Un adolescente de un pueblo pequeño del Reino del Este llamado, Izumi Nagisa, llegó al Reino del Sur en plena primavera. El aire era cálido y perfumado por las flores que brotaban en cada esquina, y el sol iluminaba las avenidas amplias que se extendían como arterias vivas hacia el corazón de la ciudad.
Las casas, construidas en su mayoría de piedra, se alzaban firmes y ordenadas, con techos bajos y fachadas sobrias. Entre ellas se abrían plazas grandes, adornadas con arbustos bien cuidados y viñedos que trepaban por pérgolas de madera. El ambiente era luminoso y vibrante: los mercados rebosaban de actividad, con comerciantes ofreciendo especias, telas y vino, mientras músicos callejeros llenaban el aire con melodías alegres.
En las plazas más grandes y concurridas destacaban estatuas de piedra que representaban al rey Magnus Reyes y a su hijo, el príncipe Maximiliano. No eran figuras ostentosas, sino símbolos de respeto y orgullo, recordatorios de la estabilidad y diplomacia que caracterizaban al Reino del Sur.
La gente vestía ropa ligera en tonos grises y cafés, práctica para el clima cambiante de las estaciones. Sus rostros irradiaban hospitalidad: saludaban a los viajeros, ofrecían frutas frescas y se detenían a conversar con naturalidad. Para Izumi, acostumbrado a la tensión constante de su pueblo, aquella alegría parecía casi irreal.
En una de las plazas, un grupo de titiriteros había reunido a niños y adultos alrededor de un escenario improvisado. Con muñecos de madera y canciones pegajosas, representaban la historia de las maldiciones.
—"Hace cientos de años, los primeros malditos aparecieron en nuestro mundo..." —cantaba uno de los titiriteros, moviendo un muñeco con exagerados gestos.
—"¡Con poderes increíbles, pero con vidas más cortas!" —respondían los niños en coro, riendo y aplaudiendo.
—"Y cuando su tiempo se acaba, su maldición pasa al corazón que más aman..."
Las risas llenaban la plaza, pero Izumi se quedó inmóvil. La obra, tan ligera y festiva, era para él un recordatorio doloroso. Su padre había sido uno de esos malditos. Había entregado su vida en una batalla hace poco tiempo, y con su último aliento, la maldición había pasado a Izumi.
El joven apretó la cantimplora que colgaba a su costado. El agua en su interior parecía vibrar con su emoción contenida. Cerró los ojos un instante, recordando la voz de su padre en aquella noche fatídica: "Protege a tu familia, protege a tu pueblo... aunque te cueste todo."
Al abrirlos, la enorme montaña que se alzaba detrás del castillo dominaba el horizonte. Era una barrera natural, imponente y silenciosa, que parecía custodiar al reino entero. Izumi respiró hondo, ajustó su capa y siguió caminando hacia el palacio real.
El palacio del sur no era un monumento de lujo, sino una construcción sobria y funcional, rodeada de jardines y fuentes. Su sencillez transmitía autoridad sin necesidad de ostentación. El Reino del Sur lo recibía con música, comercio y hospitalidad, pero Izumi solo veía sombras de lo que estaba por venir.
Editado: 19.01.2026