Un Novio de Mentiras

Capítulo 10 - Un Plan

Daddy Issues — The Neighbourhood

La cena estaba tranquila al principio.
El sonido de los cubiertos, la televisión de fondo, la conversación ligera sobre la universidad… todo parecía normal. Decidí no pensar en los problemas, ya que al menos quería tener un poco de paz en la mesa, sin dejar que otras cosas interrumpieran mis pensamientos en este momento.
—¿Y la ciudad te está gustando? —preguntó mi mamá mientras servía más comida.
Tragué despacio.
—Sí… —respondí —.Al menos estoy conociendo más cosas.
Mi papá asintió satisfecho.
—Eso es bueno. Es un cambio importante.
Seguimos comiendo un poco en silencio, hasta que él dejó los cubiertos sobre el plato con más suavidad de la necesaria.
—Por cierto… —dijo.
Sentí un pequeño nudo en el estómago antes de que terminara la frase.
—¿Qué pasó con Alex?
El aire cambió. Como siempre que ese nombre aparecía. Apreté un poco más el tenedor entre los dedos.
—Papá… no quiero hablar de eso.
Mi mamá me miró con suavidad, pero mi papá insistió.
—Clover, ya pasó tiempo. No puedes quedarte atada a eso.
Tragué saliva.
—No estoy “atada”.
Pero mi voz no sonó tan firme como quería.
—Tienes diecinueve años —continuó él —.No puedes dejar que un chico te afecte así.
Sentí un pinchazo incómodo en el pecho.
—No es “solo un chico” —murmuré.
El silencio se hizo más pesado. Mi mamá bajó la mirada un momento.
—Lo sabemos —dijo más suave —.Pero también sabemos que te hizo daño.
Apreté los labios. Porque eso era lo que nadie entendía del todo. No era solo “superarlo” ni “seguir adelante”. Había cosas que se quedaban pegadas, aunque el tiempo pasara.
—No tienes que vivir sola emocionalmente por culpa de alguien que te lastimó —añadió mi papá —.Eres joven, puedes conocer a más personas, seguir adelante.
—Ustedes no entienden lo mucho que me afecto esa relación. No pueden simplemente decirme que siga adelante así sin más.
—Clover...sabemos lo que sufriste con él —dijo nuevamente mi padre.
—¡NO! Ustedes dos no saben nada —reaccioné de una forma que no quería.
—Hija, por favor. Solo queremos que lo intentes superar —habló mi madre.
Sentí cómo se me tensaba la garganta. Pero ya no respondí nada, porque sabía que cualquier otra cosa que dijera iba a romper algo en esa mesa. Así que solo bajé la mirada al plato…y seguí comiendo, aunque de pronto ya no tenía hambre.
Mi mamá me miró unos segundos más antes de hablar, esta vez con un tono más suave.
—Está bien, Clover —dijo despacio —.Si no quieres hablar de eso, lo respetamos.
Mi papá bajó la mirada también, como si el tema le pesara más de lo que quería admitir.
—Solo… nos duele verte así —continuó ella—.Aunque parezcas bien, sabemos que por dentro todavía te afecta lo de aquel día.
Sentí cómo algo se me apretaba en el pecho y deje el tenedor sobre el plato.
—Ya no tengo hambre —murmuré.
Nadie me detuvo. Me levanté de la mesa con cuidado, sintiendo el silencio seguirme mientras salía del comedor. Subí las escaleras despacio, una a una. Al llegar a mi habitación, cerré la puerta detrás de mí, y recién ahí…solté el aire que había estado sosteniendo sin darme cuenta.
Me apoyé contra la madera, buscando la frialdad de la superficie para bajar la temperatura de mis mejillas. En la planta baja, el murmullo de mis padres continuaba, pero aquí arriba el silencio era absoluto. Un silencio que, en lugar de darme paz, empezó a zumbar en mis oídos hasta convertirse en una pesadilla.
​Me desabotoné el cárdigan con manos torpes. Al pasar frente al espejo de cuerpo entero, la luz tenue de la calle que se filtraba por la ventana iluminó mi hombro. Estaba limpio, sin marcas, pero por un segundo, mi mente proyectó una sombra distinta sobre mi piel.
Y el recuerdo me golpeó con la fuerza de un impacto físico.
—¡Dámelo! —el grito de Alex retumbó en las paredes de su habitación, seguido del sonido seco de mi teléfono chocando contra el suelo tras habérmelo arrebatado de las manos.
​—¡No hay nada, Alex! Solo era un grupo de la facultad —alcancé a decir, mi voz rompiéndose mientras intentaba retroceder. Pero él era más rápido.
