Canción: Uncomfortable - Chase Atlantic
En la universidad, me senté junto a Mia en las gradas de la escalera principal. El lugar estaba lleno de estudiantes subiendo y bajando, conversaciones, pasos apresurados, y de algunos estudiantes estudiando.
Nosotras solo estabamos apartadas del ruido, compartiendo un momento tranquilo con un helado en la mano.
—Qué día tan aburrido… —murmuré dándole otra cucharada al helado.
Mia asintió mirando al frente.
—Después de todo lo que pasó ayer, hoy se siente raro que no pase nada.
Suspiré apoyando los codos sobre las rodillas.
—Ojalá se mantenga así. Sin problemas, y sin idiotas cruzandose en mi camino…
Mia soltó una risa suave, y yo no pude evitar acompañarla, disfrutando por fin de un momento que no estuviera cargado de tensión.
De la nada, sentí un tirón cerca de mis pies, y ni siquiera tuve tiempo de reaccionar. Un grupo de dos chicos pasó corriendo frente a nosotras y en un movimiento rápido, tomaron las mochilas que estaban apoyadas a nuestro lado.
—¡Oigan! —grité, levantándome de golpe.
—¡Nuestras mochilas! —exclamó Mia al mismo tiempo.
Los chicos ya se estaban alejando por el pasillo, riéndose mientras corrían. Sin pensarlo, salimos detrás de ellos.
El helado quedó olvidado en las gradas mientras corríamos por el pasillo, esquivando estudiantes que miraban la escena sin entender nada.
—¡Devuélvanos nuestras mochilas! —grité con toda la fuerza que tenía.
Seguimos corriendo sin detenernos mientras el corazón me golpeaba con fuerza en el pecho. Doblaron por un pasillo lateral y salieron hacia el patio trasero de la universidad.
Allí casi no había nadie, y el lugar estaba extrañamente vacío. Pero mi mirada se dirigió hacia los dos chicos que tenían nuestras mochilas, se habian detenido allí, esperándonos, pero no estaban solos.
A unos metros, apoyadas contra la pared, estaban Elina y su grupo de amigas, observando la escena como si fuera un espectáculo preparado especialmente para ellas.
Mia se detuvo de golpe y me sujetó del brazo.
—Clover… mejor dejemos esto aquí. Olvidate de las mochilas —dijo en voz baja, visiblemente asustada.
Yo miraba al frente, a los chicos, a Elina y su grupo, sintiendo cómo la rabia empezaba a ganarle al miedo.
—No —respondi —.No voy a dejar que se salgan con la suya.
—Clover, por favor… —insistió Mia, intentando frenarme —.Esto no va a terminar bien.
Pero ya estaba avanzando.
—No voy a huir como una cobarde —dije soltándome con suavidad de su agarre.
Mia intentó detenerme otra vez, pero esta vez no me dejé. Me planté frente a ellos, tratando de mantener la voz firme.
—Devuélvanos las mochilas.
Las risas no tardaron en aparecer. Una tras otra, burlonas, exageradas, como si yo fuera el chiste del día.
Elina se separó del grupo y caminó hacia mí con una lentitud.
—Todavía me debés una disculpa de rodillas —dijo mirándome de arriba abajo.
Apreté los puños.
—Ya me disculpé —respondí sosteniéndole la mirada.
No alcancé a reaccionar rapido, ya que su mano se cerró en mi cabello y tiró con fuerza, obligándome a perder el equilibrio. Sentí el tirón en el cuero cabelludo y al segundo siguiente, el suelo golpeó contra mis rodillas.
El polvo se levantó a mi alrededor mientras escuchaba nuevamente las risas. Elina, todavía sujetándome del cabello, chasqueó los dedos con total calma, como si estuviera pidiendo algo perfectamente normal.
Una de sus amigas se acercó rápido y le pasó una bebida que llevaba en la mano. Elina la tomó sin dejar de mirarme con una sonrisa fría en el rostro, y sin decir una palabra, inclinó el vaso.
