Vibes — Chase Atlantic
La noche se sentía pesada, cargada con todo lo que había pasado. Me encontraba tumbada en la cama, mirando el techo mientras la penumbra de mi habitación jugaba con las sombras. Mi mente no paraba de reproducir el momento en el pasillo: el calor de Chase, la presión de su brazo, el olor de su perfume y ese silencio eléctrico que casi me hace olvidar quién era yo.
Estaba atrapada entre la rabia por su arrogancia y el alivio de haber tenido un escudo frente a Elina y Asher, hasta que la vibración de mi teléfono sobre la mesa de noche me sacó de mis pensamientos. Era Merliah.
—¿Hola? —dije tratando de que mi voz no sonara tan cansada como me sentía
—.¡Clover Beaufort! —la voz de Merliah estalló al otro lado de la línea, cargada de una mezcla de emoción y confusión absoluta —.Por favor, dime que ahora sí puedes hablar. He estado aguantándome todo el día para no asaltarte en medio del campus. ¿Qué demonios fue todo eso?
Me incorporé, apoyando la espalda contra la cabecera de la cama. Sabía que esta llamada llegaría tarde o temprano.
—Es... complicado, Mer —suspiré, pasándome una mano por la cara.
—¿Complicado? Clover, hace poco casi le prendes fuego a su moto con post-its y hoy entraste a la facultad pegada a él como si fueran los protagonistas de una película romántica. Y ni hablemos de cómo se te acercó en clase o de cómo dejaste a Elina arder de la envidia. ¡Esa mujer estaba echando humo!
Merliah hizo una pausa corta para tomar aire antes de soltar la pregunta que realmente le importaba:
—Se odian, Clover. Se detestan. Lo has dicho mil veces. Entonces, ¿por qué ese acercamiento? ¿Por qué Chase Langston de repente actúa como si fuera tu guardaespaldas personal? Necesito que me expliques qué cambió entre el odio de ayer y el abrazo de hoy.
Me quedé en silencio un segundo. No podía contarle toda la verdad sobre el trato, pero tampoco podía mentirle del todo a la única persona que realmente estaba de mi lado.
—Solo... llegamos a un entendimiento —respondí con cautela —.Chase se dio cuenta de que algunas personas me estaban molestando más de la cuenta, y digamos que a él le conviene que la gente piense que estamos... cerca.
—¿A él le conviene? —Merliah bajó el tono, ahora más intrigada —.Clover, ten cuidado. Chase no hace nada si no saca algo a cambio. Pero dime una cosa... cuando te agarró en el pasillo frente a todos... ¿fue solo actuación? Porque desde donde yo estaba, no parecía que quisieras soltarte precisamente rápido.
El corazón me dio un vuelco al recordar la presión de su mano en mi cadera.
—Era parte del espectáculo, Merliah —mentí, aunque sentí que mis mejillas se calentaban en la oscuridad —.Solo era parte del espectáculo.
—Sí, sí, claro.
Me quedé sonriendo como tonta, hasta que de mi boca salió lo que no debía salir.
—¿Y él alguna vez tuvo una novia... oficial? Ya sabes, alguien que no fuera solo para el espectáculo de los pasillos.
Hubo un silencio al otro lado de la línea, seguido por una risa seca de Merliah que me hizo sentir un poco tonta por haber preguntado.
—¿Chase Langston con novia oficial? —soltó un suspiro dramático —.No, Clover. Que yo sepa, jamás. Ese chico no es de los que llevan flores o presentan a alguien a sus padres.
Me quedé mirando la penumbra de mi cuarto, procesando sus palabras.
—Pero siempre está rodeado de gente —murmuré.
—Claro, pero es diferente —continuó ella —.Seguramente ha tenido muchísimas, una para cada día de la semana si se lo propone. Es Chase, solo tiene que chasquear los dedos para que las chicas se le acerquen. Pero ninguna se queda. Es como si tuviera una barrera invisible; deja que se acerquen, pero nunca lo suficiente como para que signifique algo. Por eso lo de hoy fue tan raro. Él no deja que nadie entre en su espacio personal, y contigo... bueno, parecía que no quería dejarte ir.
—Solo es por el trato, Merliah —repetí.
—Si tú lo dices... —respondió ella con tono incrédulo —.Pero ten cuidado. Un chico que no ha tenido nada oficial es porque no sabe, o no quiere cuidar de nadie. Y después de lo que pasaste con Elina y su grupo de ienas hambrientas, lo último que necesitas es a un tipo que solo sepa jugar según sus propias reglas.
