Un Novio de Mentiras

Capítulo 2 - Primer Día

Me desperté con los primeros rayos de sol colándose por la ventana. El cuarto estaba todavía en silencio, salvo por el murmullo lejano de la calle. Me senté en la cama, estirando los brazos, y sentí cómo el cansancio de la mudanza todavía se aferraba a mis músculos.

No tenía mucho tiempo. Mi madre ya me había dicho que me llevaría a la universidad, porque mi padre había salido temprano al trabajo. Con un rápido vistazo a mi habitación, asegurándome de que la cama estuviera medianamente hecha y que mi mochila no olvidara nada importante, me levanté y me dirigí al baño.

Mientras me lavaba la cara y cepillaba el cabello, escuché la voz de mi madre desde las escaleras:

—¿Ya tienes todo listo, Clover?

—Sí, mamá, casi —respondí, tratando de sonar tranquila mientras mi mente repasaba mentalmente todo lo que debía llevar: cuadernos, libros, bolígrafos, identificación… y el inevitable nudo de nervios que se instalaba en mi estómago.

Me cambié rápidamente, optando por algo cómodo pero presentable. No quería llamar demasiado la atención, pero tampoco quería parecer que no me importaba.

Mi madre entró al baño un momento, revisando que no me olvidara nada.

—Recuerda llevar todo lo que necesitas y mantener la cabeza alta. Sé amable, pero no te dejes intimidar —dijo dándome un pequeño empujón de ánimo antes de salir.

Asentí, intentando sentirme más segura de lo que realmente estaba. Bajé las escaleras, respirando hondo, y me dirigí hacia la puerta, lista para enfrentar mi primer día.

Me subí al auto con cuidado, acomodando la mochila en el asiento del copiloto mientras mi madre ajustaba el espejo. El motor arrancó y comenzamos a avanzar por las calles de Swindon.

—No te preocupes mi niña —dijo mi madre con voz suave, mientras miraba de reojo por el retrovisor —.Todo saldrá bien. Solo respira y confía en ti misma.

Asentí, aunque mi estómago seguía haciendo nudos. Intenté repetirme sus palabras, pero la ansiedad se colaba en cada fibra de mi ser. La universidad se acercaba cada vez más, y con ella la sensación de estar entrando en un territorio completamente desconocido.

Cuando finalmente llegamos, el edificio era más grande de lo que había imaginado. La entrada principal estaba llena de estudiantes entrando y saliendo, algunos riendo, otros corriendo para llegar a clase. Tomé una profunda respiración y decidí bajar sola del auto.

—¿Estás segura de que estarás bien? —preguntó mi madre, colocando una mano sobre mi hombro antes de abrir la puerta.

—Sí, mamá —respondí con una sonrisa, intentando sonar confiada —.Estaré bien.

Me agaché un momento para besar su mejilla y luego abrí la puerta del auto, dejando que el aire fresco me golpeara la cara.

—Recuerda lo que te dije —añadió ella mientras cerraba la puerta detrás de mí —.Confía en ti misma.

Asentí nuevamente, respirando hondo mientras me dirigía hacia la entrada principal. Cada paso que daba me acercaba más al primer día de universidad, a nuevas personas, a nuevas experiencias.

Justo cuando estaba por subir las escaleras de la entrada, escuché el rugido de un motor. Antes de que pudiera reaccionar, vi a una motocicleta acercarse a mi, y el mundo pareció detenerse por un instante. Di un salto para apartarme, pero no fue suficiente: perdí el equilibrio y caí de bruces al suelo.

El motor se detuvo al último segundo, y un instante de silencio siguió. Me quedé allí un momento, respirando con dificultad, mientras sentía el polvo de las escaleras pegado a mis manos.

El chico levantó la visera de su casco y me miró. Sus ojos eran oscuros, intensos, y las cejas del mismo color le daban una expresión seria, casi desafiante.

—Ten más cuidado la próxima vez —dije levantándome y sacudiéndome un poco el polvo de la ropa —.Este lugar no es para motocicletas. Para eso está la entrada de vehículos.

El silencio se prolongó unos segundos mientras él simplemente me observaba, sin decir una palabra. Sus ojos parecían medirme, evaluarme, y aunque no sabía quién era, sentí un cosquilleo extraño: no era miedo, pero tampoco indiferencia.

—… ¿entendido? —añadí con el ceño fruncido, tratando de mostrar autoridad pese al susto que aún me recorría el cuerpo.

Finalmente, soltó un leve suspiro, como si fuera la primera vez que alguien le hablaba así, y se quito el casco.

El cabello negro, desordenado, cayó sobre su frente, rozando el pequeño corte que atravesaba su ceja derecha. Sus ojos oscuros observaba cada detalle de mi.

—Sí… entendido —respondió con voz tranquila, algo grave, que no dejaba entrever si realmente estaba arrepentido o si simplemente era su manera de ser.

Subí las escaleras sin prestarle más atención y me dirigí hacia mi nuevo salón de clases. No sé después de cuantos minutos de recorrer buscando donde quedaba, fue cuando la encontré, empujé la puerta y me sentí inmediatamente abrumada por la cantidad de estudiantes. Algunos conversaban animadamente, otros estaban ocupados revisando sus laptops o cuadernos. Tomé un respiro profundo, tratando de calmar los nervios que aún me recorrían tras el susto de la entrada.

La maestra se acercó y, con una sonrisa amable, anunció mi nombre ante todos:

—Clase, ella es Clover Beaufort. Acaba de mudarse a la ciudad y se unirá a nosotros este semestre. Por favor, hagan que se sienta bienvenida.

Recibí algunas miradas curiosas y tímidos saludos, pero no podía concentrarme en nada más que en un detalle que me hizo detener la respiración por un segundo: al fondo del salón, sentado en uno de los escritorios, estaba el mismo chico que hace minutos atras casi me atropella con su motocicleta.

Mis dedos se aferraron ligeramente a la correa de mi mochila. Traté de decirme a mí misma que todo estaba bien, y que no había nada de que temer.

—Bien Clover, toma asiento —dijo la maestra, señalando uno de los pupitres vacíos cerca de la ventana, y para colmo, frente a él.




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