Un Novio de Mentiras

Capítulo 3 - Idiota

Me levanté con el cuerpo pesado, pero la cabeza más despejada. Me vestí en silencio, acomodé mi cabello frente al espejo y respiré hondo un par de veces antes de bajar. Mi mamá ya estaba lista para llevarme otra vez.
El viaje fue más callado que el día anterior. Yo miraba por la ventana, repasando mentalmente todo lo que podía salir mal… y tratando de convencerme de que no tenia por qué salir mal.
Cuando el auto se detuvo frente a la entrada de la universidad, me quede unos segundos con la mano en la manija.
Respiré profundo.
—Puedes con esto, Clover —me dije en voz baja.
Abrí la puerta y bajé.
Si iba a sobrevivir ahí, tenía que empezar por dejar de sentir que todo me superaba.
Apenas crucé la entrada, mis ojos buscaron a Mia entre la gente que iba y venía por los pasillos.
Nada.
Ni rastro de ella.
Miré la hora en el celular. Faltaba media hora para la primera clase, y quedarme parada sin hacer nada solo iba a ponerme más nerviosa.
Guardé el teléfono y suspiré.
—Bueno… —murmuré para mí.
Decidí caminar sin rumbo fijo por el campus. Pasé por corredores que todavía no conocía, carteleras llenas de anuncios, puertas entreabiertas de salones vacíos y grupos de estudiantes que conversaban apoyados contra las paredes.
Intentaba memorizar el lugar, ubicarme, sentir que al menos el espacio empezaba a resultarme familiar.
Aunque por dentro, todavía me sentía completamente nueva.
Fue entonces el sonido de risas la que llamó mi atención antes de verlas. Giré apenas la cabeza y ahí estaban: el mismo grupo de chicas avanzando por el pasillo como si caminaran por una pasarela. Al frente, la rubia de la cafetería, con esa seguridad exagerada que parecía ensayada frente al espejo.
Intenté hacerme a un lado para que pasaran sin roces. Pero cuando estuvieron a mi altura, una de las chicas me empujó con el hombro con fuerza suficiente como para desestabilizarme.
Di un paso torpe hacia atrás.
—Ey… —murmuré sorprendida.
Ninguna se detuvo.
Siguieron caminando como si yo no existiera. Como si el empujón hubiera sido parte del trayecto.
La curiosidad pudo más que el mal rato. Seguí caminando hasta encontrar una puerta que daba a la azotea. La empujé con cuidado y salí. El aire allí arriba era más fresco, y la vista… increíble. Desde esa altura podía ver casi todo el campus.
Me acerqué al borde, apoyando las manos en la baranda. Entonces escuché una voces masculinas.
No sonaban como a una charla normal. Fruncí el ceño y me asomé un poco más, tratando de ubicar de dónde venían. En el piso de abajo, en un rincón lateral del edificio, medio oculto, vi al grupo de Chase.
Estaban rodeando a otro chico que apenas podía mantenerse de pie. Antes de que pudiera procesarlo, uno de ellos lo tomó del cuello de la remera y le dio un golpe seco en el estómago que me hizo contener el aire.
—Esto te lo manda Chase por haberle roto la nariz a su hermano—escuché claramente.
El chico se dobló del dolor. Me quedé paralizada, con las manos aferradas a la baranda. Así que era eso.
No estaban golpeándolo porque sí. Lo estaban castigando.
Retrocedí un paso, con el corazón latiéndome en los oídos, y entonces choqué contra alguien, me giré sobresaltada.
Chase.
Estaba ahí, tan cerca que tuve que alzar un poco la cabeza para mirarlo. Tenía esa media sonrisa arrogante dibujada en el rostro, como si toda la situación le resultara divertida.
Apreté con fuerza la tira de mi mochila y tragué seco.
—Está mal espiar a las personas —dijo con calma, casi con burla.
Lo mire fijo, negandome a bajar la vista.
—También está mal pasar con una moto por un charco de agua sucia, mojar a una persona y no pedir perdón.