Colgué poco después, pero sus palabras se quedaron flotando en el aire.
—Una diferente para cada día
La imagen de Chase abrazándome en el pasillo se sintió de repente más fría. Si yo solo era una más en su lista de "juegos", ¿en qué me diferenciaba de Elina o de cualquier otra?
Me acurruqué bajo las sábanas, sintiendo el peso de la soledad. Mañana tendría que volver a verlo, volver a fingir y, lo más difícil de todo, intentar que mi corazón no se acelerara cuando él decidiera que el "espectáculo" debía continuar. Porque el problema de jugar con fuego con alguien que no tiene nada que perder, es que yo era la única que todavía tenía cicatrices que podían volver a arder.
Al día siguiente, la sensación en el aula fue extrañamente vacía. Mis ojos, casi por traición, buscaron el lugar de siempre en el fondo, pero Chase no estaba. No hubo comentarios sarcásticos, ni miradas pesadas, ni risas arrogantes. El asiento junto a su amigo permaneció desierto toda la clase.
Al salir, caminaba por los pasillos con Merliah, tratando de ignorar que el ambiente se sentía menos eléctrico sin él.
—¿Te diste cuenta? El "rey de la universidad" no se presentó hoy —comentó ajustándose las gafas mientras esquivábamos a un grupo de primer año —.Es raro, Chase no suele faltar cuando sabe que hay ojos puestos en él.
—Mejor para mí —respondí, aunque una pequeña chispa de curiosidad me picaba por dentro —.Un día de paz es justo lo que recetó el médico.
Seguimos caminando hasta que pasamos frente a la cartelera de anuncios, lo que nos hizo recordar la realidad académica.
—Cierto, el proyecto dual —dijo Merliah soltando un suspiro —.Yo ya estuve investigando y tengo casi todo lo necesario para mi parte. ¿Cómo vas tú con el tuyo?
Me mordí el labio, pensando en mi escritorio vacío en casa.
—Me faltan libros —admití —.Libros específicos de la biblioteca central que no se consiguen en PDF. No he podido ni empezar la estructura porque necesito esa bibliografía.
Merliah se detuvo en seco y me miró como si me hubiera vuelto loca.
—Clover, Chase tiene que ayudarte con eso. Son un equipo, ¿recuerdas? Además, corre el rumor de que si no aprueba este proyecto con buena nota, no pasa de año. Se juega el curso entero en esto. Tienes que llamarlo o buscarlo, él tiene que poner de su parte.
Solté una risa seca, cargada de frustración. La idea de pasar una tarde entera con Chase en una biblioteca, discutiendo por cada párrafo y soportando su proximidad, me agotaba antes de empezar.
—Prefiero hacerlo yo sola que estar lidiando con idiotas —sentencié —.No necesito que me estorbe, y mucho menos después de cómo terminó todo ayer. Si él quiere pasar de año, que me busque él. Yo no voy a ir detrás de un chico que cree que el mundo gira a su alrededor.
—Pero Clover, es un proyecto dual, el profesor no te dejará presentarlo sola... —insistió ella.
—Entonces me amaneceré leyendo —corté tajante —.Pero no voy a rogarle a Chase para que cumpla con su responsabilidad. Bastante tengo con el trato que tengo con él como para también tener que ser su tutora.
Me despedí de Merliah en la entrada y me dirigí a la biblioteca central con un solo objetivo: encontrar esos libros y demostrarme a mí misma que podía manejar mi vida académica sin depender de nadie, y mucho menos de Chase.
Al cruzar las puertas pesadas, el aroma a papel viejo y el silencio sepulcral me recibieron. Era el paraíso. Apenas había un puñado de personas dispersas en las mesas de estudio; era, finalmente, pura paz. Sin cuchicheos, sin miradas llenas de odio.
—Perfecto —susurré para mis adentros.
Me interné en los pasillos más alejados, donde las estanterías de madera subían hasta el techo, creando un laberinto de conocimiento. Mis dedos recorrían los lomos de los libros mientras buscaba las clasificaciones de sociología y derecho que necesitaba para el proyecto.
Estaba por alcanzar un tomo grueso de color azul oscuro cuando, al llegar al final de un pasillo y mirar hacia la zona de los ventanales por puro instinto, sentí que el corazón se me detenía.
En una esquina, de pie y mirando frenéticamente hacia todas las mesas, estaba Asher.
No parecía estar buscando un libro. Sus ojos se movían con una rapidez inquietante, escaneando cada rincón, cada rostro, con una expresión tensa que no tenía nada que ver con la amabilidad que me había mostrado antes. Se veía... desesperado.
