Si hay algo que Lucía Domínguez domina a perfección, son los alegatos. No es solo una cuestión de oficio o de años frente a los estrados; es una cuestión de esencia. Desde muy joven descubrió que las palabras, bien armadas, podían derribar muros más gruesos que los de cualquier prisión. En una sala de vistas, con la toga impecable puesta —siempre recién planchada por ella misma a las seis de la mañana— y una taza de café frío a su lado (porque nunca le da tiempo a terminarlo caliente), es capaz de desmontar cualquier argumento con la precisión de un cirujano y la paciencia de una santa. Los jueces la respetan, los abogados contrarios la temen y sus clientes la adoran con devoción casi religiosa. Separada, madre soltera, socia de un bufete temido por los malos pagadores… Lucía lo tiene todo controlado. Y cuando digo todo, me refiero a todo: la hipoteca a la que le gana la batalla cada mes, las facturas de la luz y el gas que nunca se le acumulan, las reuniones de padres en el instituto donde siempre lleva los deberes hechos, las cenas saludables que parecen sacadas de un Instagram de mentira, y hasta los trucos más rebuscados para que su hijo Bruno no se atragante con los espárragos (un logro que ella misma considera merecedor de un premio Nobel doméstico).
Solo hay un pequeño detalle —insignificante, casi ridículo, diría ella si alguien se atreviera a mencionarlo en voz alta— que se le escapa como agua entre los dedos, como arena en un reloj roto, como la conexión wifi cuando más falta hace: su vida sentimental.
Últimamente, el romance en su agenda tiene el mismo espacio que una gamba en una dieta vegana estricta. Es decir, ninguno. Cero patatero. Ni una migaja. Sus citas más exitosas son con el Señor Excel y su fiel amigo, el punto y coma, con los que sostiene relaciones largas, estables y predeciblemente aburridas. Pero su hijo adolescente, Bruno, que la quiere con la fiereza de un jabalí herido y la paciencia de un adolescente con el móvil al 5% de batería en medio de un directo de su streamer favorito, ya ha visto demasiados dramas judiciales en Netflix como para quedarse de brazos cruzados. Está más que harto de ver cómo su madre elige los casos ganados por encima de sus propias sonrisas, cómo pospone cualquier atisbo de felicidad personal hasta un "mañana" que nunca llega, cómo se ha convertido en una máquina perfecta de resolver problemas ajenos mientras los suyos propios se oxidan en un cajón olvidado.
Así que Bruno, en su infinita sabiduría de quince años que se cree Bruce Wayne con espinillas y deberes de matemáticas, decide tomar cartas en el asunto. O más bien, tomar el móvil de su madre cuando ella duerme la siesta (y ronca como un tractor averiado en una cuesta, dato no menor que él documenta con orgullo en notas de voz que jamás borrará). Con la habilidad de un ladrón de guante blanco y la torpeza de quien aún tropieza con su propia mochila, desbloquea el teléfono —porque la contraseña es su fecha de nacimiento, algo que a Lucía le daría un disgusto de proporciones bíblicas si lo supiera— y se adentra en territorio prohibido.
Lo que empieza como una inocente búsqueda en una aplicación de citas —"por probar, solo por probar", se repite Bruno mientras suda como si estuviera cometiendo un delito penal— termina convertido en una misión secreta, clandestina, casi de espionaje. Crea perfiles con fotos que le roba del álbum de su madre (eliminando estratégicamente aquellas donde sale con el pelo encrespado o con restos de salsa de tomate en la barbilla), redacta biografías que mezclan el sarcasmo de Lucía con el entusiasmo digno de un comercial de yogures, y empareja, desempareja, juzga, sentencia y selecciona pretendientes como si fuera el juez supremo del amor algorítmico. Y cuando Lucía descubra que su hijo ha estado organizando citas a ciegas a sus espaldas —con perfiles que incluyen desde un apicultor con fobia a las abejas (un hombre fascinante y contradictorio) hasta un esoterista que habla con sus peces (y que jura que los peces le contestan)—, se planteará cambiar su especialidad legal por una cosa nueva: el homicidio filial en grado de tentativa, con atenuante de haber parido a un genio del caos.
La pregunta ahora no es si Bruno tiene buen ojo para los hombres. Porque, sinceramente, su criterio se limita a ver si los candidatos "no parecen asesinos de true crime". La verdadera cuestión es si el amor que elige el algoritmo será el correcto… o si el destino, con su sentido del humor un poco gamberro y su manía de complicarlo todo, tiene otros planes para Lucía. Porque, seamos honestos: cuando una madre soltera acostumbrada a controlarlo todo y un adolescente conspirativo que acaba de descubrir el poder de las notificaciones push se alían para encontrar el amor, las probabilidades de que acabe todo en un desastre monumental son directamente proporcionales a las de que, al final, merezca muchísimo la pena. Que comience el caos. Que crujan las expectativas. Y que rían mucho, pero mucho, porque entre malentendidos, mensajes a medianoche y encuentros tan incómodos como divertidos, van a necesitarlo.