​Su mano se cerró alrededor de mi brazo con una fuerza que me dejó sin aliento. No fue un agarre, fue una tenaza. Me sacudió una vez, lo suficiente para que mi cabeza diera un latigazo, y me empujó contra el borde del escritorio. Sentí el metal frío y afilado enterrándose en mi cadera, pero el miedo anulaba el dolor.
​—¿Crees que soy estúpido? —siseó acercando su rostro al mío. Podía oler su furia, una mezcla de adrenalina y ese perfume que ahora detestaba —.Te veo cómo miras a los hombres. Te veo cómo buscas que te miren. Eres una cualquiera, Clover. Sin mí, no eres nada.
​Traté de soltarme, de empujarlo, pero él me bloqueó con su cuerpo, atrapándome contra el mueble. Cuando levantó la mano, cerré los ojos con tanta fuerza que vi estrellas. El golpe no llegó a la cara esa vez; fue un empujón violento contra mi pecho que me hizo caer al suelo, dejándome sin aire. Mientras yo intentaba respirar, él se inclinó sobre mí, agarrándome del mentón para obligarme a mirarlo.
​—Llora todo lo que quieras —escupió las palabras, dejando marcas rojas con sus dedos en mi mandíbula —.Pero de aquí no te vas. Nadie te va a querer así como yo lo hago Clover.
​Un escalofrío violento me sacudió, devolviéndome al presente.
​Me llevé la mano al brazo, justo donde Alex solía apretar, y apreté yo misma, comprobando que no había nadie ahí. Que la piel estaba sana. Que ya no había moretones que esconder con mangas largas en pleno verano.
​Me dejé caer en la cama, temblando. Mis padres querían que "conociera a alguien más", pero ellos no entendían que el problema no era el amor. El problema era que cada vez que alguien levantaba la mano demasiado rápido para saludar, o que un hombre alzaba un poco la voz en la calle, mi corazón se detenía.
​Alex no solo me había lastimado el cuerpo; me había robado la sensación de seguridad. Había convertido mi propia piel en un lugar donde ya no me sentía cómoda viviendo.
​Me acurruqué en posición fetal, escuchando los latidos acelerados de mi corazón, repitiéndome en silencio lo que solía decirme cuando pensaba en él:
Ya no puede tocarte. Estás lejos. Estás lejos.
La luz del día ya comenzaba a entrar por la ventana con una claridad que me resultaba casi insultante. Me quedé unos segundos mirando el techo, tratando de ignorar el peso en el pecho que me acompañaba desde la cena de anoche.
Me levanté y me prepare. Frente al espejo, me obligué a inhalar y exhalar con calma mientras me acomodaba el cabello.
—Todo saldrá bien —le susurré a mi reflejo, aunque mi voz no sonó del todo convencida —.Un día más, un día menos. Solo es eso.
Cada día superado era un paso más lejos de la sombra de Alex, aunque lo de anoche me recordaran que todavía podía alcanzarme con solo que se mencionara su nombre. Me puse la mochila, asegurándome de que mi teléfono estuviera bien guardado, y bajé las escaleras tratando de mostrar una normalidad que no sentía.
Al llegar a la planta baja, el olor a café inundaba la cocina. Mi papá ya estaba de pie cerca de la puerta, con las llaves del auto en la mano y revisando unos papeles. Al verme, esbozó una sonrisa pequeña, de esas que intentaban ser alentadoras sin decir demasiado.
—¿Lista, Clover? —preguntó guardando las llaves en el bolsillo —.Salgo ahora, te llevo de paso.
—Sí, papá. Lista —mentí.
Caminamos hacia el auto en un silencio tranquilo, muy diferente al de anoche. Mientras subía al asiento del copiloto y veía el paisaje de Swindon pasar por la ventanilla, mi mente ya no estaba en la conversación ligera que mi padre intentaba iniciar sobre el clima. Estaba en el campus. Estaba en la propuesta que Chase Langston me había hecho.
Él no era el héroe que yo hubiera elegido, ni de lejos. Era arrogante, impulsivo y me sacaba de quicio, pero en este momento, era la única persona que parecía capaz de mirar a la cara a los "monstruos"
—Que tengas un buen día, hija —dijo mi papá mientras estacionaba frente a la entrada de la universidad.
—Gracias, papá. Nos vemos más tarde.
Bajé del auto y sentí el aire fresco de la mañana. Caminé hacia la entrada principal, apretando las correas de mi mochila. Sabía que Chase estaría por algún lado, probablemente cerca de su moto o con su grupo. Hoy no iba a huir de él; hoy iba a buscarlo. Porque reflexione de algo, ya que si Asher era ese alguien que Chase decía que era, entonces en esta guerra, necesitaba un aliado que supiera ser tan peligroso como el enemigo. Y ese aliado era sin duda...Chase.