Sentí el líquido frío caer sobre mi cabeza, empapándome el cabello, resbalando por mi frente, por mis mejillas, por mi ropa. Las risas alrededor se hicieron más fuertes.
Yo permanecí allí, de rodillas y con los puños cerrados.
—Tráiganme a Mia —ordenó Elina sin dejar de mirarme desde arriba.
Intente incorporarme, apoyando las manos contra el suelo húmedo, pero Elina me empujó otra vez, devolviéndome al piso con desprecio.
Mia dio un paso hacia atrás, luego otro, y comenzo a correr, pero no llegó lejos. Los mismos chicos que habían tomado nuestras mochilas la alcanzaron enseguida y la sujetaron de los brazos, ignorando sus intentos por soltarse.
Empujaron a Mia hasta dejarla caer a mi lado. Elina hizo un pequeño gesto con la mano y sus chicas se acercaron, cerrando el círculo a nuestro alrededor.
Sin previo aviso, una de ellas abofeteó a Mia. El sonido seco del golpe quedó suspendido en el aire por un segundo eterno.
Raccione por impulso. Me levante con rabia lanzándome hacia Elina, pero no llegue a tocarla, porque una de las chicas me empujó con fuerza y volvi a caer al suelo. Esta vez, el golpe fue peor, sinti cómo la piel de mi codo se raspaba contra el piso áspero, dejando una quemadura ardiente que me hizo apretar los dientes para no quejarme.
Elina volvió a mirarme desde arriba, como si yo estuviera exactamente donde ella quería que estuviera: en el suelo.
—Si te disculpas de rodillas… —dijo con una media sonrisa —.Tal vez las dejemos en paz a las dos.
Sentí el ardor en mi codo, el cabello pegajoso por la bebida chorreando por mi cuello, y el sabor amargo de la vergüenza subiéndome por la garganta.
Mire a Mia, y la vi temblando de miedo, no lloraba, pero estaba apunto de hacerlo. Me dolió verla así, tenía que hacer algo para que ya no nos molestaran.
Me puse de pie despacio. Las piernas me pesaban, no por el golpe… sino por lo que estaba a punto de hacer.
Porque entendí algo horrible en ese instante. Tal vez la única forma de que nos dejaran en paz… era humillarme.
Tragué saliva. Si arrodillarme significaba que ya no nos harian daño… entonces quizás valía la pena.
Justo cuando mis rodillas iban a tocar el suelo, escuché un susurro que heló mi sangre.
—Chase… —dijo Elina con un tono que parecía dulce.
Mi cabeza se giró automáticamente hacia él.
Chase estaba allí, serio, con su sudadera negra y el cabello despeinado cayéndole sobre los ojos oscuros. No parecía molesto… solo observaba, tranquilo.
—¿Qué están haciendo? —preguntó con voz firme y gruesa.
Elina se acercó a él con una sonrisa que parecía ensayada, rozándole el brazo con un gesto exageradamente cariñoso.
—Nada, amor, solo nos estábamos divirtiendo con ellas —dijo usando esa palabra que me hizo congelarme:
“amor”
Mi corazón dio un vuelco. Chase y Elina… eran novios. Pues claro, eran casi del mismo polo. Chase el problemático al que todos respetaban, y Elina, la chica fresa y popular.
Chase se apartó de Elina y dio unos pasos hacia mí. Mi corazón latía tan rápido que sentía que se me salía del pecho, pero no aparté la mirada.
Mis pensamientos se arremolinaban sin cesar: o venía a ayudarnos a mí y a Mia… o simplemente iba a ignorarlo y dejar que nos humillaran aún más.
Por un instante, quise creer que él elegiría lo primero. Pero algo dentro de mí me decía que no. Chase no se involucraria por dos chicas que no eran como él. No lo haría.
Así que, con un hilo de rabia ardiendo en mi pecho, decidí que no había nadie que nos salvaría. Que tendríamos que enfrentarlas por nosotras mismas… aunque eso significara armarme de todo el valor que no sabía si tenía.
