflejaban la luz gris del atardecer. Podía imaginar perfectamente que detrás de esas paredes había una familia que gritaba poder.
El sonido de los mundaceros bajando con muebles me sacó de mis pensamientos. La cama de mi habitación llegó primero, seguida de cajas que yo misma había empacado con cuidado. Ellos entraban, colocaban, movían, sin preocuparse de nada más que de hacer su trabajo. Yo me quedé cerca de la ventana, observando cada detalle del lugar.
Noté entonces un lequeño detalle que casi nadie vería por culpa de la muralla: los arbustos perfectamente recortados del jardín, la puerta principal tan grande que uno podía imaginar un coche entrando sin problema... y el silencio de la casa, como si nadie estuviera allí.
La tarde había caído y la habitación aún estaba en caos. Yo seguía doblando ropa y acomodando papeles sobre el escritorio, intentando que el lugar empezara a parecer mío. Afuera, la luz del atardecer pintaba de naranja las paredes y hacía que el polvo flotante pareciera casi dorado. Era un momento de calma relativa... hasta que escuché la puerta abrirse.
-¿Todo bien, Clover? -preguntó mi madre desde el marco de la puerta, cruzando los brazos mientras me observaba organizar los libros.
-Sí, mamá. Solo estoy terminando de acomodar algunas cosas -respondí, intentando sonar casual.
Su mirada se desvió hacia la ventana y luego frunció ligeramente el ceño.
-Aún no hay cortina -dijo señalando el ventanal. Luego añadió con humor -.Deberías colocarla si no quieres que los hijos de los señores Langston te vean sin ropa.
Me congelé unos segundos. Mi cerebro procesaba la frase mientras mis mejillas se calentaban instantáneamente. Hice un gesto torpe, como si me riera de la idea.
-Claro, mamá... lo pondré mañana -balbuceé, girando hacia el escritorio y tratando de ignorar la sensación de que ellos podrían estar observando desde allí, incluso sin saberlo.
Mi madre se rió suavemente y sacudió la cabeza.
-Solo digo que no queremos problemas el primer día, ¿verdad? -comentó antes de salir, dejándome sola de nuevo con la luz del atardecer y la ventana que ahora parecía más una frontera que un simple cristal.
Cuando terminé de ordenar todo en mi habitación, bajé las escaleras con cuidado, tratando de no tropezar con las cajas que aún quedaban en el pasillo. La cocina estaba cálida; mi madre colocaba la mesa, mientras mi padre estaba absorto en su computadora, los dedos golpeando el teclado con rapidez.