Su sonrisa se amplió apenas, y no aparte mi mirada de la suya. Antes de que pudiera reaccionar, su mano se cerró alrededor de mi brazo.
Me arrastró apenas unos pasos y mi espalda chocó contra la pared de la azotea, y el aire se me quedó atrapado en el pecho.
Chase se inclinó lo suficiente para quedar frente a mí, invadiendo por completo mi espacio. Su brazo seguía sujetándome, no con fuerza para lastimar… pero sí para dejar claro que no pensaba soltarme.
—No me busques —dijo en voz baja, seria y muy distinta a la sonrisa que había mostrado antes.
Sentí cómo la adrenalina reemplazaba al miedo. Chase aflojó su agarre de repente. Me aparté de él con rapidez y prácticamente corrí hacia la puerta de la azotea. Bajé las escaleras casi sin mirar, con el corazón golpeándome el pecho y la respiración desordenada.
No quería pensar en nada, solo quería alejarme. Caminé a paso rápido por el pasillo hasta llegar a mi salón. Entré justo cuando la mayoría ya estaba sentada y la clase estaba por comenzar.
Me deslicé hasta mi asiento, intentando que nadie notara lo agitada que estaba. Pero por dentro, todavía sentía la presión de su mano en mi brazo.
Saque mi cuaderno mientras la profesora hablaba al frente del aula, explicando temas introductorios de la carrera de Administración en Negocios Internacionales. Hacía preguntas al azar y algunos compañeros respondían con seguridad, intentando quedar bien.
Yo intentaba concentrarme e intentaba borrar de mi cabeza lo que acababa de pasar en la azotea.
Entonces la puerta se abrió de golpe y el ruido hizo que todos giráramos. Chase entró con su grupo, caminando sin apuro, como si el salón fuera suyo. Las miradas se clavaron en ellos de inmediato.
La profesora frunció el ceño.
—Llegan tarde otra vez.
Chase ni siquiera se inmutó. Solo esbozó una sonrisa ladeada y despreocupada, como si aquello le resultara entretenido.
—Tomen asiento —ordenó ella claramente molesta.
Y él obedeció… pero con esa actitud que dejaba claro que lo hacía porque quería, no porque se lo pidieran.
Chase se sentó detrás de mí, y sentí cómo mi espalda se tensaba al instante. La clase continuó, pero yo apenas podía concentrarme.
Porque lo sentía, sentía su mirada clavada en mí. Intenté ignorarlo, enfocarme en lo que decía la profesora, anotar algo, cualquier cosa.
Entonces mi silla se movió con un pequeño empujón desde atrás. Me tensé, pero a los pocos segundos, senti otro.
Apreté los labios, sabiendo perfectamente quién era, sin necesidad de girarme. Cuando la clase con la profesora terminó y apenas ella salio del aula, el murmullo estalló.
Sillas moviéndose, risas, conversaciones cruzadas. Todos aprovecharon esos minutos libres antes de que llegara el siguiente profesor.
Yo seguía sentada, revisando mis apuntes, intentando mantener la calma Entonces, desde atrás, vi algo moverse por el rabillo del ojo.
Chase levantó la pierna y la apoyó sobre su mesa. Su zapato quedó peligrosamente cerca de mi cara. Me quedé inmóvil un segundo, procesando la falta de respeto.
Luego giré apenas la cabeza, mirándolo de reojo.
—¿Puedes alejar tus asquerosos zapatos de mi cara? —dije con una calma forzada que apenas sostenía mi enojo.
Él no respondió.
Solo me sostuvo la mirada, con esa expresión desafiante que parecía disfrutar provocarme.
Ya no pude soportarlo más.
Me levanté de golpe, dejando caer el cuaderno sobre la mesa. La ira me recorría como electricidad.
—¡Eres insoportable! —le grité —.¡Siempre causando problemas, metiéndote donde no te llaman! Llevo a penas un día aquí, y ya no te soporto.
Chase solo sonrió, sin bajar su pie, como si cada palabra mía lo divirtiera.