Pero me equivoque de pensamiento, porque Chase alzó la voz de forma autoritaria esta vez.
—Devuélvanme las mochilas —dijo sin dejar lugar a burlas.
Los chicos dudaron, intercambiaron miradas, pero al ver su expresión y el tono que usaba, finalmente soltaron las mochilas y se las pasaron.
Él se agachó junto a Mia, la ayudó a incorporarse y le entregó su mochila con un gesto casi protector. Mia apenas murmuró un “gracias”, todavía temblando un poco.
Luego se acercó hacia mí, con mi mochila y me la entregó. No podía hacer nada más que tomarla, sintiendo un gran alivio y una humillación al mismo tiempo.
—Gracias… —dije de mala gana, sin poder sostener su mirada por mucho tiempo.
Chase simplemente me observó, con calma peligrosa que parecía leer cada pensamiento mío, y asintió como si nada más importara.
Volteo para observar a los chicos, y estos retrocedieron, dudando un segundo antes de dispersarse.
—Largense —dijo molesto, y no necesitó repetirlo.
Elina, con su sonrisa forzada, se acercó a él intentando abrazarlo, como si nada hubiera pasado, pero él la apartó con un movimiento rápido, sin miramientos, manteniendo su expresión seria y fría.
El rostro de Elina se tornó rojo, primero de sorpresa y luego de enojo, mientras comprendía que no iba a salirse con la suya. Con un bufido, se giró y volvió con su grupo, cruzándose los brazos y murmurando entre dientes.
Yo respiré hondo, todavía sosteniendo mi mochila, y no pude evitar sentir un poco de respeto mezclado con miedo. Ese chico… no dejaba que nadie lo dominara.
Cuando todos se fueron, él comenzó a alejarse, dándose la vuelta y caminando con seguridad de hacia donde vino, pero antes de desaparecer del todo, se detuvo y giró la cabeza hacia nosotras.
—¿Viene o van a quedarse ahí esperando a que Elina vuelva por ustedes?
Mia y yo nos miramos un instante, intercambiando un vistazo que decía todo: mejor no arriesgarnos mas.
Sin pensarlo, empezamos a correr hacia él, hasta llegar a su lado. Su presencia era ¿tranquilizadora? Sí, y aunque no quería admitirlo, sentí un leve alivio al estar bajo su protección, aunque fuera solo por ese momento.
Cuando regresamos a la entrada principal, el bullicio del campus ya parecía lejano, como si todo lo que había pasado hubiera quedado atrapado en ese patio trasero.
Chase se acercó a su motocicleta y la enderezó con una sola mano. Mia miró su reloj.
—La clase ya va a empezar… —murmuró.
—La voy a saltar —respondió él colocándose el casco —.No me importa.
Mia me miró a mí, luego a él, y sin decir nada más, entendió que ese momento no le pertenecía. Se despidió con un gesto incómodo y se alejó, dejándonos solos en medio del aire espeso que había entre nosotros.
Mientras ajustaba la correa del casco, habló sin mirarme.
—No vuelvas a meterte con Elina.
Sentí cómo algo dentro de mí se tensaba.
—Yo nunca me metí con ella —le respondí firme —.Es ella la que busca problemas.
Chase alzó apenas la vista hacia mí. Y sus ojos oscuros, serios e impenetrables eran hipnotizantes. Y entonces, sin poder evitarlo, lo dije.
—Pero claro… supongo que tú siempre la vas a defender. Es tu novia, ¿no?
Las palabras salieron cargadas de veneno. Y no era que me molestaba que ella fuera su novia, sino más bien me molestaba que es su novia la que busca problemas y se hace de la inalcanzable, para que luego él la termine defendiendo.
—Yo no necesitaba que me ayudaras —le solté —.Nadie te pidió que te metieras.
Chase dejó de ajustar el casco y me miró de lleno.