Subí las escaleras tratando de mantener la vista al frente, pero el ambiente en los pasillos era diferente al de otros días. El murmullo habitual de la universidad se sentía más denso, interrumpido por risas contenidas y susurros que se cortaban apenas yo pasaba cerca.
Noté que varios grupos estaban amontonados alrededor de sus teléfonos. Al verme, algunos me recorrían de pies a cabeza con la mirada, otros se daban codazos y volvían a bajar la vista a las pantallas. Sentí que el aire se volvía pesado; esa sensación de ser el centro de atención nunca traía nada bueno para alguien que intentaba pasar desapercibida.
Divisé a Merliah cerca de los casilleros. Tenía una expresión de preocupación que me hizo acelerar el paso.
—Merliah —la llamé tratando de sonar tranquila aunque mi pulso empezaba a galopar —.¿Qué está pasando? ¿Por qué todo el mundo me mira como si tuviera algo en la cara?
Ella me miró con una mezcla de lástima y nerviosismo. Suspiró, buscó algo en su celular y me lo extendió sin decir una palabra.
—Alguien te tomó fotos ayer, Clover. Ya estás en todos los grupos de la universidad.
Agarré el teléfono y sentí que la sangre se me congelaba. Era una foto de ayer en el restaurante. La imagen era nítida, tomada desde un ángulo lateral: Chase estaba sentado a mi lado, con un brazo rodeándome los hombros en un gesto posesivo y protector, mientras Asher nos miraba desde el otro lado con cara de pocos amigos. En la foto, cualquiera juraría que éramos una pareja real, que entre Chase y yo había una intimidad que yo misma no quería admitir.
—¿Quién la subió? —pregunté en un susurro, sintiendo que las paredes del pasillo se cerraban sobre mí.
—No se sabe, es una cuenta anónima —respondió Merliah en voz baja —.Pero Clover, esto lo cambia todo. La gente ya no te ve como "la chica nueva", ahora eres "la chica de Chase Langston".
Cerré los ojos un segundo. Por un lado, esto era exactamente lo que el acuerdo buscaba: crear una barrera. Pero por otro, ver mi imagen expuesta de esa manera me recordó peligrosamente a cómo Alex solía controlar quién me veía y con quién estaba. La diferencia era que esta vez, yo había elegido el veneno.
—Tengo que encontrarlo —dije devolviéndole el teléfono —.Tengo que hablar con Chase ahora mismo.
Sentí que la sangre me subía a las mejillas, pero no por vergüenza, sino por esa mezcla de rabia y ansiedad que solo Chase Langston lograba provocarme. Me despedí de Merliah con un gesto rápido y me abrí paso entre los estudiantes que seguían pegados a sus pantallas.
Mis pies se movían casi por cuenta propia mientras mi mente trazaba un mapa mental de la universidad. ¿Dónde estaría? Podría estar en la cafetería, rodeado de su grupo, o quizás en algún pasillo oscuro evitando las clases, pero siendo la hora de entrada y conociendo su obsesión con esa máquina ruidosa, solo había un lugar lógico.
El estacionamiento.
Caminé a paso rápido, ignorando las miradas que se sentían como alfileres en mi espalda. Esta vez no estaba huyendo; estaba yendo directo al ojo del huracán.
Al salir al aire libre, el rugido de un motor me confirmó que mis sospechas eran ciertas. Lo vi a lo lejos. La motocicleta negra brillaba bajo el sol de la mañana mientras se detenía en su lugar habitual.
Chase apagó el motor y se quitó el casco. Sacudió su cabello oscuro, totalmente ajeno al caos que esa foto estaba causando en los pasillos. Se bajó de la moto con movimientos lentos y seguros, enfundado en su chaqueta de cuero, como si el mundo le perteneciera.
Apreté las correas de mi mochila y acorté la distancia. Él aún no me había visto, estaba de espaldas guardando sus guantes, pero yo ya podía sentir la electricidad en el aire. Tenía la foto de la universidad ardiendo en mi mente.
Cuando estuve a solo unos metros, me detuve.
—Chase —solté con mi voz sonando más firme de lo que esperaba.
Él se tensó apenas un segundo antes de girarse lentamente. Una sonrisa ladeada apareció en su rostro al verme.
—Vaya, la princesa madrugó hoy —dijo recorriéndome con la mirada de esa forma despreocupada —.¿Ya te enteraste de que somos la pareja del año o vienes a darme las gracias por lo de ayer?
—¿Gracias? —repetí, sintiendo que la indignación me quemaba la garganta —.Chase, mi cara está en todos los grupos de la universidad. La gente cuchichea cuando paso.
Caminé los dos pasos que nos separaban, invadiendo su espacio personal, ignorando el hecho de que él me sacaba casi una cabeza de altura.