"Si Merliah no tiene clase ahora, Clover debería estar aquí" pareció decir su lenguaje corporal.
El pánico, ese viejo amigo conocido que solía aparecer con Alex, me subió por la garganta. Sin pensarlo dos veces, retrocedí un paso y me pegué a la estantería, escondiéndome detrás de una fila de enciclopedias polvorientas. Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración, con la espalda presionada contra la madera fría.
A través de un pequeño hueco entre dos libros, vi cómo Asher caminaba hacia mi dirección. No venía a estudiar. Estaba recorriendo los pasillos uno por uno.
Las advertencias de Chase golpearon mi mente con la fuerza de un mazo.
—Solo actúa bien para ganar confianza.
Me agaché lentamente, tratando de no hacer ruido con mi mochila, mientras escuchaba el sonido de sus pasos acercándose. Estaba acorralada en mi propio refugio de paz.
Sentí un golpe de adrenalina puro cuando, de la nada, una mano cálida me tapó la boca por completo, ahogando el grito que estaba a punto de escapar de mi garganta. El brazo que me rodeaba la cintura era firme como el acero, arrastrándome hacia atrás con una fuerza que no me permitía resistencia.
Mis pies apenas rozaban el suelo mientras me llevaba hacia un pasillo lateral, mucho más oscuro y apartado. Al llegar a una esquina, me hizo girar bruscamente y me pegó contra un estante de madera. El impacto no dolió, pero el susto me tenía el corazón latiendo en las sienes.
En cuanto retiró su mano de mi boca, tomé aire para soltarle de todo, pero él se anticipó.
—¡Tú crees que...! —empecé a decir con furia contenida.
—Cállate —me cortó Chase en un susurro gélido, acercando su rostro al mío hasta que nuestras frentes casi se tocaron.
Me puso un dedo sobre los labios, presionando ligeramente, mientras con la otra mano me sujetaba con firmeza por el hombro para que no me moviera. Sus ojos oscuros brillaban con una seriedad que nunca le había visto; ya no había rastro del chico arrogante que se burlaba de mi.
—Cállate si no quieres que Asher nos oiga —insistió, apenas moviendo los labios —.Te ha estado siguiendo desde que te despediste de tu amiga. ¿Crees que es coincidencia que esté aquí buscando libros?
Me quedé helada. La rabia se evaporó, siendo reemplazada por un frío que me recorrió la espalda. Miré hacia el hueco del pasillo y efectivamente, el sonido de los pasos de Asher se escuchaba cada vez más cerca, moviéndose justo al otro lado de la estantería donde estábamos escondidos.
Chase no me soltó. Al contrario, se pegó más a mí para ocultarnos mejor en la penumbra, su cuerpo actuando como una barrera entre yo y el exterior. En ese silencio sepulcral de la biblioteca, lo único que se oía era nuestra respiración entrecortada y el eco de los pasos de Asher, que parecía no querer rendirse en su búsqueda.
—No te muevas —susurró Chase tan bajo que apenas fue un aliento en mi oído.
Estábamos tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su pecho contra el mío. En cualquier otra circunstancia, lo habría empujado, pero ahora mismo, él era lo único que me separaba de una situación que mi instinto me decía que no terminaría bien. Tenía razón: Asher no estaba allí por los libros.
—Maldita sea —susurró entre dientes, al ver a través del hueco de los libros que la sombra de Asher ya se proyectaba en la entrada de nuestro pasillo. No tenía salida por el otro lado.
—¿Qué hacemos? Va a entrar —le pregunté en un susurro desesperado, sintiendo que el pánico me cerraba la garganta. Si Asher me encontraba escondida con Chase, confirmaría que le tenía miedo.
Chase no respondió con palabras. Antes de que pudiera procesarlo, me sujetó por la cintura y con un movimiento ágil y potente, me levantó del suelo como si no pesara nada. Me sentó sobre una de las mesas de madera que estaba en el rincón más oscuro del pasillo.
—¡Chase, qué haces! —alcancé a decir, pero él ya se había metido entre mis piernas, acorralándome contra el borde de la mesa.
—Abrázame. Ahora —ordenó él con una voz que no admitía discusiones.
—¿Qué? ¡No! —respondí, tratando de empujarlo por el pecho.
—¡Hazlo! —me obligó, rodeando mi cuello con sus brazos para ocultar mi rostro en su hombro —.Si nos ve así, pensará que somos cualquier pareja perdiendo el tiempo. No querrá mirar de cerca. Confía en mí solo por una maldita vez, Clover.