—¡Basta! —exclamé, incapaz de contener más mi frustración —.¡Esto no es gracioso!
En un movimiento rápido, agarré la mesa y la empujé bruscamente hacia un lado, derribando papeles y bolígrafos. El golpe resonó por todo el aula. Todos me miraron, boquiabiertos.
Chase se levantó de un salto, sus ojos eran brillantes, y frunció el ceño. Un escalofrío me recorrió. Por un instante, pensé que iba a golpearme.
Mi respiración se aceleró. Mi pecho se apretó. Recordé a Alex y cada golpe, cada grito, cada amenaza de él … y el miedo volvió a apoderarse de mí.
—N-no… —tartamudeé, retrocediendo un paso, temblando y esperando lo peor.
Sentí cómo el mundo se cerraba a mi alrededor.
El corazón me latía con fuerza, las manos me temblaban, y no podía ni pensar con claridad. La mirada de Chase, fija en mí, me hacía sentir atrapada.
Él arqueó una ceja, claramente confundido.
—¿Qué te sucede? —preguntó, con la voz grave y curiosa a la vez.
No pude responder. El aire se me hacía pesado, las piernas me flaqueaban. Entré en pánico.
De repente, un brazo me rodeó por detrás.
—Tranquila —susurró Mia, abrazándome con fuerza.
Solo Mia pareció notar lo que me estaba pasando. Solo ella supo que no era enojo ni rabia… era un ataque de pánico.
Me apoyé en ella, tratando de recuperar la respiración, mientras todo lo demás se desdibujaba a mi alrededor.
Mia me guió fuera del aula, caminando despacio para que pudiera recuperar el aire y no sentirme tan abrumada.
—Toma, esto te va a ayudar —dijo entregandome un vaso de agua.
Lo bebí a pequeños sorbos, dejando que la frescura del líquido me calmara. Con cada trago, sentía que el nudo en mi pecho empezaba a aflojarse. Poco a poco, la respiración se normalizó y el pánico perdió fuerza.
—Gracias… —susurre todavía temblando un poco.
Cuando el profesor estuvo por entrar al salon, le pedí permiso para ausentarme un rato de su clase, necesitaba asegurarme de que podía recomponerme del todo antes de volver. Mia se quedó a hacerme compañía.
Cuando finalmente volví al aula, todos ya estaban tranquilos, retomando sus apuntes y conversaciones como si nada hubiera pasado.
Chase estaba sentado en su lugar, y esta vez su mirada no era arrogancia ni desafío. Era curiosidad. Como si intentara descifrar qué había sucedido, qué me había hecho reaccionar así.
Me senté, respiré hondo y aunque todavía sentía un ligero temblor, me prometí a mí misma no dejar que él viera cuánto me había afectado.
El profesor dijo que había hecho una lista dúal para un proyecto de un solo tema, y que nos llevaría como dos meses en realizarlo. Comenzó a dictar los nombres para formar los grupos del proyecto. Yo me acomodé en mi asiento, tratando de concentrarme en algo que no fuera la tensión que todavía sentía en el pecho.
Cuando pronunció los primeros nombres, casi me atraganto con mi propia saliva.
—Clover Beaufort y Chase Langston —dijo con claridad.
Sentí cómo el mundo daba una vuelta. Mis manos se tensaron sobre la mesa, y no pude evitar decir de inmediato:
—Profesor… yo quería trabajar con Mia o con otra persona, no con él.
—Clover —dijo con calma —.Yo hago la lista, y así se trabaja.
Justo cuando iba a resignarme, Chase se levantó de golpe, cruzando los brazos y con el ceño fruncido.
—Yo no voy a hacer este estúpido proyecto —dijo con voz firme, suficiente para que todos en el aula lo escucharan.
El profesor también se levantó, rojo de frustración, y se aproximó a Chase.
—Entonces haremos algo, Langston —respondió con voz tensa —.Aquí se hace lo que yo digo, no lo que tú decidas.
