Izumi aguardó en silencio frente a las puertas del palacio. Dos guardias, vestidos con armaduras funcionales y discretas, lo observaban con severidad. No eran hostiles, pero su protocolo era inquebrantable: nadie entraba a ver al rey sin previo aviso. El joven se removía con incomodidad; en el Reino del Este había sido recibido con rapidez, casi con urgencia, pero aquí el tiempo parecía detenerse.
Finalmente, cuando mostró el certificado que le entregaron en Eryndor, el Reino del Este, los guardias se miraron entre sí con sorpresa. El Este rara vez enviaba emisarios, mucho menos con documentos diplomáticos. Tras un breve intercambio, uno de ellos desapareció por los pasillos y, al cabo de un largo rato, Izumi fue escoltado hacia el salón de audiencia.
El salón era majestuoso y solemne. Altas columnas de piedra se alzaban como gigantes silenciosos, sosteniendo un techo adornado con tapices que narraban gestas antiguas del Reino del Sur. Candelabros de hierro colgaban en perfecta simetría, iluminando con una luz cálida que se reflejaba en el suelo pulido. No había exceso de lujo, sino una sobriedad que imponía respeto.
En el centro, sobre un estrado elevado, se encontraba el trono del rey de Solaria, Magnus Reyes. No era un asiento ostentoso, sino una pieza funcional de madera oscura, tallada con símbolos del sur. A su lado, en silencio, permanecía su hija mayor: vestida con ropas de la realeza, cabello corto y negro que caía como un río sobre sus hombros. Su mirada distante no se dirigía a Izumi, pero su presencia reforzaba la solemnidad de la escena.
Magnus observó al joven con calma. Su voz, grave y medida, rompió el silencio:
—Has venido desde lejos, muchacho. El certificado que traes valida tu condición de emisario, pero aún no comprendo la urgencia de tu visita. Habla, pues, y dime qué amenaza te obliga a presentarte ante mí.
Izumi respiró hondo. Se inclinó con respeto, pero cuando habló, sus palabras cargaban un peso difícil de disimular:
—Majestad, vengo en nombre de mi pueblo, situado en las tierras del Este. Desde hace generaciones, una grieta se abre cada año cerca de nuestras fronteras. Al principio era pequeña, apenas un resquicio en el espacio, y los hombres de mi aldea lograban contener lo que emergía de ella. Pero con el paso del tiempo, la grieta ha crecido. Los demonios que surgen de su interior se han vuelto más numerosos y feroces.
Izumi levantó la mirada. En sus ojos se reflejaban recuerdos de fuego y sangre.
—He estado allí, en las batallas. He visto cómo los muros de mi pueblo se derrumbaban, cómo familias enteras eran arrancadas de la vida. Cada año la grieta se expande, y cada año nos cuesta más contenerla. La última vez perdimos demasiado. Si no se detiene, no solo mi aldea caerá… los monstruos llegarán a todos los reinos, tarde o temprano.
El salón quedó en silencio. Magnus escuchaba con atención, pero su rostro permanecía imperturbable. Finalmente habló, con un tono diplomático, distante, pero sin crueldad:
—Tu relato es intenso, joven Izumi, pero debo ser franco. El Reino del Sur no puede comprometer tropas en este momento. La tensión con el Norte nos obliga a mantener nuestras fuerzas en alerta. Tu causa es noble, pero mis manos están atadas.
Las palabras golpearon a Izumi como un muro invisible. Su voz, antes controlada, se quebró con desesperación:
—¡Majestad! Si no recibimos ayuda, mi pueblo será arrasado. ¿Cuánto tiempo creen que podrán mantenerse al margen? Cuando la grieta se desborde, no habrá murallas ni ejércitos que la detengan. Lo que hoy nos amenaza a nosotros, mañana los alcanzará a ustedes.
Magnus guardó silencio durante unos instantes. Su mirada, antes distante, se suavizó apenas.
—Comprendo tu desesperación, Izumi. No ignoraré tus palabras. Aunque no pueda enviarte tropas, no permitiré que tu causa se pierda en el vacío. Hablaré con mis consejeros y buscaré la manera de apoyarte con lo que esté en mis manos.
Izumi bajó la cabeza, aliviado. No era la respuesta que había esperado, pero en la voz del rey había empatía, un reconocimiento sincero de su lucha.
Magnus se incorporó levemente en su trono y continuó:
—He escuchado tu relato y lo he discutido con mis consejeros. No puedo enviarte ejércitos, pues el equilibrio con el Norte es frágil y cualquier movimiento podría encender una chispa indeseada. Sin embargo, no puedo ignorar la urgencia de tu causa ni el sacrificio que has demostrado.
Hizo una pausa, consciente de las miradas que lo rodeaban.
—Por ello, he decidido entregarte lo más valioso que poseo en este reino: a mi hijo menor, Maximiliano. Él te acompañará en tu cruzada, no como príncipe, sino como compañero de viaje. Será mis ojos y mis manos en nombre del Sur. Pero hay una condición: deberá acompañarte durante todo tu recorrido, sin excepción.
Izumi dudó. La propuesta era inesperada, y la incertidumbre lo atravesó.
—Majestad… no pongo en duda su palabra, pero no puedo arriesgarme a confiar en alguien cuya capacidad desconozco. Mi pueblo depende de mí. No puedo fallarles.
Editado: 19.01.2026