—Dime la verdad —siseé bajando la voz para que los pocos estudiantes que quedaban en el estacionamiento no nos oyeran —.Fuiste tú, ¿verdad? Contrataste a alguien o le pediste a uno de tus amigos que nos sacara esa foto en el restaurante. Es demasiada coincidencia que justo cuando me hablas de ese estúpido "trato", aparezca una prueba visual tan conveniente.
Chase dejó el casco sobre el asiento de la moto y se cruzó de brazos. Su expresión divertida se desvaneció por un segundo, reemplazada por una mirada más seria, casi ofensiva.
—Escucha, cara bonita —dijo, dando un paso hacia delante hasta que nuestras sombras se mezclaron en el asfalto —.No necesito contratar fotógrafos para mi vida privada. A mí también me tomó por sorpresa ver mi cara en el foro de la facultad esta mañana. No soy tan retorcido, aunque te encante pensar lo peor de mí.
Me quedé en silencio, buscándole alguna señal de mentira en sus ojos oscuros, pero solo encontré una seguridad aplastante.
—Si no fuiste tú... entonces alguien nos está vigilando —murmuré.
Chase notó mi cambio de semblante. Su mirada se suavizó apenas un poco, pero recuperó su tono arrogante de inmediato.
—Mira el lado bueno —dijo, apoyándose en su moto con total despreocupación —.Quien sea que haya tomado esa foto nos acaba de ahorrar la mitad del trabajo. Ya no tenemos que convencer a nadie; ya todos creen que eres mía.
Me estremecí ante la palabra "mía", pero él continuó sin detenerse.
—Podemos usar esto a nuestro favor, Clover. Si esa foto llegó a manos de los idiotas de aquí, también puede llegar a los oídos de quien sea que estés intentando evitar. Un rumor vuela rápido, pero una imagen es definitiva. Si aceptamos el trato ahora, nadie se atreverá a tocarte. Ni Asher, ni la novia de turno de mi grupo, ni siquiera un idiota con la intención de propasarse contigo.
Me miró fijamente, esperando una respuesta. El viento de la mañana me revolvió el pelo, y por un instante, el ruido de la universidad pareció desaparecer. Tenía dos opciones: desmentirlo todo y seguir viviendo con miedo, o saltar al vacío con el chico que tenía frente a mí.
—¿Y qué gano yo con esto? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Paz —respondió él con una seriedad que me dejó helada —.Que Asher se aleje, y que ese tipo que te escribe mensajes entienda que ya no estás sola.
—¿Y Elina? —solté de golpe, cruzándome de brazos —.Esa chica está perdiendo la cabeza por ti. Se cree con el derecho de marcar territorio humillandome frente a media universidad.
Miré a Chase buscando alguna señal de culpa o de duda. En mi cabeza, ellos eran la pareja perfecta de la facultad: los dos populares, los dos intimidantes. Estaba convencida de que, si aceptaba este trato, me estaría metiendo en medio de algo que terminaría explotándome en la cara.
—Si vamos a fingir esto, no quiero a tu "novia" o lo que sea que sea ella de ti intentando terminar el trabajo que empezó ayer —añadí con amargura.
Chase se quedó en silencio un segundo, procesando mis palabras, y de repente soltó una carcajada seca y sonora que rebotó en las paredes del estacionamiento. Se pasó una mano por la cara, negando con la cabeza como si acabara de decir el chiste más absurdo del mundo.
—¿Elina? ¿En serio, Clover? —dijo recuperando el aliento pero manteniendo esa sonrisa burlona —.Mira, no voy a negar que es bonita, tiene un físico que atrae a cualquiera que solo mire la superficie. Pero es una mierda de persona. ¿De qué le sirve ser bonita si en su corazón abunda pura maldad?
Su tono cambió a uno más frío, casi de asco. Dio un paso hacia la moto y escupió las palabras con una honestidad que me dejó descolocada.
—Ni loco saldría con alguien como ella. Elina no es más que ruido y ego. No hay nada ahí que me interese, y mucho menos después de ver cómo te trató ayer.
Se acercó un poco más a mí, bajando la voz, y esta vez su mirada no era de burla, sino de una intensidad que me obligó a sostenerle el contacto visual.
—Ella no es un problema porque no significa nada para mí. Así que sácate esa idea de la cabeza. El trato es contigo, no con ella. Y si vuelve a intentar algo... —hizo una pausa, dejando que el silencio subrayara su advertencia —.Se dará cuenta de que ya no eres un blanco fácil.
Me quedé helada. Saber que Chase despreciaba a Elina de esa forma me daba un alivio extraño, pero también me hacía darme cuenta de que él era mucho más selectivo y peligroso de lo que aparentaba.
—Entonces... —murmuré, sintiendo que el trato era oficial —.¿Qué sigue ahora?
Chase me guiñó un ojo.