Sentí los pasos de Asher justo en la esquina. Sin más opción, rodeé el cuello de Chase con mis brazos y escondí mi cara en el hueco de su cuello, apretándome contra él. Chase se inclinó sobre mí, cubriéndome casi por completo con su cuerpo y su chaqueta de cuero, creando una imagen tan íntima que me ardían las mejillas.
Escuché el sonido de los zapatos de Asher deteniéndose en seco. El silencio en la biblioteca era tan absoluto que podía oír los latidos desbocados de mi propio corazón chocando contra el pecho de Chase.
—Oh... yo... lo siento. Me equivoqué de pasillo —la voz de Asher sonó nerviosa, cargada de una incomodidad evidente al interrumpir lo que parecía un momento muy privado.
Sus pasos retrocedieron rápidamente, casi huyendo del lugar, hasta que el sonido de la puerta de la biblioteca cerrándose a lo lejos nos indicó que se había marchado.
Chase no se movió de inmediato. Se quedó allí, con su rostro a milímetros del mío, respirando agitado. La posición era más que comprometedora: yo sentada en la mesa con las piernas a sus costados y él sujetándome como si fuera lo más valioso y a la vez, lo más prohibido del mundo.
—Se ha ido —susurré, pero no lo solté.
Él bajó la mirada a mis labios y luego volvió a mis ojos. La tensión de hace un rato en el pasillo de la universidad no era nada comparada con esto. Aquí, entre libros viejos, el trato que teníamos se sentía peligrosamente real.
—Te dije que era un acosador —murmuró él, sin alejarse ni un centímetro —.Ahora, ¿vas a seguir diciendo que puedes manejarlo todo tú sola?
Me quedé inmóvil sobre la mesa, con el pulso todavía retumbando en mis oídos. El calor de su cuerpo era tan real que me mareaba, pero mi cerebro empezó a conectar los puntos. Lentamente, deshice el abrazo y puse mis manos sobre sus hombros, no para acercarlo, sino para crear la poca distancia que el espacio nos permitía.
—¿Y quién me asegura que el verdadero acosador no eres tú? —solté, tratando de que mi voz no temblara —.Porque lo de Asher ha sido espeluznante, sí... pero tú apareces de la nada en el rincón más oscuro de la biblioteca como si supieras exactamente dónde encontrarme.
Chase soltó una carcajada corta y ronca que vibró contra mi pecho. Se apartó apenas unos centímetros, pero sus manos siguieron apoyadas en la mesa, a ambos lados de mis muslos, manteniéndome encerrada.
—Eres muy graciosa. Deberías considerar hacer comedia —dijo con esa sonrisa ladeada que tanto me desquiciaba —.Te acabo de salvar de una situación bastante turbia y así es como me lo pagas.
—No me hagas reír, Chase —le interrumpí, entrecerrando los ojos —.No estuviste en clase hoy. Ni siquiera vi tu motocicleta en el estacionamiento. Si no estabas en la universidad... ¿cómo sabías que yo estaba aquí? ¿Cómo sabías que Asher me estaba siguiendo?
El silencio volvió a caer entre nosotros, pero esta vez fue distinto. La diversión en su rostro se desvaneció un poco, dejando paso a esa expresión indescifrable que siempre usaba cuando no quería revelar demasiado.
—Digamos que tengo mis métodos —respondió con una voz más baja —.Y mi moto no está en el estacionamiento porque no me gusta que todo el mundo sepa siempre dónde estoy. La dejé un par de calles atrás.
—Eso no responde a mi pregunta —insistí, sintiendo un escalofrío —.Me estabas vigilando, ¿verdad?
Chase acercó su rostro al mio, acortando de nuevo la distancia hasta que su aliento rozó mi nariz.
—Te estaba cuidando, Clover. Hay una diferencia —susurró, y por un momento, la arrogancia desapareció, dejando ver algo mucho más protector —.Asher no es quien crees. Y si yo no hubiera estado aquí hoy, mañana estaríamos contando una historia muy diferente.
Se quedó mirándome fijamente,esperando a ver si iba a seguir cuestionándolo o si, por fin, iba a aceptar que en este juego, él era el único que parecía conocer todas las reglas.
Las preguntas comenzaron a agolparse en mi cabeza, ruidosas y caóticas. Yo era la chica nueva, la que había llegado a Swindon intentando pasar desapercibida, la que arrastraba un pasado del que huía.
¿Por qué alguien como Chase, que tenía a toda la universidad a sus pies, se tomaría tantas molestias por mí?