La discusión subió de tono, palabras cortantes, miradas desafiantes, y yo me quedé sentada, tragando seco, sin saber si reír, enfadarme o simplemente desaparecer. Mi cabeza daba vueltas, y solo podía pensar en lo problemático que ya estaba resultando este chico.
Chase cruzó los brazos, con esa mirada desafiante que hacía que todo el salón se quedara en silencio.
—Yo no pienso trabajar con ella —dijo con voz firme, dejando claro que no estaba dispuesto a ceder.
Mi paciencia ya había llegado al límite. Me levanté de golpe, y el salón entero me miró.
—Y yo tampoco desearía trabajar con él —respondí, con un filo en la voz que no podía ocultar —.Preferiría un perro de compañía antes que tener que lidiar con este idiota.
Un murmullo recorrió la clase. Sentí las miradas clavadas en mí, pero no me importó.
El profesor suspiró, claramente agotado por nuestra actitud. Caminó hasta el pizarrón y comenzó a escribir.
—Bien —dijo finalmente —.Entonces tendrán que trabajar con dos temas distintos. Tienen un plazo de un mes para completarlo. Y esto va para todos, agradezcan a la señorita Beaufort y al señorito Langston.
Todo el salón comenzó a quejarse. Mi corazón dio un pequeño vuelco, ahora por culpa de Chase y de mí, todos en el salón tendrían que investigar dos temas duplicando el trabajo.
Miré a Chase de reojo, y él me devolvió la mirada como diciéndome claramente: “Esto no termina aquí”.
Cuando la clase termino, tomé mis cosas con un suspiro, todavía con el enojo burbujeando dentro de mí. Salí del salón a paso rápido, intentando alejarme de todo.
Pero no contaba con que, al doblar la esquina, chocaría contra alguien.
—¡Oh! Lo siento —dije rápidamente incorporándome.
Frente a mí estaba la chica rubia. La “popular” que todo el mundo parecía temer.
Antes de que pudiera apartarme, sus amigas aparecieron de la nada, bloqueando mi camino.
—Vas a pedir disculpas de rodillas —dijo una de ellas, con una sonrisa cruel.
Me quedé paralizada por un segundo.
—¿Qué? —pregunté con incredulidad —.Ya me disculpé… no voy a hacer eso.
Sus amigas se acercaron más, rodeándome como si quisieran atraparme.
—Sería mejor que no te metas con nosotras —dijo otra en tono amenazante—.Y sobre todo, con Elina. Ella es alguien a quien deberías respetar.
Respiré hondo, intentando no mostrar miedo. Por dentro, mi corazón golpeaba rápido, pero mi orgullo me impedía retroceder.
—No tengo miedo de ti, ni de ella —respondí con firmeza, cruzando los brazos—.Solo déjenme pasar.
Antes de que pudiera reaccionar, una de las chicas me arrebató la mochila de un tirón.
La abrió con desprecio y comenzó a volcar todas mis cosas al piso. Cuadernos, lápices, apuntes… todo esparcido por el suelo como si no tuviera ningún valor.
Para rematar, lanzó la mochila a un basurero cercano, haciendo que un hilo de rabia se encendiera en mí.
Quise golpearla, de verdad. Mi cuerpo gritaba hacerlo. Pero sabía que eso solo traería más problemas. Así que respiré hondo, me contuve, y dejé que se fueran riéndose, disfrutando de su pequeño triunfo. Cuando estuvieron lo suficientemente lejos, me agaché y saqué mi mochila del basurero. Recogí mis cosas del piso con cuidado, intentando que la indignación no me hiciera temblar demasiado.
Con la mochila ya organizada y mis cosas recogidas, me dirigí hacia la salida. Ahí estaba mi madre, esperándome con paciencia. Solo me miró y sonrió, sin decir nada.
Subí al auto en silencio, sin palabras, dejando que el trayecto me dieran un respiro de todo lo que acababa de suceder.
No sabía si estaba más cansada por la universidad, por Chase, por las chicas populares… o por todo junto.