—¿Ah, no? —su tono se volvió más duro mientras volvía a bajar de su motocicleta—.Porque desde donde yo estaba, parecías a segundos de arrodillarte frente a esa loca.
Eso me golpeó.
—¡Lo iba a hacer por Mia! —exploté —.No por mí.
—Llevo tres días conociéndote, y parece que es lo mismo contigo —dijo dando un paso hacia mí —.Te metes en problemas que no te incumben y después esperas que el mundo te tenga lástima.
Sentí el pecho arder.
—¿Y a ti qué te importa lo que yo haga?
Chase apretó la mandíbula.
—Nada. No me importa nada.
Se giró nuevamente y subio a la moto de un movimiento ágil, como si necesitara huir, arranco el motor, y el rugido llenó el aire entre los dos.
Pero antes de bajar la visera de su casco, giró su rostro hacia mí.
—Eres un caso perdido Clover.
Y aceleró.
El sonido de la motocicleta se fue apagando a lo lejos, pero sus palabras se quedaron pesadas, dando vueltas en mi cabeza.
Me quedé unos segundos quieta, con el corazón latiendo fuerte y una mezcla extraña de rabia, y vergüenza.
Luego respiré hondo, apreté la mochila contra mi pecho y caminé hacia el interior de la universidad, tratando de convencerme de que no me importaba en absoluto lo que Chase pensara de mí.
El resto del día pasó lento, como si las horas caminaran arrastrando los pies.
Cuando por fin terminó la última clase, Mia y yo salimos juntas hacia la entrada principal. El pasillo estaba lleno de estudiantes hablando, riendo, haciendo planes para el fin de semana como si el mundo fuera un lugar sencillo.
—Oye —dijo Mia de pronto, bajando un poco la voz —.Este fin de semana va a haber una fiesta nocturna.
La miré sin mucho interés.
—¿Y?
—No es una fiesta cualquiera… —sonrió de lado —.Va a haber carreras clandestinas. De motos… y de autos.
Eso sí llamó mi atención.
—¿Cómo sabes eso?
Mia dudó apenas un segundo, como si estuviera decidiendo si debía decirlo o no.
—Porque uno de los amigos de Chase es el que organiza la mayoría de esas fiestas. Y aquí la voz corre rápido —respondió finalmente —.A esas fiestas va todo el mundo. Literal. Todos los universitarios… y también gente que ni siquiera estudia acá.
Sentí un pequeño nudo en el estómago al escuchar su nombre otra vez. Como si, de alguna forma, todo siempre terminara girando alrededor de él.
—¿Tú vas a ir? —pregunté, intentando que sonara como simple curiosidad.
Mia sonrió al instante, como si hubiese estado esperando esa pregunta.
—Obvio que sí. En esas fiestas siempre pasa algo interesante. Nunca son aburridas.
Hice una mueca.
—Eso no suena muy tranquilizador…
—Por eso mismo tienes que ir —insistió empujándome suavemente con el hombro—.Necesitas distraerte Clover. Salir un poco de esta rutina horrible.
Bajé la mirada unos segundos. Pensé en el día, en Elina, en el proyecto, en Chase, y en lo agotada que estaba de todo.
Tal vez… distraerme no era tan mala idea.
—Está bien —dije al fin —.Voy a ir.
Mia sonrió victoriosa, como si acabara de ganar una apuesta invisible. Y sin saberlo, acababa de aceptar algo que presentía… no iba a terminar nada bien.
Apenas llegué a casa, subí directo a mi habitación sin decir una sola palabra. Sentía el cuerpo pesado, como si el día se me hubiera quedado pegado a la espalda.
Me cambié por una blusa suelta y un short deportivo. Necesitaba estar cómoda, necesitaba sentir que al menos dentro de esas cuatro paredes nada podía tocarme.
Saqué mis lápices, los marcadores, la cinta, y me senté en el piso frente a la pared que había empezado a usar como lienzo. Dibujar ahí se había convertido en mi escape favorito. Como si pudiera vaciar mi cabeza directamente sobre el muro.