—Aún no lo entiendo —murmuré, forzándome a sostenerle la mirada a pesar de lo mucho que me intimidaba tenerlo tan cerca —.Soy nueva aquí, Chase. No nos conocemos en nada. ¿Por qué me estás ayudando?
Chase no se alejó. Al contrario, redujo los últimos centímetros que nos separaban hasta que su chaqueta de cuero rozó mis rodillas. Sus manos, que seguían apoyadas a los lados de mis muslos en la mesa, se deslizaron apenas un milímetro, haciéndome contener el aliento.
Una sonrisa lenta y pícara comenzó a dibujarse en la comisura de sus labios, y esa chispa de peligrosa diversión volvió a brillar en sus ojos oscuros.
—¿De verdad necesitas que te lo explique? —su voz bajó a un susurro ronco que me erizó la piel —.Digamos que desde que te vi espiandome desde tu ventana, me pareció que tenías una forma muy interesante de buscar compañía.
—Hablo en serio —protesté, sintiendo cómo el calor me subía por las mejillas, aunque mis manos seguían aferradas a sus hombros para no perder el equilibrio.
—Yo también hablo en serio —replicó, ladeando la cabeza con un descaro absoluto. Su mirada bajó lentamente hacia mi boca antes de volver a mis ojos —.Además, míranos. Estás sentada en una mesa de la biblioteca, con las piernas a mis costados, abrazándome como si fuera tu salvavidas. Si esto no es una excelente razón para seguir apareciendo de la nada para rescatarte, entonces no sé lo que sea. A lo mejor es que me gusta cómo se siente tenerte así de cerca.
El corazón me dio un vuelco violento. Sabía que lo hacía para ponerme nerviosa, para desarmarme con su arrogancia y desviar la conversación, pero la proximidad física era tan real y abrumadora que me costaba pensar con claridad.
—Ya, claro —le respondí, intentando ignorar el vuelco que había dado mi corazón y entornando los ojos con la mayor frialdad que pude reunir —.Y yo que pensaba que los chicos malos solo iban a los callejones oscuros y no a la sección de ciencias sociales.
Chase soltó una risa baja, de esas que le vibraban en el pecho, pero no se movió ni un milímetro de su posición entre mis piernas. Su mirada pícara se transformó en una ceja levantada, cargada de pura diversión.
—Bueno, alguien tiene que romper los estereotipos —replicó, recorriendo el pasillo con la mirada antes de volver a clavarla en mis ojos —.Pero volviendo a la realidad... ¿se puede saber qué hacías aquí oculta entre tanta literatura aburrida? No me digas que venías a buscar un manual de cómo deshacerte de chicos molestos.
—Qué gracioso —le contesté con sarcasmo, cruzándome de brazos, lo que nos obligó a quedar aún más pegados —.Venía a buscar paz, tranquilidad y un par de libros para el proyecto dual. Ya sabes, ese concepto místico llamado "estudiar" que claramente no forma parte de tu vocabulario, considerando que ni te molestaste en aparecer por clase hoy.
Fingió una mueca de dolor, llevándose una mano al pecho con un dramatismo totalmente exagerado, aunque la chispa de burla en sus ojos delataba que estaba disfrutando cada segundo de la discusión.
—Auch. Directo al orgullo, Beaufort —respondió —.Pero lamento informarte que sí sé lo que es estudiar. De hecho, me paso el día analizando comportamientos... como el tuyo, por ejemplo. Y déjame decirte que tu método de investigación en la biblioteca incluye demasiados abrazos conmigo como para ser puramente académico. ¿Segura de que solo querías libros y no estabas esperando que viniera a rescatarte?
—Ya bájate de tu nube, Langston —le espeté, apoyando las manos con fuerza en su pecho.
Lo empujé con toda la energía que pude reunir. Aprovechando que se había reído, logré deslizarme fuera de la mesa, buscando desesperadamente recuperar mi espacio personal y poner los pies en la tierra. Pero mi victoria duró apenas un segundo.
Antes de que pudiera dar dos pasos para salir del pasillo, la mano de Chase atrapó mi muñeca con firmeza. Con un movimiento rápido y fluido, me hizo girar y me empujó de espaldas contra el estante otra vez, bloqueando mis vías de escape al apoyar ambos brazos a los lados de mi cabeza.
—No te vas a escapar tan rápido de aquí —murmuró, observándome desde arriba con una sonrisa —.Te encanta huir, pero esta vez no te va a funcionar.
—Suéltame, Chase. Ya se fue Asher, ya terminó el teatrito —dije, intentando sonar firme a pesar de que tenerlo tan cerca de nuevo me estaba volviendo a acelerar el pulso.
