Un Novio para Mamá

Capítulo 1

Bruno llevaba cuarenta y siete minutos mirando el techo de su habitación. No era una pausa reflexiva. Era el tiempo exacto que necesitaba para convencerse de que lo que estaba a punto de hacer no era un delito penal.

—Es por su bien —murmuró, mientras desbloqueaba el móvil de su madre con la facilidad de quien conoce la contraseña desde los doce años (era la fecha de nacimiento de su perro muerto, Trufa. Patético pero efectivo).

La aplicación de citas se llamaba "Chispa Sagrada", y el eslogan decía: "Encuentra a tu media naranja… o al menos a alguien que no deje el grifo goteando". Lucía la había instalado hacía tres meses, le había dado dos «me gusta» tímidos a un hombre que subía fotos con su planta y lo había abandonado todo para volver a sus queridos expedientes judiciales.

Bruno, en cambio, era un nativo digital. Un adolescente que podía encontrar el perfil falso de un bot nigeriano antes de que este terminara de escribir «Hola hermosa».

—Mamá necesita a alguien que la haga reír, no a otro socio del bufete —dijo para sí mismo, mientras creaba un perfil falso con una foto de ella donde salía sin ojeras y con el pelo suelto (la había editado con una app que ella ni siquiera sabía que existía). La biografía la escribió en cinco segundos:

«Abogada, pero no muerdo (a menos que me lleves a cenar). Me gustan los chistes malos y los finales felices. También el chocolate, pero eso va por separado.»

—Obra de arte —se felicitó Bruno, ignorando olímpicamente que su madre lo mataría si lo descubriera.

Y entonces empezó el caos.

En apenas dos horas, el perfil falso de Lucía recibió 134 «me gusta». Entre ellos:

· Un hombre que se hacía llamar Thor de los Ahorros (contable, cuarenta y dos años, foto en un gimnasio con una camiseta que decía «Hazte rico mientras duermes»).

· Una señora llamada Mariluz (perfil erróneo, pero Bruno le dio «me gusta» por accidente y ella ya estaba planeando la boda).

· Y el premio gordo: Daniel, treinta y ocho años, fotógrafo de naturaleza, con barba bien cuidada y una sonrisa que parecía sacada de un anuncio de detergente ecológico. En su perfil ponía: «Busco una mujer que no se ría de mi colección de piedras».

—Perfecto —dijo Bruno, frotándose las manos—. Este es el indicado.

Lo que Bruno no sabía es que Daniel tenía tres exnovias enfadadas, una colección de piedras con nombres propios (Piedra 1: "Rocío", Piedra 2: "Sedimentos") y una alergia terrible al pelo de los gatos. Y Lucía tenía un gato. Un gato odioso, vengativo y con bigotes de asesino.

Pero eso Bruno lo descubriría más tarde. Justo cuando su madre entrara en su habitación con una bandeja de galletas y una mirada que solo usaba cuando estaba a punto de pedirle algo incómodo.

—Brunito —dijo Lucía, con una dulzura fingida que le erizó la nuca—. ¿Tú sabes por qué me ha llegado un correo de Chispa Sagrada diciendo que tengo "un match con un coleccionista de minerales"?

Bruno se quedó paralizado. Las galletas humeaban. El móvil de su madre vibraba en su mano. Y en algún lugar de la ciudad, Daniel el fotógrafo ya estaba escribiendo: «Oye, ¿tú también crees que el cuarzo rosa atrae el amor verdadero?»

—Mamá —respondió Bruno, con la cara más inocente que pudo reunir—. ¿Qué tal si primero comes una galleta?

—No voy a comer una galleta, Bruno. Quiero saber por qué mi hijo de quince años me está gestionando la vida amorosa como si fuera un anuncio de Wallapop.

—No es Wallapop —se defendió él—. Es amor. Hay diferencias sutiles.

Lucía inspiró hondo. Contó hasta tres. Y luego, con la paciencia de un juez que acaba de escuchar la peor excusa del abogado contrario, dijo:

—Vale. Enséñame a ese… ¿Daniel de las Piedras?

Bruno sonrió. Misión cumplida (parcialmente). El desastre estaba a punto de comenzar.

Fin del capítulo 1.




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