—Ahora, entramos juntos. Si ya tienen la foto, vamos a darles el resto del espectáculo. Camina a mi lado y no bajes la mirada. Recuerda: eres la chica de Chase Langston. Que lo sientan. Serás la pura envidia de todas las chicas.
Caminamos hacia la entrada del edificio. El asfalto del estacionamiento se sentía más firme bajo mis pies ahora que Chase estaba a menos de un paso de distancia. Él caminaba con esa seguridad felina, con el casco en una mano y la otra rozando casualmente su chaqueta, como si el hecho de que media universidad estuviera a punto de colapsar por vernos juntos no fuera más que un detalle sin importancia.
Al cruzar el umbral de las puertas dobles, el cambio fue instantáneo. El ruido ensordecedor de los pasillos se transformó en un murmullo. Fue como si alguien hubiera bajado el volumen de una radio de golpe. Sentí cómo decenas de ojos se clavaban en nosotros; algunos con sorpresa, otros con envidia, y muchos con esa curiosidad morbosa que busca cualquier grieta en la fachada.
Tragué grueso. El nudo en mi garganta, ese que solía aparecer cuando Alex me gritaba en público, amenazó con volver. Mis hombros se tensaron y mi ritmo se volvió errático. Por un segundo, sentí la tentación de bajar la cabeza, de dejar que mi cabello me cubriera la cara para desaparecer entre la multitud.
Entonces, sentí el calor de su cuerpo.
Sin previo aviso, Chase acortó la mínima distancia que quedaba entre nosotros. Pasó su brazo firme por mi cintura y me pegó a su costado con un movimiento fluido y posesivo. Su mano se apoyó en mi cadera, obligándome a seguir su paso largo y seguro.
—No te detengas —me susurró al oído, tan cerca que pude sentir el roce de sus labios—.Mira al frente, Clover. Eres lo más interesante que van a ver hoy, dales algo que recordar.
El contacto fue como una descarga eléctrica. A diferencia de los agarres de Alex, que siempre buscaban inmovilizarme o hacerme daño, el brazo de Chase se sentía como un escudo. Era una barrera física entre el resto del mundo y yo.
—Me están matando con la mirada —murmuré entre dientes, tratando de no mover los labios mientras seguíamos avanzando por el pasillo central.
—Que miren —respondió él en voz alta, asegurándose de que los chicos que estaban cerca de los casilleros lo escucharan. Me apretó un poco más contra él, marcando territorio de una forma que no dejaba lugar a dudas —.Somos la pareja más envidiada de toda la universidad.
Vi de reojo a un grupo de chicas, entre las que estaba Elina, observándonos desde una esquina. Sus rostros eran una máscara de incredulidad y furia, pero nadie dijo nada. Nadie se atrevió a acercarse. El aura de peligro que siempre rodeaba a Chase ahora me envolvía a mí también, y por primera vez desde que llegué a Swindon, el peso del miedo empezó a ser reemplazado por una extraña y poderosa sensación de victoria.
Llegamos a la base de las escaleras que llevaban a los salones. Chase se detuvo, pero no me soltó de inmediato. Me miró fijamente, con esa chispa de arrogancia brillando en sus ojos oscuros.
—Ves —dijo bajando la voz —.No es tan difícil cuando tienes a la persona adecuada a tu lado.
—Solo es un trato Chase —le recordé, aunque mi corazón latía tan fuerte que dudaba que me creyera.
Él sonrió de medio lado, con una sonrisa que sabía que iba a traerme más problemas que soluciones.
—Un trato que acaba de empezar.
Al llegar a la puerta del salón, la tensión no disminuyó. Las cabezas se giraban de forma sincronizada mientras cruzábamos el umbral. Chase, aún con su brazo rodeándome, se inclinó un poco hacia mí antes de soltarme, como si estuviera dándome una última instrucción antes de entrar en batalla.
—Puedes sentarte con Merliah —me dijo en un tono sorprendentemente relajado, aunque sus ojos seguían recorriendo la sala para ver quién nos miraba —.No hace falta que nos sentemos juntos ahora. Ya les dimos suficiente de qué hablar en el pasillo por hoy.
Me aparté de él en cuanto sentí que su brazo perdía presión, recuperando mi espacio personal con un alivio que intenté que no se notara demasiado.
—No pensaba sentarme contigo, de todas formas —le respondí, acomodándome la mochila con un gesto brusco —.Ya te soporto bastante fuera de aquí; compartir asiento contigo en clase sería el límite de mi paciencia.
Chase se detuvo un segundo y me miró con esa sonrisa de medio lado que siempre parecía indicar que tenía una respuesta ganadora.
—Cuidado —murmuró, acercándose lo suficiente para que solo yo lo oyera —.No hables tan alto de "soportarme", porque hace minutos en el pasillo te estabas aferrando a mí como si fuera lo único que te mantenía en pie. Parece que mi compañía no te disgusta tanto cuando tienes miedo.