—Esto no es un teatrito —respondió él, bajando un poco la voz y poniéndose más serio —.Por cierto, dijiste que estabas buscando libros para el proyecto dual. Y lo más probable es que pienses en hacerlo todo tu sola
Me crucé de brazos, sosteniéndole la mirada con desafío.
—Si lo pienso, y es la verdad. Prefiero hacer el doble de trabajo a tener que estar lidiando con un idiota arrogante como tú.
Chase soltó una pequeña risa, pero no se apartó. Su mirada se volvió intensa, fija en mis ojos.
—Lástima por ti, porque el proyecto es de ambos. Por algo el profesor lo llamó dual. Dos personas, ¿recuerdas? Y resulta que yo también tengo que poner de mi parte si quiero pasar de año, así que te guste o no, voy a ayudarte con esos libros. No voy a dejar mi nota en manos de tu orgullo.
—Pues búscate a otra persona, porque yo no pienso trabajar contigo —le contesté tajante, clavándole los dedos en el pecho para intentar alejarlo —.No necesito tu ayuda académica, Chase. Ya es suficiente con tener que soportarte en los pasillos de la universidad como para también tener que aguantarte en mi tiempo libre.
Una sonrisa arrogante volvió a curvar sus labios, disfrutando evidentemente de cada pizca de rabia que lograba provocar en mí.
—Vas a tener que aguantarme mucho más de lo que crees —susurró, bajando la voz hasta que fue un ronroneo directo a mi oído —.Olvídate de tus tardes tranquilas. De ahora en adelante, voy a ser tu peor dolor de cabeza. Voy a estar ahí cuando abras un libro, cuando camines por el campus y cuando mires por tu ventana. Así que te sugiero que te vayas acostumbrando.
Le sostuve la mirada sin parpadear, tragándome el nudo de nervios que amenazaba con delatarme. No iba a dejar que viera el efecto que sus palabras tenían en mí.
—Te equivocas, Langston —le contesté con una voz fría y cortante, apoyando mis manos en sus hombros para empujarlo, esta vez con una firmeza que lo obligó a ceder un par de centímetros —.Eres muchísimo peor que un simple dolor de cabeza. Un dolor de cabeza se quita con una pastilla. Tú eres más bien como una maldición de la que no sé cómo desprenderme.
Chase se limitó a levantar una ceja, lejos de sentirse ofendido, mientras yo aprovechaba ese mínimo espacio para escabullirme por fin de su cerco y agarrar mi mochila de la mesa, decidida a no regalarle ni un segundo más de mi atención.
—Pot cierto, me gusta tu mochila —me gritó a la distancia, su voz resonando entre las estanterías con ese tono burlón que tanto me irritaba.
No me molesté en darme la vuelta, ni mucho menos en regalarle una respuesta. Simplemente levanté una mano en el aire y le mostré el dedo del medio mientras aceleraba el paso, dejando atrás el laberinto de libros y la insoportable y densa presencia de Chase.
Salí de la biblioteca respirando el aire fresco de la tarde, intentando con todas mis fuerzas calmar las pulsaciones de mi corazón. Crucé el campus a paso firme, ignorando las miradas ocasionales de algunos estudiantes que todavía parecían recordar el drama del día anterior. Lo único que quería en ese momento era llegar a mi casa, encerrarme en mi habitación y borrar de mi piel la sensación del cuerpo de Chase acorralándome contra la mesa.
Al llegar a las grandes puertas de la entrada principal, saqué mi teléfono para revisar si tenía algún mensaje. Mi madre me había avisado temprano que hoy estaría colapsada de trabajo y que no podría pasar a buscarme, así que estaba completamente por mi cuenta.
—Genial —murmuré guardando el celular.
Crucé la acera y caminé hacia la zona permitida para el transporte, decidida a esperar un taxi. Necesitaba salir de allí cuanto antes, antes de que a Asher le diera por aparecer de nuevo, o peor aún, antes de que Chase decidiera que su motocicleta "oculta" mágicamente debía aparecer para fastidiarme el resto del camino.
Me senté en el banco de la parada, abrazando mi mochila contra el pecho mientras vigilaba la calle con impaciencia. Los minutos pasaban lentos, y el tráfico de la tarde no ayudaba. Justo cuando pensaba en volver a revisar la aplicación de transporte en mi teléfono, un rugido familiar y profundo rompió el ruido ambiental de la avenida.