Comencé a trazar líneas sin pensar demasiado. Dejé que la mano se moviera sola. Cada forma, era un pensamiento menos dando vueltas dentro de mí.
Después de un rato, escuché que tocaban la puerta suavemente.
—¿Puedo pasar?
—Sí —respondí sin dejar de dibujar.
Mi mamá entró con un plato de galletitas y un vaso de jugo. El olor dulce llegó a mis fosas nasales. Lo dejó sobre mi escritorio y se quedó mirándome unos segundos.
—¿Qué tal estuvo tu día?
Solté una risa corta sin humor.
—Largo.
Ella no dijo nada más. Solo se acercó un poco para mirar lo que estaba dibujando en la pared.
—¿Y el chico de enfrente?
Solto de golpe. Apreté un poco más el marcador contra la pared.
—¿Qué pasa con él? ¿Cómo se llama?
Suspiré, ya sabiendo a dónde quería llegar.
—No me importa en lo absoluto.
Ella sonrió apenas.
—Clover…
Giré la cabeza para mirarla.
—De verdad, mamá. No me importa en lo absoluto Chase.
Pronuncié su nombre con fastidio, como si decirlo me molestara físicamente. Pero mi mamá cruzó los brazos, apoyándose contra la pared sin dejar el tema.
—Si no te importara, no lo dirías con tanta fuerza.
Rodé los ojos y volví a dibujar.
—Se llama Chase. Y es un idiota. Fin de la historia.
—Ajá… —dijo, divertida —.¿Y qué más?
—Nada más. Es el chico más problemático de la universidad, moja gente con charcos, tiene tatuajes, es maleducado, y vive enfrente. Eso es todo lo que sé.
Ella soltó una pequeña risa.
—Demasiados detalles para alguien que “no te importa en lo absoluto”.
Me quedé en silencio, porque sabía que discutir con ella sólo sería peor para mí.
En la cena, el sonido de los cubiertos contra los platos era lo único que llenaba el silencio.
Yo apenas probaba la comida.
—¿Y? —preguntó papá mirándome por encima del vaso —.¿Cómo va todo en la nueva universidad?
Levanté la vista un segundo.
—Bien.
Solo eso. Mamá bajó la mirada al plato, ella sabía que ese “bien” estaba lleno de cosas que no estaba diciendo. Papá asintió, satisfecho con mi respuesta, y siguió comiendo como si nada.
—Hoy me pasó algo curioso —dijo de repente —.El auto empezó a fallar cuando venía del trabajo. Se me quedó a medio camino.
Mamá levantó la cabeza.
—¿Y qué hiciste?
—Nada, estaba viendo cómo empujarlo hacia un costado cuando pasó el vecino de enfrente con su motocicleta.
Sentí que el tenedor se me detenía en el aire.
—Se quedó a ayudarme. Sabía bastante de motores. Entre los dos logramos hacerlo arrancar otra vez.
Mamá sonrió.
—¿Ves? Te dije que parecía buen chico.
Yo tosí de golpe demasiado fuerte.
—¿Estás bien? —preguntó papá.
Asentí rápido tomando agua. Pero por dentro solo podía pensar una cosa:
¿Chase ayudando a mi papá?
Papá siguió hablando, sin notar mi expresión.
—Muy educado, además. Incluso se ofreció a acompañarme hasta casa por si el auto volvía a fallar. La verdad, me sorprendió, no todos los chicos de su edad harían eso.
Mamá me miró de reojo, conteniendo una sonrisa, pero yo solo apreté la mandíbula. Porque en mi cabeza no encajaba.
El mismo chico que casi me atropella.
El mismo que me empapó con un charco.
El mismo que me acorraló contra una pared.
…había ayudado a mi papá. Y para colmo, ahora él también pensaba que era un buen chico.
¿A caso quería quedar bien con mis padres? Porque de buen chico, no tenía nada, la palabra bueno le quedaba muy grande para alguien como él.