El patio de entrenamiento del palacio se extendía como un claro verde en medio de la fortaleza. El césped estaba perfectamente cuidado, y altos árboles rodeaban el espacio, proyectando sombras que se mecían suavemente con el viento. Pájaros revoloteaban entre las ramas, y el murmullo de las hojas acompañaba el silencio solemne que precedía al duelo.
Los guardias se mantenían a distancia, formando un círculo discreto alrededor del campo. Sus rostros eran serios, atentos, pero ninguno se atrevía a romper el silencio. Desde un estrado improvisado, el rey Magnus observaba con atención a los dos jóvenes que se preparaban para enfrentarse.
Maximiliano sostenía una espada de madera y sonreía con confianza. Su postura era la de un espadachín entrenado: pies firmes, brazos relajados, mirada segura. Izumi, en cambio, permanecía serio, con la cantimplora colgando a su costado y una expresión impenetrable.
—Vamos, aldeano —dijo Maximiliano con tono juguetón, alzando la espada—. Muéstrame que no he perdido mi tiempo.
Izumi respondió con voz seca:
—Empieza.
El príncipe se lanzó con rapidez, ejecutando ataques clásicos de esgrima: estocadas precisas, fintas elegantes y desplazamientos fluidos. Cada movimiento iba acompañado de un comentario ligero.
—¡Casi te doy! —rió tras una estocada desviada.
—¿Atacar sabes? Así me aburriré.
Izumi resistía con movimientos calculados, esquivando y bloqueando con disciplina. Sus respuestas eran cortas, casi susurros:
—No.
—Observa.
El contraste entre la energía despreocupada de Maximiliano y la seriedad implacable de Izumi llenaba el aire de tensión.
Con el paso de los minutos, el príncipe aumentó la presión. Sus ataques se volvieron más veloces, más insistentes. Izumi retrocedía sin perder la calma, aunque el sudor comenzaba a marcar su frente. Los guardias murmuraban entre sí, sorprendidos por la habilidad de Maximiliano y la resistencia del muchacho del Este.
Maximiliano sonrió, jadeando con entusiasmo.
—Eres fuerte. ¿Dónde aprendiste a moverte así?
Izumi respondió sin mirarlo:
—Cállate.
Cuando Maximiliano logró arrinconarlo contra un árbol, Izumi apretó la cantimplora. El agua emergió en un movimiento súbito, transformándose en una corriente compacta que golpeó con fuerza física, lanzando al príncipe al suelo.
El impacto fue seco, contundente. El silencio se apoderó del patio.
Los guardias se miraron entre sí, conmocionados. Nunca habían visto una maldición manifestarse de manera tan controlada y precisa. Maximiliano, aún tendido en el suelo, levantó la vista con una mezcla de sorpresa y fascinación.
—No sabía que el agua podía hacer eso —murmuró.
Izumi respondió sin emoción:
—Ahora lo sabes.
El viento agitó las hojas. Los pájaros guardaron silencio. Maximiliano se incorporó lentamente, limpiándose el polvo del césped. En su rostro ya no había burla, sino respeto.
—No esperaba menos, la verdad —dijo con sinceridad.
Los murmullos de los guardias continuaron, cargados de asombro.
Finalmente, el rey Magnus se puso de pie. Su voz, grave y serena, rompió el silencio.
—He visto suficiente. Maximiliano, tu habilidad es digna de reconocimiento y tu espíritu juvenil demuestra valentía. Pero también he sido testigo de la fuerza y el sacrificio de Izumi, un joven que carga con un destino que pocos podrían soportar.
Hizo una pausa, observándolos a ambos.
—Este viaje no será fácil. Pero juntos, quizá encuentren la fuerza que los reinos necesitan. Maximiliano, acompañarás a Izumi. Y tú, muchacho del Este, has demostrado que tu causa no es vana.
El silencio volvió a asentarse en el patio. Maximiliano apoyó la espada de madera sobre su hombro, con una chispa de emoción en los ojos. Izumi dio un paso al frente y habló con voz firme y práctica:
—Acepto que me acompañes.
Maximiliano soltó una carcajada ligera mientras se sacudía el polvo del césped.
—¡Sabía que no podrías resistirte a mi encanto! —bromeó, aunque su mirada reflejaba respeto genuino.
Izumi no respondió. Ajustó la cantimplora a su costado. Su distancia habitual permanecía intacta, pero en ese silencio comenzaba a insinuarse algo nuevo: una alianza.
—No te preocupes, aldeano —insistió Maximiliano—. Prometo no hablar demasiado… bueno, tal vez un poco.
Los guardias permanecieron firmes, observando sin intervenir. Entonces, la voz del rey Magnus resonó una vez más:
—Izumi Nagisa, Maximiliano Reyes… les deseo suerte en este viaje. El camino será arduo, pero juntos podrán encontrar la fuerza que tu pueblo necesita. Diríjanse primero al Reino del Oeste. Ellos están más dispuestos a ofrecer apoyo, y su vínculo con el Este y el Sur es más sólido.
Con un gesto de autoridad, Magnus dio por finalizada la audiencia.
Maximiliano levantó la espada de madera como si fuera un trofeo improvisado.
—Pues vamos, compañero. El Oeste nos espera.
Izumi asintió con seriedad. Juntos abandonaron el patio: uno cargado de humor y curiosidad, el otro de silencio y determinación. Dos caminos distintos, unidos ahora por una misma cruzada.
Editado: 19.01.2026