Alcé la vista y efectivamente, la imponente motocicleta negra de Chase apareció doblando la esquina, avanzando a paso lento pero seguro en mi dirección. El muy mentiroso la tenía mucho más cerca de lo que había dicho.
—No puede ser —mascullé entre dientes.
Me levanté del banco de un salto, me colgué la mochila al hombro y empecé a caminar a paso apresurado por la acera en dirección contraria, cruzando los dedos para que la visera oscura de su casco le impidiera verme entre la gente. Pero la suerte no estaba de mi lado hoy.
El sonido del motor se desvió hacia el cordón de la vereda. Chase redujo la velocidad, manteniéndose exactamente a mi lado, obligándome a escuchar el ronroneo constante de la máquina mientras avanzaba a paso de hombre.
Algunos peatones se dieron la vuelta para mirar la ridícula escena.
Harta de la humillación pública, me detuve en seco y me giré hacia él, cruzándome de brazos.
—¡¿Te puedes ganar la vida haciendo otra cosa que no sea fastidiarme?! —le espeté levantando la voz para tapar el ruido del motor —.¡Déjame en paz, Chase! ¡Ya estoy harta de ti por hoy!
Apagó el motor con un movimiento limpio y se levantó la visera del casco, dejando al descubierto esos ojos oscuros que desbordaban una diversión insoportable.
—Vaya, qué carácter —dijo, apoyando un pie en el asfalto para equilibrar la moto —.Te vi muy cómoda esperando en el banco y de repente sales huyendo como si hubieras visto a un fantasma. ¿Por qué te vas caminando? Tu casa no queda precisamente a la vuelta de la esquina.
Le sostuve la mirada, negándome por completo a admitir que mi madre no había podido venir y que no quería que me viera vulnerable o esperando un transporte público.
—Porque quería hacer ejercicio, ¿bien? —improvisé con sarcasmo, dándole la espalda para reanudar mi caminata —.Me encanta caminar bajo el sol cargando diez kilos de cuadernos. Es el nuevo grito de la moda fitness. Deberías probarlo, a ver si así se te despeja la cabeza.
Soltó una risa seca y volvió a encender el motor, avanzando al ralentí para no perder mi paso.
—Claro, fitness con mochila de contrabando. Muy moderno todo —se burló, ladeando la cabeza —.Súbete. Te llevo.
—Ni loca —respondí de inmediato, acelerando el paso sin mirarlo —.Prefiero que me atropelle un camión antes que subirme a esa cosa contigo.
—No seas ridícula —insistió él, dando un pequeño acelerón para volver a cortarme el paso suavemente —.Vamos a la misma dirección. Prácticamente vivimos uno frente al otro, nos toma diez minutos llegar si dejas de hacer tu berrinche. Además, está empezando a refrescar y tu taxi no va a aparecer mágicamente.
—Me da igual. Dije que no —sentencié, plantándome firme en la acera y fulminándolo con la mirada.
Detuvo la moto por completo, apoyó los brazos sobre el manillar y suspiró, mirándome con una mezcla de fastidio y diversión contenida.
—Eres increíblemente terca, ¿lo sabías? —dijo, negando con la cabeza —.Te acabo de salvar el pellejo en la biblioteca y te pones así por un simple aventón a casa. No te voy a morder, Beaufort... a menos que me lo pidas.
—¡Eres un imbécil! —le grité, sintiendo cómo la cara me ardía de la rabia mientras retomaba la caminata a toda prisa por la acera.
Pero a Chase las ofensas le resbalaban. Volvió a poner la moto en marcha y se mantuvo a mi lado, avanzando lentamente, pegado al cordón de la vereda como si fuera mi sombra. El ruido del motor empezaba a crisparme los nervios y la gente que pasaba nos miraba como si fuéramos una pareja en medio de una ridícula discusión doméstica.
Después de media cuadra de pura tortura, me detuve en seco por tercera vez. Me giré hacia él con los puños apretados, respirando hondo para no perder los papeles en plena calle.
—¿Es en serio? ¿No te vas a rendir nunca? —le pregunté, exhausta y exasperada.
Detuvo la marcha, apoyó un pie en el asfalto y se acomodó el pelo que le sobresalía del casco, mirándome con una tranquilidad que me daba ganas de pegarle.
—No. No me voy a rendir —respondió con una sonrisa ladeada, pero su tono de voz bajó a uno más firme —.Mira, si eres tan terca como para no querer subirte a la motocicleta, no te voy a obligar. Pero tampoco te voy a dejar sola. Así que me voy a ir todo el camino a tu lado, a tu paso, para evitar que algo te suceda.