Sentí que la sangre me hervía. La furia me subió por el cuello, no solo porque era arrogante, sino porque tenía razón: me había refugiado en su contacto. Antes de que pudiera soltarle una réplica mordaz o simplemente darle un pisotón, Chase soltó una carcajada limpia y despreocupada.
Me dio una palmadita suave en el hombro, una que se sintió casi como una burla, y se dio la vuelta. Caminó hacia el fondo del salón con su paso lento y seguro, donde uno de sus amigos ya lo esperaba con una sonrisa cómplice, y le apartaba un lugar.
Me quedé ahí quieta un segundo, apretando los puños hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
—Es un idiota —mascullé para mí misma.
—Un idiota que no te quita la vista de encima —susurró Merliah, apareciendo a mi lado y tironeándome de la manga hacia nuestros asientos habituales —.Vamos, Clover, siéntate antes de que el profesor empiece a hacer preguntas sobre el "espectáculo" de la entrada.
Me senté y abrí mi cuaderno, pero me costaba concentrarme, ya que podía sentir la mirada de Chase desde el fondo del salón.
Cuando la clase terminó, recogí mis cosas a toda prisa, metiendo los cuadernos en la mochila sin siquiera ordenarlos. Mi único objetivo era cruzar la puerta antes de que Chase se levantara de su sitio en el fondo. Necesitaba un respiro, un momento lejos de su presencia física y de esa energía que me dejaba agotada.
Casi lo logré. Estaba a mitad del pasillo principal, intentando perderme entre la multitud de estudiantes, cuando sentí ese paso firme y rítmico detrás de mí. No necesité darme la vuelta para saber que era él.
—Vaya, qué prisa —su voz llegó a mi oído desde atrás, cargada de esa diversión que tanto me irritaba —.¿A dónde vas tan rápido? ¿O es que ya te arrepentiste del trato?
Se puso a mi altura con una facilidad insultante, caminando con las manos en los bolsillos de su chaqueta de cuero. Me miró de reojo, disfrutando visiblemente de mi incomodidad. A Chase le gustaba eso; se alimentaba de la reacción que provocaba en los demás, y conmigo parecía haber encontrado un pasatiempo personal. Le gustaba verme tensa, ver cómo luchaba por mantener la compostura.
Me detuve en seco, obligándolo a él a frenar también. Lo miré fijamente, sintiendo cómo el cansancio de la mañana se transformaba en una chispa de rabia.
—No me he arrepentido —dije entre dientes—.Simplemente... te odio, Chase. Te odio por ser tan arrogante y por disfrutar de esto.
Él no se inmutó. Al contrario, soltó una pequeña risa, una que no era de burla total, sino más bien de reconocimiento. Se inclinó un poco hacia mí, manteniendo esa distancia mínima que me ponía los nervios de punta.
—Bueno —respondió con una calma desesperante y una sonrisa ladeada —.Entonces estamos a mano, Clover. Porque a mí tampoco me entusiasma tener que hacer de niñera de una chica que espía a sus vecinos con binoculares.
Me quedé sin palabras, con la boca abierta por la indignación. Él me dio una última mirada intensa, de esas que parecían leer mis pensamientos, y siguió caminando hacia la salida sin mirar atrás, dejándome allí plantada en medio del pasillo.
Apreté los puños. Era oficial: el trato estaba en marcha, pero sobrevivir a Chase iba a ser casi difícil sin terminar cometiendo un crimen.
El aire fresco del exterior no fue suficiente para calmarme. Bajaba las escaleras de la entrada principal, deseando que el día terminara de una vez, cuando una figura me cortó el paso.
Elina estaba allí, con los brazos cruzados y una sonrisa que pretendía ser de lástima, pero que solo destilaba veneno. Sus amigas se quedaron a unos metros, observando la escena como si fuera el estreno de una película.
—Vaya, qué rápido se lo cree la chica nueva —soltó Elina, bloqueándome el camino —.¿De verdad piensas que ese espectáculo en el pasillo significa algo?
La ignoré e intenté seguir caminando, pero ella se movió conmigo, decidida a no dejarme ir sin soltar su discurso.
—Escúchame bien, Clover. Chase solo me tiene a mí en su mente. Siempre ha sido así y siempre lo será. Lo nuestro es... profundo. Tú no eres más que un juego para él, un juguete nuevo para pasar el rato porque está aburrido. En una semana se habrá olvidado de tu nombre y volverá a mi cama, como hace siempre.
Me detuve en seco. Sentí una punzada de molestia, no porque le creyera, ya que las palabras de Chase en el estacionamiento todavía estaban frescas, sino por la arrogancia con la que intentaba pisotearme.