Cuando llegamos a casa, subí directamente a mi habitación, cerrando la puerta tras de mí.
Me dejé caer sobre la cama, agotada. Cada músculo me dolía, y la cabeza me daba vueltas por todo lo que había pasado en la universidad.
Para rematar, recordé algo que me hizo suspirar con resignación: Chase sería mi compañero de proyecto durante un mes entero.
Un mes.
Solo podía imaginar el infierno que me esperaba, lidiando con él, con su arrogancia, sus provocaciones y esa sonrisa insoportable que parecía disfrutar cada uno de mis disgustos.
Apoyé la cabeza en la almohada y cerré los ojos, deseando que de alguna forma, el día siguiente fuera un poco menos… caótico.
En la tarde, me acomodé en mi escritorio con mis lápices y hojas, dejando que la música llenara la habitación mientras dibujaba. La tranquilidad duró unos minutos, hasta que unas voces alegres rompieron el ambiente.
Miré por la ventana y vi a unos niños andando en bicicleta, riendo y gritando, felices en su mundo sin preocupaciones. Sonreí levemente ante la escena, intentando contagiarme un poco de esa alegría.
Pero, como siempre, mis ojos inevitablemente se desviaron hacia la casa del frente. Y allí estaba Chase, en el jardín lavando su motocicleta. No llevaba remera, solo un pantalón. Mi mirada se detuvo en su abdomen marcado, en sus brazos fuertes, en los tatuajes que ya había visto antes a través del minocular.
Mi corazón dio un vuelco.
Chase era exactamente el mismo hombre que yo había estado observando aquella noche.
Quise cerrar la ventana, pero no podía apartar la mirada. Algo en él me tenía atrapada, aunque sabía que no debía.
De repente, la puerta se abrió y mi madre apareció en la habitación.
—¿Qué estás haciendo Clover? —preguntó, con un tono de reproche mientras se acercaba.
Con un reflejo rápido, cerré la cortina de golpe, intentando ocultar lo que había estado haciendo.
—¡Mamá! —protesté un poco roja —.No es lo que parece.
Pero ella ya había notado la situación. Abrió la cortina de nuevo, mirando hacia afuera para descubrir a quién estaba espiando.
Mi madre arqueó una ceja y soltó una sonrisa divertida.
—Ahora entiendo… Tienes buenos gustos, eh —dijo, con tono juguetón.
Mi rostro se puso rojo de furia.
—¡No, mamá! —exclamé —.Ese chico solo es un idiota.
Ella se rió, claramente disfrutando mi reacción, mientras yo me cruzaba de brazos, tratando de ignorar la sonrisa que no podía evitar asomar en mi propio rostro.
Abrió la ventana por completo, dejando que el viento entrara en la habitación, pero yo sabía que no era solo por eso.
Volví a mirar hacia donde él estaba, y justo en ese momento, Chase levantó la mirada en mi dirección. Mi corazón dio un vuelco y rápidamente me escondí detrás de la cortina.
Pero antes de que pudiera reaccionar más, mi madre levantó la mano para saludarlo con naturalidad. Chase sonrió levemente y le devolvió el saludo, sin perder ni un instante de esa actitud despreocupada que tanto me irritaba.
Yo, desde mi escondite, apreté los puños y murmuré para mí misma:
—Maldito idiota…
Mi madre soltó una risa clara y contagiosa, que llenó toda la habitación.
—Parece un buen chico —dijo con una sonrisa traviesa, mirando hacia afuera como si ya supiera más de lo que yo quería admitir.
Yo rodé los ojos y reí de manera sarcástica.
—De bueno no tiene nada mamá —respondí cruzándome de brazos y resoplando.
Ella se burló de mi reacción, sacudiendo la cabeza con diversión, y finalmente salió de la habitación dejándome sola, todavía con la imagen de Chase grabada en la mente.
Me dejé caer en la cama, suspirando, mientras el viento movía suavemente la cortina detrás de mí. La tarde parecía tranquila, pero yo sabía que con él de vecino… la paz era solo una ilusión.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.