Me quedé de piedra, mirándolo fijamente.
—No necesito un guardaespaldas. Sé cuidarme sola.
—Ya vimos lo bien que te cuidaste anteayer, y en la biblioteca —replicó él arqueando una ceja con ironía —.Asher sigue rondando y no tengo ganas de que te pase nada a mitad de camino a casa. Así que tú eliges: o te subes y llegamos en diez minutos, o avanzamos a dos kilómetros por hora hasta que te canses. Yo tengo toda la tarde libre.
—Eres insoportable, Langston. De verdad, insoportable —refunfuñé, volteando los ojos con tanta fuerza que casi me dolió.
Sabiendo que no se marcharía y que la escena ya era lo suficientemente ridícula, cedí. Di un pisotón frustrado contra el asfalto y me acerqué a la motocicleta.
Chase sonrió con suficiencia, sabiéndose ganador de la batalla de voluntades. Estiró el brazo hacia la parte trasera de la moto y sacó un segundo casco, de color negro mate, extendiéndomelo.
—Toma —dijo.
Agarré el casco, pero antes de metérmelo en la cabeza, lo miré con desconfianza.
—¿Y por qué siempre traes un casco de reserva? —le pregunté, entornando los ojos—.¿Tantas chicas subes aquí que necesitas estar preparado para cada día de la semana?
Soltó una carcajada ronca, claramente divertido por mi tono.
—Siempre hay que estar prevenido —respondió, guiñándome un ojo con descaro—.Nunca se sabe cuándo una chica bonita va a necesitar que la rescate.
Le dediqué mi peor mirada de pocos amigos y me calcé el casco de un tirón. Me quedaba un poco grande y para colmo, cuando intenté abrochar la correa debajo de mi barbilla, mis dedos torpes no lograban hacer encajar el maldito cierre. Estaba tan frustrada y apurada que solo conseguía enredarme más.
—Déjame ver —dijo Chase.
Antes de que pudiera quejarme o apartarme, me sujetó suavemente de la nuca con una mano y me atrajo hacia él. La corta distancia me obligó a dar un paso en falso y quedar pegada al costado de la motocicleta, con mi rostro a escasos centímetros del suyo. Podía oler su perfume, que me nubló el juicio por un segundo.
Con una facilidad envidiable, sus dedos rozaron la piel de mi cuello mientras manipulaba el broche del casco. El contacto de sus manos me hizo contener el aliento, manteniéndome completamente inmóvil bajo su atenta mirada.
—Listo —murmuró, sosteniéndome los ojos un segundo de más.
Acto seguido, levantó la mano y con un movimiento rápido y un golpe seco, me bajó la visera oscura del casco, dejándome a solas con mi respiración acelerada.
—Súbete de una vez antes de que me arrepienta de ser un caballero —su voz, ahora de oía un poco apagada por el aislamiento del casco, mientras se acomodaba en el asiento y agarraba el manubrio.
Me subí a la parte trasera de la motocicleta con toda la rigidez que mi cuerpo me permitía. Para evitar a toda costa el contacto físico, apoyé las manos firmemente en las barras metálicas de agarre que estaban detrás de mi asiento, manteniendo una distancia prudencial entre su espalda y mi pecho. No pensaba darle el gusto de abrazarlo.
Acomodó los espejos, miró de reojo mi postura y soltó una risa que pude adivinar por el movimiento de sus hombros.
—Tú lo quisiste —escuché que murmuró.
Apenas salimos a la avenida principal, Chase le dio un sutil pero potente tirón al acelerador. El motor rugió y la motocicleta dio un latigazo hacia adelante que me obligó a soltar los agarres traseros por puro instinto de supervivencia. Mi cuerpo se fue hacia adelante y mis manos terminaron estrellándose directamente contra sus hombros para no salir volando.
—¡Chase! —le grité desde el interior del casco, pero el viento y el motor ahogaron mi reclamo.
En lugar de estabilizar la marcha, aprovechó el tramo recto y volvió a acelerar de golpe, inclinando la moto ligeramente en una curva. El vacío en el estómago fue tan real que dejé de lado todo mi orgullo: deslicé las manos por sus brazos y terminé rodeándole la cintura con fuerza, pegando mi pecho por completo a su espalda.
A través del material de su chaqueta, sentí cómo su pecho subía y bajaba con una risa silenciosa y triunfante. Redujo la velocidad a un ritmo mucho más seguro y constante en cuanto consiguió lo que quería, pero ya era tarde para que yo lo soltara; el miedo a caerme me mantuvo aferrada a él durante el resto del trayecto.