Me giré hacia ella lentamente. La miré de pies a cabeza con una calma que pareció descolocarla.
—¿Eso es lo que te dices para poder dormir de noche, Elina? —pregunté con mi voz sonando baja y peligrosamente clara.
Ella abrió la boca para interrumpir, pero no se lo permití. Di un paso hacia delante, invadiendo su espacio justo como Chase hacía conmigo, hasta que ella tuvo que retroceder un milímetro.
—Dices que me usa como un juego, pero aquí estás tú, perdiendo tu tiempo en el pasillo tratando de convencerme de algo que, si fuera cierto, no tendrías necesidad de decir. Si estuvieras tan segura de lo que tienes con él, no estarías tan desesperada por marcar territorio frente a una "chica nueva" que, según tú, no significa nada.
Elina parpadeó, su sonrisa empezando a flaquear. Sus amigas intercambiaron miradas incómodas.
—Chase me dijo esta mañana lo que piensa de ti —mentí un poco, dándole un toque más dramático —.Y créeme, "profundo" no fue la palabra que usó. Así que, si quieres seguir haciendo el ridículo persiguiendo a alguien que claramente prefiere estar con un "juego" antes que contigo, adelante. Pero a mí déjame en paz, porque no tengo tiempo para dramas de secundaria.
Me acerqué un poco más, bajando la voz a un susurro que solo ella pudo oír:
—Y la próxima vez que me tires café o intentes humillarme, asegúrate de que Chase no esté cerca, porque parece que le divierte mucho ponerme a salvo de personas como tú.
Elina se quedó muda. Su rostro pasó del rojo de la furia a una palidez de absoluta estupefacción. Abrió la boca para responder, pero no le salió ni una sola palabra; se quedó allí, con la mano en el bolso y la mirada perdida, mientras yo retomaba mi camino hacia la salida.
No miré atrás, pero pude sentir el silencio que dejé a mis espaldas. Por primera vez en mi vida, no me sentía como una víctima. Había puesto a alguien en su lugar, y se sentía jodidamente bien.
Apenas dejé a Elina tragando veneno atrás de mí, sentí que una mano se alzaba en mi dirección. Me tensé por puro instinto, pero al enfocar la vista, me encontré con la mirada arrepentida de Asher. Se veía mucho más calmado que ayer, aunque todavía cargaba con esa expresión de incomodidad por la escena que se había montado en el restaurante.
—¡Clover! —me llamó, acelerando el paso para alcanzarme —.Hey, espera un segundo.
Me detuve, suspirando. Después de Chase y Elina, lo último que quería era otra confrontación, pero Asher no parecía tener malas intenciones, esta vez.
—Solo quería... bueno, quería pedirte perdón otra vez —dijo rascándose la nuca—.Lo de ayer fue un desastre. No debí dejar que las cosas escalaran así, y mucho menos que Chase terminara metiéndose de esa forma. Me siento como un idiota por cómo se vio todo.
—Está bien, Asher. En serio —respondí intentando restarle importancia —.Ya pasó. Digamos que fue un malentendido. No hace falta que sigas dándole vueltas.
Él pareció soltar el aire que estaba reteniendo y me dedicó una sonrisa más abierta. Empezó a caminar a mi lado mientras nos dirigíamos hacia la salida del campus, hablando con una fluidez que me tomó por sorpresa.
—Me alegra que digas eso. No quería ser "ese tipo" en tu lista de malos recuerdos de Swindon —comentó, bromeando un poco.
Seguimos caminando y Asher no dejaba de sacar temas de conversación: me preguntó sobre mis clases, sobre cómo me estaba adaptando a la ciudad y me contó un par de anécdotas graciosas sobre su vida. Pero sabía exactamente porque actuaba así.
—Oye, Clover —dijo de repente deteniéndose cerca de la salida principal—.Ya que aceptaste mis disculpas... ¿qué te parece si vamos a comer algo ahora? Hay un sitio cerca que hace unas hamburguesas increíbles, y prometo que esta vez no habrá dramas.
Me quedé un momento en silencio.
Miré a Asher y, por un segundo, su sonrisa amable me pareció tentadora. Sería tan fácil decir que sí, sentarme en un lugar normal y pretender que soy una estudiante cuya única preocupación es elegir entre una hamburguesa o una ensalada.
Pero entonces, las palabras de Chase en el restaurante resonaron en mi mente como una alarma.
"Es un acosador, Clover. Solo actúa así para ganar la confianza de sus víctimas. No te dejes engañar por la cara de niño bueno"
No sabía si lo decía por protegerme, por celos o simplemente por fastidiar a Asher, pero después de lo que había vivido con Alex, no podía permitirme el lujo de ignorar una advertencia, por muy pequeña que fuera. La duda ya estaba sembrada, y el miedo era un instinto que no podía apagar.
—Me encantaría, Asher —mentí forzando una sonrisa de disculpa mientras acomodaba la correa de mi mochila —.Pero no puedo. Ya quedé con Merliah para ir a comer. De hecho, ya debe estar esperándome.
Asher ladeó la cabeza, y por un instante, su expresión cambió. Fue algo casi imperceptible, un destello de decepción que endureció su mirada antes de volver a su máscara de amabilidad.
—¿Con Merliah? Qué lástima. Pensé que ella tenía clase de historia ahora —comentó, dando un paso más hacia mí.
Mi corazón dio un vuelco. ¿Cómo sabía él el horario de mi amiga? La sensación de ser observada volvió a recorrerme la espalda.
—Cambiaron la hora —improvisé rápidamente, empezando a retroceder —.Así que mejor me voy, no quiero que me espere demasiado. ¡Nos vemos luego!
No esperé a que respondiera. Me di la vuelta y caminé a paso ligero, sintiendo sus ojos clavados en mi nuca. No me detuve hasta que estuve lo suficientemente lejos como para estar segura de que no me seguía.
Al doblar la esquina del edificio, solté un suspiro tembloroso. Estaba cansada. Cansada de dudar de todo el mundo, de inventar excusas y de vivir en alerta constante. Me pegué a la pared un momento, cerrando los ojos.
—Mentirosa —susurró una voz conocida a mi lado.
Di un salto del susto. Chase estaba allí, apoyado contra una columna con los brazos cruzados, observándome con una ceja levantada. Claramente lo había visto todo.
—¿Ahora me espías? —le espeté, tratando de recuperar el aliento.
—No necesito espiarte. Te ves a leguas cuando estás huyendo de algo —dijo acercándose con ese paso lento que siempre me ponía nerviosa —.Veo que me hiciste caso con el "bueno" de Asher. Parece que después de todo, sí que confías en mi criterio.
Le sostuve la mirada, aunque mis piernas aún temblaban un poco.
—No confío en ti, Chase. Confío en mi instinto de supervivencia. Y ahora mismo, mi instinto me dice que todos en esta universidad son un problema. Incluyéndote.
Chase soltó una risa. Su altura me obligaba a inclinar la cabeza hacia atrás, y su cercanía traía consigo ese perfume a aroma de peligro.
—¿Un problema, Clover? —su voz bajó una octava, volviéndose más ronca —.¿Eso es lo que soy para ti?
Me mantuvo la mirada con una intensidad que me hizo olvidar cómo respirar. Sus ojos oscuros recorrieron mi rostro, deteniéndose un segundo de más en mis labios antes de volver a chocar con mis ojos.
Apoyó una mano en la pared, justo al lado de mi cabeza, acorralándome sin llegar a tocarme. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
—Dijiste que no confías en mí —continuó inclinándose un poco más, lo suficiente para que su aliento rozara mi mejilla —.Pero te mueres de miedo cada vez que te alejas de mi lado en este campus. Lo veo en cómo aprietas los puños. Lo veo en cómo buscas mi sombra cuando alguien se te acerca demasiado.
—Eso no es confianza —logré decir, aunque mi voz sonó traicioneramente débil—.Es supervivencia. Eres el menor de los males, Chase. Nada más.
Él sonrió, pero esta vez no fue una sonrisa burlona. Fue algo más oscuro, más crudo. Se acercó tanto que nuestras narices casi se rozaron, y por un instante, el ruido del resto del mundo desapareció. Solo existíamos nosotros dos, la piedra fría a mi espalda y la tensión asfixiante que amenazaba con romper algo dentro de mí.
—Mientes —susurró, y su mirada bajó de nuevo, fija en mi boca con una fijeza que me hizo estremecer —.Mientes porque te aterra admitir que, por primera vez, hay alguien que puede protegerte sin necesidad de romperte.
Mi corazón martilleaba contra mis costillas con tal fuerza que estaba segura de que él podía sentirlo. Quise empujarlo, quise insultarlo, pero mis manos se quedaron quietas, aferradas a las correas de mi mochila. La electricidad entre nosotros era casi tangible, una cuerda tensada al máximo que vibraba con cada respiración compartida.
—Vete al infierno, Chase —murmuré, aunque no hice ningún movimiento para irme.
—Ya estoy ahí —respondió él, rozando apenas con sus dedos el mechón de pelo que caía sobre mi frente —.Y parece que tú acabas de mudarte justo a la casa del frente.
Se quedó ahí, a milímetros de distancia, sosteniéndome el pulso en un silencio que quemaba. Por un segundo eterno, creí que iba a besarme, y lo peor de todo es que no sabía si iba a abofetearlo o a dejarme llevar por el abismo.




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